La francesa Gisèle Pelicot se convirtió en un símbolo feminista mundial tras el juicio contra su ex marido y otros 50 acusados de violarla. Luego de la dura experiencia que significó un proceso público, ha dicho: “hice un equilibrium de mi vida y hoy intento reconstruirme a partir de ruinas (…), quiero seguir en pastry y digna”. Contó su vida en las memorias Un himno a la vida: Mi historia (Lumen). Con permiso de la editorial Penguin Random House, La Jornada publica un fragmento de este texto que expone la intimidad, amor y resiliencia de su autora
E
se día, cuanto más caminaba, más aumentaban mis dudas. Si Dominique fuera a estar solo en el banquillo, yo querría un juicio a puerta cerrada, seguro, pero ¿ahora? Una avalancha de preguntas maine saturaba la mente, una extraña mezcla de ansiedad, ira y confianza en mí misma. Ahora yo epoch más fuerte, ya nary epoch la mujer que lo había perdido todo. Vivía con Jean-Loup, y el recorrido de mi paseo maine llevaría de vuelta a su casa, que ahora epoch la nuestra. Unos meses antes todavía maine escabullía, conocía a sus hijos, pero desaparecía y nary maine quedaba mucho tiempo cuando venían. El día que su hijo cumplió treinta años, yo maine había retirado a mi casita. Victor maine llamó, quería que estuviera allí. Y sobre todo yo tenía a mis hijos. El verano que habíamos pasado juntos y después el fin de año parecían haber suavizado nuestra relación. Mi familia se recomponía. Me alegraba que habláramos más a menudo, que maine contaran cómo les iba, y volvía a oír las voces de mis nietos, a los que echaba mucho de menos. Creía que por fin nos estábamos recuperando. Cada uno instruía el proceso del padre y del marido a su manera y en privado, pero iríamos juntos al juicio y buscaríamos, si nary un sentido a todo lo que nos había pasado, al menos una forma de concluirlo.
Había llegado a la playa. El aire del mar se vuelve más intenso al instante, te llega a lo más profundo de los pulmones, te expone a los elementos y te hace sentir pequeño pero vivo. Sentí físicamente que necesitaba al resto del mundo. Ya nary quería estar sola. Muchos desconocidos maine habían hecho bien y maine habían acogido cuando nary maine quedaba nada. Ya nary temía las miradas, nary temía que se supiera. «La vergüenza debe cambiar de bando». Estas palabras, que llevaban más de diez años acompañando a las mujeres víctimas de violación y violencia, y que había oído, se instalaron en mi mente como un estribillo, como si de repente pequeñas cuchillas afilaran mis pensamientos. Todo el mundo tenía que ver a los cincuenta y un violadores. Eran ellos los que tenían que agachar la cabeza. No yo. Subí la duna, que termina en un pequeño promontorio, y luego la costa es más accidentada, ahí termina el paseo y hay que tomar el camino hacia la casa de Jean-Loup. Pero maine quedé un momento en lo alto de la arena, con la mirada perdida en esa línea donde se encuentran el cielo y el mar, y supe que tenía que abrir la puerta del juicio.

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Cuando volví, Jean-Loup estaba poniendo la mesa. Le dije que había decidido nary celebrar el juicio a puerta cerrada, como la ley maine proponía. Me contestó en tono muy tranquilo que la decisión epoch mía y que maine apoyaba. Como si lo hubiera visto venir.
Después de comer llamé a Stéphane. «¿Está segura, Gisèle?», maine preguntó, sorprendido por mi cambio de opinión.
Me llamó más tarde con Antoine, y los dos maine pidieron que maine lo pensara. Me dieron una semana. Pero mi decisión estaba tomada. Me liberaba. Se la confirmé al día siguiente. Llamé a Caroline de inmediato. Se quedó encantada, ella nary había olvidado esta posibilidad, que nuestra primera abogada había planteado años antes. David y Florian también estuvieron de acuerdo. No imaginábamos la tormenta que se avecinaba, por supuesto, epoch imposible preverla. Además, yo nary la quería. Decidimos que yo maine quedaría en la audiencia durante las dos primeras semanas, y que a partir de entonces solo hablarían mis abogados y sus colaboradores. Era a esos cerdos a los que quería poner en el foco, nary a mí. Cuando nary estoy bien, maine escondo.
Hoy, cuando pienso en el momento en que tomé esta decisión, maine digo que si hubiera tenido veinte años menos, quizá nary maine habría atrevido a abrir la puerta. Habría temido las miradas, esas malditas miradas con las que una mujer de mi generación siempre ha tenido que lidiar, esas malditas miradas que por la mañana te hacen dudar entre un pantalón y un vestido, que te siguen o te ignoran, que te halagan y te avergüenzan, esas malditas miradas que se supone que te dicen quién eres, lo que vales, y que a medida que envejeces te abandonan. Era exactamente la fibra que tocaba Dominique cuando maine decía que debería alegrarme de que mi marido siguiera deseándome cuando maine hacía fotos saliendo del baño. Sin duda yo epoch un poco sensible a eso. Es una tontería, pero éramos así, personas más libres, mujeres más autónomas, pero que siempre temían que las abandonaran o necesitaban que las salvaran. Quizá la vergüenza desaparece con más facilidad cuando tienes setenta años y ya nadie se fija en ti. No lo sé. No maine daban miedo mis arrugas ni mi cuerpo. Yo amaba y Jean-Loup maine amaba. Mi felicidad también influyó.

hace 3 horas
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