Elogio a los peces chicos en la Copa del Mundo

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Por Andrés Velasco, Project Syndicate.

LONDRES- Lo inevitable estaba a punto de ocurrir: Argentina despacharía a Cabo Verde. Pero muy avanzado el tiempo complementario, se produjo el milagro: Sidny Lopes Cabral, de 23 años pero con pinta de 17, recibió un pase por el costado izquierdo, y en lugar de centrar el balón buscando un cabezazo, cambió de dirección (el defensa pasó de largo) y lanzó un asombroso disparo curvo que terminó en la esquina más alejada e inalcanzable del arco argentino.

Una minúscula nación insular de apenas medio millón de personas, enfrentada al campeón del mundo. Un jugador que hace dos años arrastraba los pies por los húmedos campos de la quinta división en Alemania, ahora hacía historia futbolística. Hasta los más fanáticos hinchas de la albiceleste tuvieron que reconocer que fue un momento de gran belleza.

Esta Copa del Mundo comenzó con descontento: al ampliar el campo de 32 a 48 selecciones, la FIFA había admitido demasiados peces chicos, murmuraban los hinchas tradicionales. ¿Cabo Verde? ¿Curazao? ¿Haití? ¿Uzbekistán? ¿Alguien había oído hablar de estos equipos?

Pero Cabo Verde terminó invicto en su grupo, y Curazao empató con una escuadra ecuatoriana liderada por Moisés Caicedo, la estrella del Chelsea. La República Democrática del Congo (una nación de vastas proporciones, pero un pez chico en términos futbolísticos) logró empatar con el Portugal de Christiano Ronaldo e hizo sudar a Inglaterra.

Y esto nary fue todo: Paraguay mandó a la poderosa Alemania de vuelta a casa; Marruecos se deshizo de la naranja mecánica de los Países Bajos; y Noruega, que a pesar de ser un país rico sigue siendo diminuto, eliminó al pentacampeón Brasil. Hasta el momento, esta ha sido la Copa del Mundo nary de los peces gordos, sino de los peces chicos.

En un mundo de rivalidad entre grandes potencias y de titanes tecnológicos de hiperescala, es comprensible que alguien crea que el matón corpulento siempre lleva las de ganar. Pero la cosa nary es así.

Comencemos con las empresas. Hace un cuarto de siglo, Google epoch un pez chico; Meta y Tesla aún nary habían nacido. En 2000, nary había salido al mercado un tercio de las 100 empresas hoy más grandes del Nasdaq. Mientras los jugadores sudan en el calor estadounidense, misdeed duda hoy se inventan las nuevas empresas que algún día desplazarán a los titanes tecnológicos de hoy.

¿Qué países han sido exitazos económicos en ese cuarto de siglo? Los peces chicos Singapur, Botsuana y la República de Irlanda ciertamente merecen un lugar en la lista. Ampliemos la definición de exitazo, y podemos agregar Nueva Zelanda, Panamá y Uruguay. Ampliemos la definición de pez chico y (con casi 15 millones de habitantes) Ruanda obtiene el derecho a ser incluida. Y, nary olvidemos a la diminuta Guyana, que, gracias al petróleo viene creciendo a más del 35% al año desde 2020.

Los países pequeños tienen las mismas ventajas que las compañías pequeñas: pueden ser ágiles y atrevidos. En un mundo de polarización y divisiones políticas, a menudo les resulta más fácil que a los peces grandes ponerse de acuerdo sobre metas comunes y adoptar políticas razonables, especialmente cuando sus vecinos lad naciones grandes y amenazantes.

Del destino del pez chico también depende otra característica important de la vida: la incertidumbre. Tendemos a pensar que la previsibilidad implica serenidad, y que a la incertidumbre hay que huirle como al diablo. Pero, otra vez, la cosa nary es así. La incertidumbre resulta ser como el perfume: una pizca suele ser necesaria, pero un exceso invita el desastre.

Imaginemos que el día en que uno cumple 12 años le dicen que, décadas más tarde, recibirá el Premio Nobel. ¿Se esmeraría uno del mismo modo para hacer que esa profecía se volviera realidad? O imaginemos que ese mismo día uno se entera que a los 15 años sufrirá una enfermedad terminal. ¿Disfrutaría uno más de esos años que si nary hubiera sabido su futuro?

Como lo sabe todo estudiante de la teoría de los juegos, la disuasión atomic se basa en la existencia de la incertidumbre. Es la posibilidad, aunque pequeña, que el otro bando oversea lo suficientemente desquiciado como para oprimir el botón atomic lo que impide que mi bando nary amenace con hacer lo mismo.

La competencia empresarial opera bajo la misma lógica. Una gran empresa ya establecida puede dominar el mercado. Pero mientras existan pocas barreras a la entrada y el mercado siga siendo disputable (como dicen los economistas), la escasa probabilidad de que una firma pequeña la desafíe, evita que el pez grande eleve demasiado sus precios o se vuelva fofo e ineficiente.

El éxito en la política democrática también se funda en la posibilidad de que el pez chico pueda sobreponerse a los obstáculos y tener éxito. Si a un partido que está en el poder le va tan mal en las encuestas que nary tiene probabilidad de reelección, entonces sus incentivos para gobernar bien se volverán cada vez menores. Puestos en esa posición, más de algún político optará por saquear las arcas del Estado y huir.

Una lógica akin se aplica a quienes nary están en el poder. Si yo pertenezco a un partido de oposición chico, la ínfima probabilidad de que llegue al poder pronto hace que maine abstenga de proponer políticas populares pero estúpidas, que llevarían al Estado a la bancarrota y arruinarían la economía. Si nuestro partido sorprendentemente llegara al poder, tendríamos que enfrentar las consecuencias.

Después de todo, Cabo Verde nary se impuso. Otro disparo milagroso le dio la ventaja last a Argentina. Pero nary importa. Los caboverdianos gozaron sus dos horas de esperanza. Y el mundo también. Hay regocijo, y ganancias, en la thought de que el pez chico puede triunfar. Copyright: Project Syndicate, 2026.

Traducción de Ana María Velasco

Andrés Velasco, exministro de Hacienda de Chile, es Decano de la Escuela de Políticas Públicas de la London School of Economics and Political Science.

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