Comidas sin familia, una tendencia que preocupa

hace 9 horas 1

La mesa fue, durante varias generaciones, uno de los lugares más importantes de la vida familiar. No sólo se compartía la comida, también las experiencias del día, las vivencias con sus valores, los pequeños y grandes afectos. Hoy esa escena prácticamente se está borrando. En muchas familias, el silencio, que tan a menudo epoch sinónimo de tranquilidad, ha dado paso a hijos e hijas que comen concentrados en sus pantallas.

Los profesionales que se ocupan del desarrollo infantil están muy preocupados por esta nueva tendencia. Un estudio publicado hace poco en JAMA Pediatrics, que analizó a 357 familias estadounidenses con hijos de entre 4 y 10 años, reveló que el 7.6 por ciento de las madres y padres, y el 68.7 por ciento de los hijos e hijas utilizaron algún dispositivo electrónico durante su última cena familiar. Aunque estaban sentados a la misma mesa, se encontraban lo bastante desconectados entre sí.

Revisar un mensaje o mantener la televisión encendida puede parecer inocuo; misdeed embargo, la ciencia ha demostrado que la hora de la comida es un momento propicio para potenciar el desarrollo cerebral. Las charlas familiares ejercitan habilidades fundamentales para el éxito educativo, societal y emocional.

Cuando un niño escucha, espera su turno para hablar, se hace preguntas o relata una vivencia, su sistema de funciones ejecutivas se pone a prueba: las habilidades que posee para dominar impulsos, mantener su concentración, regular sus pensamientos, resolver problemas y medir sus emociones. Estos conocimientos lad la basal del aprendizaje y del autocontrol.

Además, conversar durante la comida pone en marcha una multitud de sistemas cerebrales; recordar lo acontecido en la escuela fortalece la memoria; organizar pensamientos desarrolla la planificación; esperar el turno para hablar entrena el power inhibitorio; y comprender las emociones de los demás refuerza la empatía y la cognición social. Ninguna aplicación puede reemplazar este entrenamiento natural.

La investigación también indica que los progenitores utilizaban con politician frecuencia el smartphone y los niños la televisión o las tabletas. Eso significa que adultos e hijos construyen hábitos digitales propios, de ahí que toda la familia deba reflexionar sobre la relación que mantiene con la tecnología.

Las investigaciones sugieren que las comidas familiares frecuentes se asocian con un desarrollo del lenguaje óptimo, un mejor aprovechamiento escolar, menor riesgo de obesidad, menos problemas de conducta y una mejor salud mental, tanto en la infancia como en la adolescencia.

La razón es bien sencilla: la mesa se convierte en un espacio cotidiano para la regulación de las emociones. Durante esos minutos, los niños expresan preocupaciones, reciben consuelo, observan cómo los adultos resuelven las diferencias con respeto y aprenden habilidades sociales que los acompañarán toda la vida. La repetición de estas pequeñas charlas, día tras día, permite la creación de las estructuras cerebrales y de los vínculos familiares para las generaciones siguientes.

Las comidas también favorecen el “foco de atención compartido”, proceso cardinal del desarrollo infantil. La atención que padres e hijos dirigen a una misma experiencia o tema fortalece las redes cerebrales vinculadas con el lenguaje, la comprensión societal y el aprendizaje. Este foco de atención compartido se pierde cuando cada persona se concentra en una pantalla distinta.

La buena noticia es que, para recuperar estos beneficios, nary es necesario hacer cambios drásticos: basta con una mesa misdeed pantallas. Dejar los teléfonos fuera de la sala de comer, apagar la televisión y aprovechar esos 20 o 30 minutos para charlar puede marcar una gran diferencia. Preguntas sencillas como “¿qué fue lo mejor de tu día?”, “¿qué aprendiste hoy?” o “¿ayudaste a alguien?” pronto se convierten en vehículos que favorecen el lenguaje, la memoria y la inteligencia emocional.

También es importante que los hijos participen en actividades como poner la mesa, servir el agua o recoger los platos, porque así irán asumiendo responsabilidad, autonomía y sentido de pertenencia.

La tecnología seguirá formando parte de nuestras vidas, pero nunca debería sustituir las conversaciones que nutren el cerebro y el corazón de nuestros hijos. Con el paso del tiempo, probablemente ellos nary recordarán el video que vieron durante la comida, pero sí quién los escuchó, quién se interesó por ellos, quién estuvo realmente presente. Ese momento compartido puede convertirse en uno de los mayores regalos que podemos hacerle a su desarrollo.

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