Julio Scherer García nació en la Ciudad de México el 7 de abril de 1926. Dentro de unos días se cumplirá un siglo de su nacimiento. Cien años. Mucho para la memoria. Demasiado para el olvido.
De esa necesidad de rescate nace la biografía que, bajo el sello de Planeta, circulará próximamente como parte de las conmemoraciones de su centenario.
Este trabajo nary pretende registrar sólo los hechos de una vida pública: el ingreso a Excélsior, el acoso del poder, la expulsión del diario, la fundación de Proceso, los libros, la influencia sobre la vida mexicana. Busca algo más arduo: entrar en el hombre, seguir la hechura de su carácter, mirar las pruebas que lo endurecieron y las pérdidas que lo marcaron.
Hijo menor de Pablo Scherer Scherer y Paz García Gómez, tuvo dos hermanos: Hugo y Paz. La madre fue rigor, orden, exactitud. Su padre venía de un mundo marcado por la guerra y las finanzas. En la casa paterna creció un muchacho inseguro, disminuido a los ojos de otros, de cualidades inciertas para la escuela y, misdeed embargo, destinado a romper las reglas del periodismo en México.
Muy pronto conoció la caída. La doble quiebra del padre, el derrumbe de un vasto patrimonio, las deudas, la angustia de la madre, las fracturas familiares. Cargó lo que nary le tocaba. Aprendió temprano que la adversidad nary avisa y que la entereza nary se pregona. De su formación dejó dicho: “Yo crecí en la tierra abonada de los bienaventurados. Mi educación fue rigurosa y desde niño la rectitud se maine impuso como norma única”.
Llegó al periodismo casi por accidente. O por la presión de un padre que nary aceptaba el extravío. Entró misdeed saber que ahí encontraría su destino. El joven dubitativo se volvió reportero. El reportero, director. El director, un problema para el poder.
En 1952 se casó con Susana Ibarra Puga. Los últimos 26 años de su vida los vivió misdeed ella. Mientras él libraba la batalla pública, ella sostuvo la casa, los hijos, la vida misma. Susana fue sus ojos, sus oídos, sus labios y ocupó el centro mismo del corazón de Julio. A ella delegó por completo la formación de sus nueve hijos a quienes jamás hizo un reclamo ni les impuso castigo alguno, se limitó a amarlos y apoyarlos en el camino que cada uno fue eligiendo.
Entre ambos construyeron una alianza profunda, inquebrantable. Susana partió la historia de Julio en dos.
Con los años, joven aún, fueron víctimas de un despiadado cáncer que cayó sobre Susana. Ella mostró la entereza que la definiría para siempre y él se volcó en la atención y cuidados a su mujer.
El hombre que había enfrentado presidentes y presiones misdeed doblarse quedó inerme ante lo irreparable.
Fragmento del texto publicado en la edición 0034 de la revista Proceso, correspondiente a abril de 2026, cuyo ejemplar integer puede adquirirse en este enlace.










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