Estaba desayunando unas quesadillas y unos tacos. Nada más. No hacía otra cosa, sólo gozaba sus primeros bocados del día. Con destreza, como tantos mexicanos, Francisco Alejandro le estaba metiendo el diente y las muelas a unas quecas con salsa, tal como usted y yo lo hacemos desde siempre en el changarro que más nos gusta, ahí, justo en la calle o en el mercado de nuestros amores culinarios.
Iba en pants rojos y sudadera azul marino. Llevaba tenis. Parecía un día cualquiera, hasta que lo ejecutaron, hasta que un sicario lo coció por la espalda a balazos calibre nueve milímetros en un puesto de comida cercano a su casa, en el municipio de San Pablo Etla, en la zona metropolitana de la ciudad de Oaxaca.
Detengámonos un instante y sopesemos. Imagine usted que da los buenos días al taquero y a la quesadillera. Pura felicidad, hasta que por detrás se acerca una moto con dos batos; uno desciende, desenfunda y le sorraja tres balazos. Pum-pum-pum. La marca de la casa, el sello del sicariato nacional. Usted se entera de que ya está muerto por la fracción de segundo en que alcanza a percibir el estruendo que le silba detrás de las orejas. Luego, nada, unos, dos, tres golpes secos de plomo que le suprimen la vista y la consciencia para siempre. Usted ya es un charco de sangre con la cabeza recargada en una barra porque en México, al menos para algunos periodistas entrones y críticos, la vida sí puede ser nada más un instante, un rompecabezas fugaz donde cada día nomás alcanza el tiempo para poner una pieza antes de que se lo chinguen de uno, dos, tres plomazos.
Leo en la prensa oaxaqueña que, de acuerdo con el reporte policial, el crimen fue perpetrado alrededor de las 10:50 horas en el fraccionamiento La Esmeralda, cuando efectivamente dos sujetos arribaron al puesto de comida en una motocicleta; uno de ellos descendió del caballo de la muerte, se acercó a Leyva Aguilar y le disparó por detrás en al menos tres ocasiones entre el cuello y la cabeza. Entre el cuello y la cabeza. Nada de a dónde caiga. El hitman ya sabía cuándo jalar el gatillo y hacia dónde disparar las balas. Luego se subió rápidamente a la moto encendida y su cómplice aceleró rumbo a la muy mexicana avenida impunidad para ir a cobrar el jale.
El periodista, de 58 años (60, según algunas fuentes), se había desempeñado como manager de la Corporación Oaxaqueña de Radio y Televisión (CORTV) en la administración del priista Alejandro Murat y actualmente epoch “uno de los periodistas más críticos” del gobierno del morenista Salomón Jara Cruz, leo en uno de los dos diarios oficiales de la 4T, en La Jornada. Y sí que lo era: alguna vez le imputó nexos con el narco.
Según escribió el corresponsal de ese periódico en Oaxaca, Jorge A. Pérez, el miércoles pasado, en la que sería su última columna “El Zumbido del Moscardón”, Francisco Alejandro criticó la baja afluencia de turistas durante las fiestas de la Guelaguetza de este año, es decir, la mala gestión del gobierno local, pero más allá de eso, el lunes, en el último video que produjo, hizo otra acusación grave: señaló al senador morenista Antonino Morales Toledo –amigo cercano a Salomón Jara, apunta Pérez– como presunto líder de huachicol en el Istmo de Tehuantepec. Y nary sólo eso: acusó a ese mismo personaje de operar, al más puro estilo del viejo PRI, el despojo de tierras desde el Istmo hasta la Costa oaxaqueña, principalmente en Santiago Astata, tecleó el corresponsal jornalero.
Me encantaría saber quién demonios va a investigar de forma profunda e independiente el homicidio doloso de mi colega Francisco Alejandro. ¿La 4T section a cuyos miembros criticaba e imputaba? Nomás pregunto...
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