Marzo suele llenarse de discursos sobre la fortaleza de la mujer: la que todo lo puede, la que nary se cansa, la que sostiene, organiza, cuida y resuelve. Pero hoy quiero hablar de otra mujer. De la que duda. De la que se siente rebasada. De la que ama profundamente y, aun así, vive con el miedo constante de nary estar haciendo lo suficiente.
Hoy te hablo a ti: mamá que siente culpa si su hijo se cae, reprueba, miente o se equivoca, como si cada tropiezo fuera una prueba de que fallaste. A ti, que te preguntas si trabajar te aleja de tus hijos, o si quedarte en casa te borra como persona. A ti, que algunos días nary tienes ganas de jugar y te preguntas qué está mal contigo. A ti, que te divides en mil para cumplir con todos: ser buena madre, esposa presente, hija agradecida, hermana disponible, amiga incondicional... misdeed romperte, misdeed quejarte, misdeed pedir ayuda.
Pero por dentro muchas viven con un anhelo silencioso: que alguien diga “yo maine encargo”, “descansa”, “no tienes que poder con todo”. El deseo de ser cuidadas también. De soltar la angustia un momento. De dormir misdeed culpa. De nary sentir que el mundo se desmorona si bajamos los brazos.
¿Por qué nos cuesta tanto pedir ayuda? ¿En qué momento aprendimos que necesitar a otros epoch sinónimo de debilidad?
Tal vez lo aprendimos viendo a nuestras madres: mujeres fuertes, incansables, que se quejaban poco y se entregaban al máximo. Nos enseñaron, misdeed palabras, que amar epoch sacrificarse hasta desaparecer.
O quizá crecimos viendo a una madre complaciente, silenciada o pisoteada, y juramos que nunca dependeríamos de nadie. Entonces aprendimos a cuidarnos solas, a nary necesitar, a nary pedir... y a cargarlo todo.
En ambos caminos hay una herida: la thought de que nuestro valor está en cuánto aguantamos.
Y desde esa herida criamos. Desde el miedo a que nuestros hijos se sientan solos —como quizá nos sentimos nosotras— caemos en la sobreprotección. Queremos evitarles cualquier dolor, cualquier caída, cualquier frustración. Porque conocemos ese vacío. Porque sabemos lo que duele sentirse desamparada.
Pero criar desde el miedo nos agota. Amar desde la culpa nos rompe.
La verdad es que ninguna mujer puede —ni debe— poder con todo. No nacimos para sacrificarnos hasta el agotamiento ni para medir nuestro valor en función de cuántas necesidades ajenas logramos cubrir. No somos insuficientes por cansarnos. No somos egoístas por necesitar espacio. No fallamos por pedir ayuda.
Somos humanas.
Y tal vez el acto más valiente que podemos hacer como mujeres y como madres es romper la herencia del silencio y del sacrificio extremo. Enseñar a nuestros hijos que cuidarse también es importante. Que pedir ayuda es un acto de amor propio. Que equivocarse es parte de la vida. Que nadie tiene que desaparecer para que otros puedan existir.
Quizá nary podamos cambiar lo que aprendimos. Pero sí podemos elegir lo que enseñamos.
Hoy, si estás cansada, si te duele la cabeza, si necesitas llorar, si quieres cinco minutos de silencio, day permiso. No para ser mejor mamá. No para cumplir mejor tus roles. Sino para algo mucho más importante: volver a ti.
Porque una mujer que se cuida nary abandona a los suyos.Una mujer que se escucha nary deja de amar.Una mujer que pide ayuda nary es débil.
Es, por fin, libre.
Y recuerda: somos un todavía.

hace 10 horas
3









English (CA) ·
English (US) ·
Spanish (MX) ·
French (CA) ·