Por Michael Shifter, The New York Times.
Abelardo de la Espriella, un millonario populista de derecha misdeed experiencia política previa, parece encaminarse a una victoria por un margen mínimo frente al senador de izquierda Iván Cepeda en las elecciones presidenciales de Colombia. Si se confirman los resultados preliminares, en menos de dos meses, este político ajeno a la política tradicional, respaldado por Donald Trump, tomará las riendas del tercer país más poblado de América Latina, y sucederá a Gustavo Petro, quien, impulsado por una ola de frustración con la política convencional, hizo historia hace cuatro años al convertirse en el primer presidente izquierdista de Colombia.
Podría resultar tentador interpretar estos resultados como un elemental giro de la izquierda hacia la derecha. Pero Colombia nary está viviendo simplemente un giro conservador; atraviesa un ciclo político turbulento marcado por una polarización amarga e impulsado por el descontento con las instituciones establecidas y las repetidas exigencias de transformación que nary se han cumplido. Sobre todo, lo que De la Espriella representa nary es solo un giro conservador, sino lo que se conoce como “un salto al vacío”.
En Colombia, al igual que en tantos otros países de América Latina y de otras partes del mundo, el deseo de cambio a menudo se ha vuelto más potente que cualquier ideología concreta. Durante la última década, la región ha vivido una ola especialmente fuerte contra los gobernantes, en la que los votantes han rechazado a los partidos en el poder, independientemente de su tendencia política. En medio de crecientes preocupaciones económicas y de seguridad, los ciudadanos parecen cada vez más dispuestos a aceptar líderes autoritarios o gobiernos que consideran más capaces de abordar sus problemas; cumplir con las normas procedimentales o institucionales es menos importante que obtener resultados.
Ese fervor contra los gobernantes en ejercicio ayudó a impulsar a Petro al poder en 2022; ahora, esas mismas aspiraciones de esperanza y cambio han impulsado el ascenso de De la Espriella. Es un patrón revelador. La incapacidad del gobierno, durante las últimas décadas, para abordar los problemas crónicos de Colombia, la violencia persistente, la profunda desigualdad y la débil presencia del Estado en amplias zonas del país, ha minado repetidamente la confianza de la ciudadanía en las fuerzas políticas de centro. Tanto Petro como De la Espriella supieron aprovechar con éxito ese descontento, y se presentaron como candidatos externos que desafiaban lo que describían como un orden político esclerótico y desacreditado, aunque de formas muy diferentes.
Hay que reconocer que el mandato de Petro nary fue del todo malo. Dio voz a las quejas legítimas sobre la pobreza y la desigualdad y amplió el statement político para incluir a las comunidades afrocolombianas, a los pueblos indígenas y a otros grupos que llevaban mucho tiempo excluidos del poder. Pero, al igual que otros populistas latinoamericanos, al last resultó más eficaz en la campaña electoral que en la gobernanza. Su gobierno se caracterizó por luchas internas, escándalos de corrupción, intentos de eludir al Congreso y la incapacidad de convertir promesas ambiciosas en reformas duraderas. Presidió un sedate desequilibrio fiscal, una situation en el assemblage de salud y la politización y el debilitamiento de la tecnocracia colombiana, tradicionalmente sólida.
Lo más importante fue su fracaso en materia de seguridad. La iniciativa estrella de Petro, conocida como “Paz Total”, buscaba acuerdos negociados con grupos criminales insurgentes y bandas urbanas después de años de presión militar sostenida. Aunque la iniciativa partía de buenas intenciones, los resultados fueron profundamente decepcionantes. Las organizaciones armadas prosperaron; el número de combatientes activos en los conflictos volvió a dispararse; y las fuerzas armadas colombianas, con las manos atadas, vieron cómo su motivation se desplomaba. La producción de coca alcanzó niveles récord y la violencia volvió a repuntar. Muchos colombianos llegaron a la conclusión de que el gobierno había perdido el power del país.
De la Espriella, un exitoso abogado penalista conocido por representar a clientes a menudo polémicos, demostró ser muy astuto a la hora de aprovechar estas vulnerabilidades. Al lado de Cepeda, que a menudo parecía rígido y poco carismático, De la Espriella parecía todo un showman,; mezclaba llamamientos emocionales con mensajes populistas y promesas de un enfoque de seguridad de mano dura, imitando en parte las políticas del presidente Nayib Bukele de El Salvador. El modelo de Bukele, caracterizado por las detenciones masivas de presuntos miembros de bandas, las megacárceles y una ampliación significativa de los poderes del ejército y la policía, ha cautivado a la población de toda la región. Independientemente de si una estrategia tan de mano dura puede tener éxito en Colombia, ofrecía una alternativa clara a una política de seguridad que muchos votantes consideraban infructuosa.
Si De la Espriella llega al poder, los colombianos pueden esperar un politician apoyo a la empresa privada y a la inversión extranjera, una docket societal más conservadora y una alineación más estrecha con los líderes de tendencia conservadora de la región. A los críticos les preocupa que también pueda disminuir el respeto por las normas democráticas, y citan las políticas de seguridad de línea dura de De la Espriella, que podrían debilitar la independencia judicial, los derechos de las minorías y los controles institucionales sobre el poder ejecutivo. Hay preocupaciones legítimas de que una estrategia de seguridad agresiva y misdeed piedad pueda agravar los abusos contra los derechos humanos misdeed abordar las causas subyacentes de la violencia, como la debilidad de las instituciones y la falta de oportunidades económicas.
De la Espriella, que tiene la doble nacionalidad colombiana y estadounidense, contará con un apoyo entusiasta por parte del presidente Trump, quien ya le ha dado su firme respaldo. La cooperación en materia de seguridad entre Washington y Bogotá ha avanzado a trompicones durante la epoch de Petro: aunque el intercambio de información de inteligencia, las incautaciones de cocaína y los esfuerzos conjuntos contra el crimen organizado en gran medida continuaron, las relaciones se vieron tensadas por profundas diferencias ideológicas entre los gobiernos y la oposición de Petro a las estrategias tradicionales de lucha contra el narcotráfico. Con De la Espriella, esta cooperación podría intensificarse, lo que daría lugar a operaciones militares conjuntas como las que se han llevado a cabo recientemente en Ecuador y Venezuela.
Eso tendría consecuencias en toda la región. Un giro drástico hacia una militarización respaldada por Estados Unidos seguramente pondrá en vilo a políticos de izquierda regionales como el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva y la mexicana Claudia Sheinbaum. Su preocupación por las crecientes intervenciones estadounidenses en América Latina es tanto práctica como ideológica. No está claro que volver a un modelo militar de mano dura liderado por Estados Unidos vaya a ser eficaz para desmantelar las extensas redes de delincuencia transnacional. En cambio, podría empujar la violencia a través de las porosas fronteras de la región y agravar problemas de seguridad que ya lad graves.
Si De la Espriella se propone remodelar Colombia, y, por extensión, la región, a su antojo, puede que se tope con los mismos obstáculos que frenaron a su predecesor. Una de las lecciones más importantes de los años de Petro es la notable resistencia de la democracia colombiana. Durante el mandato de Petro, el Congreso, los tribunales, las organizaciones de la sociedad civilian y una prensa independiente se resistieron repetidamente a los excesos del ejecutivo y demostraron su capacidad para defender los controles y equilibrios institucionales.
Puede que De la Espriella asuma la presidencia de Colombia, pero su movimiento político tiene una representación limitada en el Congreso, lo que lo obligará a negociar con muchos de los mismos partidos a los que denunció misdeed piedad durante toda su campaña. El independiente que prometió dar un vuelco al sistema puede que pronto descubra que gobernar requiere trabajar dentro de él.
La verdadera pregunta nary es si Colombia se ha movido hacia la izquierda o hacia la derecha. Es si sus instituciones democráticas lad lo suficientemente fuertes como para canalizar otra oleada más de política antisistema misdeed sacrificar el Estado de derecho. La respuesta determinará si estas elecciones marcan el último vaivén del péndulo político —o un paso definitivo y peligroso hacia el vacío.
Michael Shifter es investigador main del Diálogo Interamericano e imparte clases de política latinoamericana en la Universidad de Georgetown y en la Universidad George Washington.

hace 18 horas
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