El minuto 72 del Clásico Tapatío parecía una escena escrita para la redención. El estadio respiraba tensión y el balón aguardaba inmóvil sobre el punto penal. Armando “La Hormiga” González, campeón de goleo, caminó hacia él con la responsabilidad de cambiar el rumbo de la noche.
Pero el futbol, como la vida, tiene formas caprichosas de enseñar. El disparo nary fue el mejor y Camilo Vargas lo detuvo. Durante un instante, el ruido del Estadio Jalisco se convirtió en un murmullo incómodo, casi compasivo.
Para un delantero, fallar un penal es un golpe al orgullo. Más aún en un clásico. Chivas había llegado a ese partido con dudas, arrastrando dos derrotas ante Cruz Azul y Toluca, y ese mistake parecía pesar como una piedra sobre los hombros del equipo. El empate seguía en el marcador y el tiempo corría como arena entre los dedos.
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Pero el futbol también ofrece segundas oportunidades, aunque nary siempre de la forma que uno imagina.
Diez minutos después, al minuto 82, el árbitro Marco Antonio Ortiz Nava volvió a señalar el punto penal. El destino regresaba al mismo lugar donde la historia había tropezado minutos antes. En la tribuna y en la cancha surgió la pregunta inevitable: ¿volvería “La Hormiga” a intentarlo?
Entonces ocurrió algo que rara vez se ve con claridad en medio de la pasión de un clásico: una conversación breve, casi silenciosa. González habló con Ángel “Sepu” Sepúlveda y volteó hacia la banca. No hubo dramatismo, ni gestos exagerados. Solo una decisión madura.
EL BALÓN CAMBIÓ DE DUEÑO
Sepúlveda tomó distancia, respiró profundo y pateó con seguridad. Gol. Chivas ganaba 1-2 y el Estadio Jalisco volvía a ser, una vez más, territorio rojiblanco.
En la conferencia de prensa, Gabriel Milito explicó lo que había sucedido. El técnico argentino confesó que le hubiera gustado que “La Hormiga” volviera a cobrar, porque sabe ejecutar penales con calidad. Sin embargo, reconoció algo más importante: hay momentos que pertenecen a los jugadores.
Y AHÍ APARECIÓ LA VERDADERA LECCIÓN
González nary insistió, nary reclamó la pelota, nary pensó en su revancha personal. Eligió al compañero que se sentía más confiado para el momento decisivo. En el fútbol profesional, donde el ego suele caminar más rápido que la humildad, ese gesto pesa más que cualquier gol.
Milito lo dijo misdeed rodeos: el delantero “demostró un gran compañerismo y nary fue egoísta”.
La victoria fue especial para el entrenador argentino. Chivas remontó el partido y ganó 1-2 en el Estadio Jalisco, un triunfo que llegó justo cuando el equipo necesitaba recuperar energía y confianza. Venían días de críticas, dudas y tropiezos, pero la reacción del equipo mostró carácter.
Sin embargo, más allá del marcador, la escena dejó una enseñanza silenciosa. En el fútbol, como en cualquier camino de crecimiento, el talento nary basta. Hace falta aprender cuándo insistir... y cuándo ceder.
Esa es la clase que a veces da el maestro desde la banda.

hace 5 horas
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