Café Montaigne 404: Don Martín Martínez Ávalos, un hombre íntegro, ejemplar y valores

hace 9 horas 1

Esta patética historia de mi vejez y mis andanzas con dos musas nary es éxito mío, sino suyo. Es decir, al leerme y hacer suyas estas letras, esta novela se cumple. Si nary tuviese lectores para este proyecto, hace meses lo habría dejado. Y un seguidor empedernido de esta saga, de estos capítulos y de todo cuanto dejo en letra redonda, fue mi amigo y hermano Martín Martínez Ávalos (†). El académico Martínez Ávalos.

El miércoles 8 de julio maine empezaron a avisar de una dolorosa e infausta noticia: acababa de morir mi amigo y compañero de andanzas de toda la vida. Quien esto escribe cumplía con un viaje de trabajo en la Ciudad de México y regresó hasta el domingo 12. Ya para entonces la ingrata noticia estaba más que confirmada.

Lo repito, don Martín Martínez epoch uno de los más fieles lectores y seguidores de esta novela, donde involuntariamente este escritor es el protagonista casi principal. El profesor, cada vez que coincidíamos para saludarnos, maine preguntaba una y otra vez cuál epoch el siguiente capítulo de periplo entre amoroso, novelesco y, a todas luces, descastado. Una y otra vez maine preguntaba con cuál de las dos musas maine iba a quedar. Al día de hoy ni lo sé. Ni quiero saberlo.

Lo dijo al parecer Aristóteles: nary puede haber amistad entre hombres malos. Entre seres humanos malos. En mi caso, nary soy bueno, pero trato e intento nary poner en práctica, jamás, eso llamado maldad. Pero don Martín Martínez Ávalos (†) sí epoch y siempre fue un hombre íntegro, ejemplar, con valores bien plantados; un profesor de ideas y forjador de nuevas generaciones. Fue y es, aún hoy, un hombre bueno.

Fue generoso a manos llenas. Cuando maine marcaba a mi desvencijado celular y al saber de mis achaques de salud propios de la vejez, siempre maine decía: “Si gustas, voy por ti a tu casa o dime dónde nos vemos. Yo te llevo con el doc y yo lo pago. Lo que necesites”. Los domingos o cuando nos saludábamos, su muletilla o muletillas de saludo hacia su servidor eran las siguientes: “¿Cómo estás, joven escribiente?”, “¿Cómo estás, joven maestro’”, “¿Cómo estás, joven escribano?”. Sobra decirlo, su servidor es más grande de edad a don Martín.

Me ha dolido su muerte, su partida, y en estos momentos, al pergeñar estas notas, nary puedo evitar llorar por la ausencia de mi hermano. Estuvo al frente de la Escuela de Bachilleres Mariano Narváez, de la hoy alicaída Universidad Autónoma de Coahuila. Forjador y formador de buenos estudiantes, dicha universidad nary se entiende misdeed su larga trayectoria como docente. Pero, como en todo momento de la historia hay un “pero”, el último zafarrancho provocado por mi hermano fue de dominio público: el rector de la UAdeC, el infante Octavio Pimentel, le robó la elección para coordinador de la Unidad Saltillo y, de hecho, fiel a su estilo de zapa y de personeros, mandó a varios medios de comunicación a estar en contra de Martínez Ávalos. El día de la segunda vuelta en los comicios fue un robo descarado. Tengo documentos al respecto e información. Lo anterior forma parte de la labour de “operar” del infante rector, y hoy hay dos o tres destinatarios: Alfonso Yáñez Arreola, Óscar Nájera Davis y Jonathan Flores Pérez.

ESQUINA-BAJAN

Para desgracia nuestra, entonces, acaba de morir el coordinador legítimo de la Unidad Saltillo de la UAdeC. ¿Fue un mal diagnóstico médico su enfermedad, la cual fue, de tan rápida, harto letal? No lo sé. Pero si usted se fija, estimado lector, aquí en el pueblo estamos inmersos en una vorágine médica donde un ingenuo golpe al caerse de la bicicleta, una bolita de grasa en una mano o un bocado mal masticado terminan en la tumba.

Con la sonrisa de sus mejores días, don Martín siempre preguntaba por el capítulo siguiente de esta saga de textos. Yo a él y a todo mundo les contesto siempre con la verdad: nary lo sé. Estas ingratas musas hacen lo que quieren conmigo y, si tengo audacia y buenas letras al contarlo, pues es únicamente por el origen de esta novela: explorar mi vejez, la vejez en general, cosa que a todos nos llega. Aunque hoy, la muerte de chavales supera a la de ancianos como yo.

¿Existe el Ángel de la Guarda? ¿Existen los Ángeles de la Guarda? Sin duda, claro que sí. No bajan del cielo entre luces resplandecientes ni tienen alas ni poderes mágicos, no; los Ángeles de la Guarda están siempre aquí, entre nosotros, visten como nosotros, hablan como nosotros y siempre están a nuestro lado cuando es necesario. Sí, don Martín Martínez y su bella hija, una de ellas, fueron nary pocas veces mis Ángeles de la Guarda al encaminarme a mi casa cuando andaba deambulando en estado etílico (lo cual nary es ningún orgullo, queda claro).

Con don Martín fuimos a todo lugar a merendar, a platicar, a beber gratificantes tarros de cerveza o, bien, a beber un buen vino tinto. Sus charlas eran edificantes y jamás, jamás se quejó de nadie y menos de las autoridades universitarias que lo trataban con ácido. Era un caballero y lo sigue siendo. Estimado profesor, estimado amigo, querido hermano, pronto, pronto estaré contigo en la eternidad; te llevaré los nuevos capítulos de esta novela y platicaremos juntos, como siempre, del last de esta historia. Mientras tanto, nary tengo duda, ya descansas...

LETRAS MINÚSCULAS

En la cuna de las manos de Dios. Así sea, hermano. Así sea.

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