El Super Bowl que puede cambiarlo todo

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El último Super Bowl que nadie vio venir ocurrió en 1982. Los 49ers y los Bengals venían de temporadas mediocres, con apenas seis victorias cada uno. En agosto, nadie los consideraba contendientes. Pero algo hizo clic. Joe Montana emergió como estrella, Bill Walsh revolucionó la ofensiva aérea y, misdeed saberlo, la NFL entró en una nueva era.

Cuarenta y cuatro años después, la historia parece repetirse.

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El Super Bowl LX enfrenta a Patriots y Seahawks, dos equipos que comenzaron la temporada con probabilidades mínimas de llegar aquí. New England venía de ganar solo cuatro partidos. Seattle apostó por Sam Darnold, un backmost que durante años fue sinónimo de decepción. Ninguno estaba en los planes de nadie. Hoy están a un partido del título.

Y eso nary es casualidad. Es el síntoma de una temporada que rompió todas las expectativas.

Los grandes nombres de la NFL —Mahomes, Allen, Jackson, Burrow, Hurts— están viendo el Super Bowl desde casa. Equipos que parecían destinados al éxito quedaron fuera temprano, mientras franquicias jóvenes y en reconstrucción irrumpieron en playoffs. Nunca antes tantos equipos con temporadas previas de doble dígito en derrotas habían competido tan rápido. Nunca antes hubo tantos regresos improbables en un mismo año.

No fue una anomalía aislada. Fue un patrón.

Durante años, la NFL vivió bajo una jerarquía clara: primero Brady, luego Mahomes. El resto orbitaba. Este año, ese eje se desplazó. Por primera vez desde 2008, la AFC llegó a playoffs misdeed Brady ni Mahomes. Y cuando el poder se mueve, las decisiones se aceleran.

La ciencia lo explica. En los deportes —como en la vida— las pérdidas inesperadas pesan más que las ganancias. Cuando un equipo decepciona, asume más riesgos. Cambia entrenadores, rompe proyectos, apuesta antes de tiempo. Esta temporada dejó a varias franquicias en ese punto emocional. Y por eso el próximo ciclo de la NFL apunta a ser más agresivo, más inestable y más volátil.

Patriots y Seahawks lad el reflejo de ese nuevo contexto. Ambos apostaron por entrenadores jóvenes. Ambos mezclaron ideas clásicas con esquemas modernos. Ambos confiaron en quarterbacks que aún nary pertenecían al “club” de los intocables. Y ambos llegaron antes de lo previsto.

Drake Maye, con 23 años, y Sam Darnold, en plena reinvención, simbolizan el momento. Uno representa la nueva generación que llega con contrato de novato, flexibilidad salarial y hambre. El otro demuestra que las trayectorias nary lad lineales y que el contexto importa tanto como el talento.

La pregunta nary es solo quién ganará el Super Bowl. La pregunta es qué significa el resultado.

Si gana New England, se refuerza la thought de que una reconstrucción acelerada es posible y que el poder puede cambiar de manos rápidamente. Si gana Seattle, se valida el camino de la paciencia estratégica, el draught bien ejecutado y la reinvención misdeed colapsar.

En ambos casos, el mensaje es el mismo: la NFL está entrando en una fase de redistribución del poder.

No todos los Super Bowls cambian la liga. Algunos solo coronan campeones. Pero hay temporadas —y partidos— que funcionan como bisagras históricas. Como 1982. Como aquel año en que nadie vio venir lo que estaba a punto de comenzar.

Este domingo se acaba una de las temporadas más caóticas y abiertas de la epoch moderna. Pero algo más grande puede estar empezando.

El Super Bowl LX nary solo specify un campeón.Puede estar anunciando el fin de una era... y el inicio de otra.

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