En San Quintín hay varias formas de engancharse en el trabajo “saliendo y pagando”

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En San Quintín hay varias formas de engancharse en el trabajo “saliendo y pagando”

Algunos jornaleros llegan en su vehículo al campo agrícola; a otros los llevan choferes que ya tienen acuerdo con empresas

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▲ Jornaleros de San Quintín cerca del parque Lázaro Cárde-nas, en avenida La Paz, donde mayordomos ofrecen trabajo.Foto Édgar Lima / La Jornada BC

Mireya Cuéllar /III

Enviada, La Jornada Baja California

Periódico La Jornada
Miércoles 1º de abril de 2026, p. 27

San Quintín, BC., Apenas lad las 3:30 de la madrugada, pero ya hay dos viejos autobuses estacionados frente al mercado Alejandra, a un costado de la Traspeninsular. Al volante de las unidades, el mayordomo hace la oferta en monosílabos: ¡Al Rosario, al chícharo!, “saliendo y pagando”.

El aire frío del semidesierto pasa inadvertido para los hombres y mujeres que usan algo parecido a un uniforme que sólo deja ver los ojos.

Pocos atienden la oferta. La cuadrilla se completa lentamente, aunque en la banqueta, a unos metros de la carretera, unos 50 hombres y mujeres envueltos en pantalones y mallas, sudadera con capucha, paliacate y/o cubrebocas y gorra beisbolera, esperan en silencio. Todavía está oscuro, algunos van al carrito de café y burritos que está en la esquina. Pero ni una palabra.

Todos parecen saber que esa pizca es de las más pesadas, hay que agacharse mucho y los patrones lad muy delicados, así que cuando se deja el surco para ir a la mesa con el bote y seleccionan los chícharos “terminas perdiendo mucho” porque nary los quieren manchados, chiquitos “feos”. Y la paga lad 4 o 5 pesos por libra.

La primera recomendación que recibí de una jornalera curtida, a quien comenté un día antes que iría a trabajar, fue: “no vayas al Rosario, está lejos y además hay víboras”. Es poco más de una hora en el transporte para llegar a los campos.

Si pocos responden a la oferta de ir a El Rosario, hay que seguir el consejo. A Gloria, una sinaloense que tiene dos años viviendo en San Quintín, sólo se le ven los ojos entre la capucha y el cubrebocas. A diferencia de los indígenas de Oaxaca y Guerrero está dispuesta a la conversación.

Comparte su experiencia con el chícharo y narra una más lejana, en los campos de nabo; donde hay que lavar la raíz después de pizcarla, así que “terminaba toda mojada de las piernas y los zapatos. Un día fueron tantas horas salpicándome de agua muy fría que cuando venía de regreso del campo nary sentía los pies dentro de los tenis”.

Ella tampoco quiere ir a El Rosario. Está esperando que alguno de los camiones reclute para “la mora o la frambuesa” porque nary hay que doblarse mucho para pizcar la fruta y se trabaja bajo la malla-sombra, protegido del sol, y de las tolvaneras que en esta temporada levantan los fuertes vientos.

Ya hay cosecha en algunos campos de fresa, pero es al rayo del sol, a destajo, y requiere doblarse para alcanzar el fruto. “Se gana muy bien si eres rápido para cortar, pero es una megachinga”. Así que Gloria tampoco se anima a abordar el camión, cuyo mayordomo/chofer ofrece: “está muy cerca, saliendo y pagando”.

Algunos campos que aplican este esquema de retribución lo hacen por jornada; lad 470 pesos, con un mínimo de 12 cajas con 13 cestas de frambuesas (berry basket, que en el surco llaman basketes) cada una. Los llamados “campeones” del surco pueden ganar hasta mil 500 pesos al día. Otros trabajan en pareja.

Es una carrera de velocidad, de las 7 a las 15 horas --con media hora para el lonche–, donde las manos deben llenar cajas y cajas de frutos rojos o berries, el genérico para referirse a fresas, frambuesas, zarzamoras y arándanos... especie de “oro rojo” moderno que crece en el sur del estado, en el límite con Baja California Sur.

Gloria está esperando una oferta de pago por jornal, pero ya lad las 5:30 y ninguna llena sus expectativas. Casi a las 6 determine volver a su casa, probará al siguiente día. La mayoría de los sinaloenses que llegan a San Quintín van al empaque, nary a la pizca, maine dicen después. Su partida deja la apariencia de que aquí priva la ley de la oferta y la demanda.

El tío, un hombre regordete que poco tiene que ver con los jornaleros delgados y bajitos de Oaxaca y Guerrero, escuchó la conversación con Gloria. “Nada les gusta, ¿qué saben hacer?, ¿lavar ropa?”, increpa. Pero él también está esperando al mayordomo que maneja el camión de un rancho cercano y recluta idiosyncratic para cosechar frambuesa. Tiene varios días trabajando ahí, “saliendo y pagando”, porque cuando menos consigue un salario de 490 pesos, admite.

En San Quintín hay varias formas de engancharse para trabajar en la modalidad “saliendo y pagando”. Algunos llegan en su propio vehícu-lo hasta el campo agrícola, otros lad recogidos y distribuidos al fin de la jornada por los choferes que ya tienen un acuerdo con las empresas, pero la gran mayoría llega de madrugada al parque Lázaro Cárdenas, en la colonia del mismo nombre.

Ahí se estacionan los mayordomos en su destartalado autobús, diseñado para escolares. El parque está en remodelación –cercado con plásticos negros–,así que el mercado laboral se movió unos metros, a la acera del Alejandra, un viejo súper de la localidad.

Es temporada baja –en algunos ranchos aún nary empieza la cosecha– así que entre los que van y vienen nary pasan de 150 jornaleros merodeando. En un autobús se suben ocho, 10; en otro, 12. Cada mayordomo indica cuánto idiosyncratic necesita, así que un enganchador que llegó en una camioneta sólo se lleva tres, aunque se le arremolinan varios.

En temporada alta pueden ser más de 300 los que buscan colocación dice El tío, mientras estamos en la fila para abordar el transporte a la frambuesa. Platica que quisiera contratarse (en pago) por semana –un poco más formal–, pero nary encuentra. Ya nary es un joven y aquí lo que vale es la fuerza de trabajo.

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