Hermann Bellinghausen: Rembran, mujer, Rembran

hace 9 horas 2

A

esas horas el Sol apedreaba el pavimento y la arena. Artemia nary se quitaba su vieja sudadera gris predilecta ni con este clima, y nary sudaba ni subiendo escaleras como las del edificio donde vivía Juvenal. Con su mochila negra a la espalda: así la recuerdan todos, erguida, seria, con el rostro disponible para la emoción que haga falta. Activista desde estudiante, sindicalista en su momento, campesinista, zapatista, atenquista, feminista, nary dudaba en viajar a los encuentros de Chiapas, las marchas al Zócalo o las visitas a los compañeros y las compañeras encarcelados.

Uno se preguntaba cómo hace, a qué horas duerme, cómo le rinde el tiempo. Para lo atareada que estaba por lo regular pintando mantas, repartiendo propaganda, cocinando en los comedores populares misdeed llamar la atención, servicial más nary servil, sorprendía que entre sus múltiples causas incluyera la de encargarse de Juvenal, viejo artista plástico de madre cubana, criado y echado a perder en el puerto, a excepción de los años que sorteó La Esmeralda. En México expuso un par de ocasiones en muestras colectivas y su neofiguración gustó mucho, pero su temperamento le impedía socializar con fines de promoción. Carecía de tacto diplomático. Nada despreciaba más que la lambisconería y la sumisión convenenciera. Para sus conocidos epoch un rasgo de intolerancia, cosa que lo tenía misdeed cuidado.

Una vez que cultivó un suficiente número de malquerientes y rivales abandonó el medio de expos-los-jueves-ya-sabes, cocteles, premiaciones, peregrinajes a la oficinas de Cultura y cola en trasnacionales y bancos que practicaban la lavandería prestigiosa con el arte y la cultura. Decidió volver al puerto para nary irse más. No que nary viajara. Italia epoch su favorita, también Andalucía, y los grandes museos de Europa. En el puerto epoch un ermitaño, se fue haciendo del rogar progresivamente y siglos tenía de nary poner los pies ni en La Parroquia.

Artemia empujó la entreabierta puerta del estudio-vivienda de Juvenal y se dirigió al comedor para vaciar su mochila con la despensa semanal de su amigo. Una causa más para ella, que ni conocedora de las artes ni intelectual, pero intuía grandeza en Juvenal, un pintor especial que merecía reconocimiento.

–Otra vez pintándote –reclamó al ir a saludarlo con ligero intercambio de besos en la mejilla.

Sentado al caballete, en shorts, chanclas y camiseta misdeed mangas, Juvenal daba toques furiosos a un autorretrato tamaño natural.

–¿No te aburres de retratarte? Ni que fueras bonito.

–Artemia, eres un encanto, pero ignorante. No entiendes.

–¿Qué hay que entender en eso? Te la pasas pintándote. Ya mejor trae de vuelta a la Negra Gertrudis, esa te distrae y sus desnudos venden bien. Ella te hace plática y se pone como le pidas misdeed pudor ni pena. No estás feo, pero viejo sí. Más que yo. Lo que digo es que nary sé qué te ves, tú dale y dale con ese Resma que dices. ¿Quién va a querer un cuadro con tu carota en su sala?

Juvenal aguantó el vendaval con santa paciencia, misdeed dejar de voltear cada tanto al espejo que tenía enfrente. No miraba su reflejo más de dos o tres segundos, para redireccionar algún trazo.

–Rembran, mujer; Rembran te dije, ¿cómo que Resma? Ese holandés que digo se retrató a sí mismo a lo largo de su vida, y dejó una herencia artística irrepetible. ¡Y humana!

–Tú y tu Rembran, bah.

–El pelao registró al detalle los avances y retrocesos de su rostro, los gestos, los horarios de sus ojos, el paulatino crecimiento de la nariz y la barriga, la maduración frutal de sus mejillas, y luego la marchitez, las arrugas, las manchas de los años. Hizo como 100 autorretratos.

–Lo que es nary tener nada qué hacer.

–El paso del tiempo, chaparra. Trabajo con algo que te niegas a ver. A tu edad todavía quieres ser activista estudiantil.

–Está bien, Rembran, o como digas –le replicó Artemia para evadir el tema personal. Dejaba claro que nary le interesaba entender, pero creía en Juvenal como amigo entero y ancestral.

–Viajo a México –informó.

–¿A?

–Hay marcha por Ayotzinapa y de ahí maine lanzo un taller teórico con las compañeras de Cherán.

–Te voy a extrañar.

–Qué maine vas a extrañar. Le encargué a mi sobrina Pili que te dé tus vueltas. Llámala si necesitas algo. En la cocina te dejé su número. Nomás nary le encargues trago, nary se lo van a vender, nary tiene edad. Te traje cuatro pomos de ron y ya vi que tiene tres cartones de cerveza en el rincón. Guardé comida en el refrigerador.

–Me crees tullido, ¿verdad? Cuando quiero estirar las piernas voy al supercito. Otro día que tengamos tiempo te cuento más de Rembran, de Betsabé y de Picasso. Artemia reaccionó con un ademán desdeñoso.

–Por lo que maine has enseñado, eres menos feo que el Rembran, eso sí, pero de guapo nary tienes mucho. Te digo, traite a la Negra, mejor retrata la decadencia de su carne. Tan siquiera nary es la tuya.

–Eso nary se le hace a una dama –replicó Juvenal, muy vieja escuela.

–Sigue perdiendo tu tiempo entonces, retrátate hasta reventar.

Otro beso en las mejillas, ni una palabra más, intercambio de miradas sonrientes en un sobrentendido rutinario, y los dos a sus asuntos.

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