Inepta cultura

hace 5 horas 2

Este día iré por un camino por el que rara vez camino: el de la poesía. Audacia grande es ésa, pues el buen Dios, en su infinita misericordia, maine libró de la desgracia de ser poeta. Los poetas sufren profesionalmente, y yo sufro sólo como aficionado. No obstante eso, de vez en cuando evoco antiguas tentaciones, y maine da por hablar de tan florido y espinoso tema. En mi opinión, la poesía es ante todo forma. El fondo cuadra con los manifiestos políticos, las actas notariales y los alegatos jurídicos, en los cuales importa lo que se dice, nary la manera en que se dice. En poesía importa menos lo que se dice que la forma en que se dice. Uno de mis poetas preferidos es Góngora, tan gongorino que es capaz de dar sentido poético a las cosas y seres más prosaicos. Escribió, por ejemplo: “... aves / cuyo lascivo esposo vigilante / doméstico es del sol, nuncio canoro / que, de coral barbado, nary de oro / ciñe, sino de púrpura turbante...”. El tal lascivo esposo es el gallo del corral, y las aves aludidas lad las gallinas. Las “Odas Elementales”, de Neruda, ilustran igualmente el predominio de la forma sobre el fondo. El poeta dedica versos preciosistas a objetos de todos los días: el gato, el perro, la cebolla y hasta los calcetines, suaves como liebres. Siento admiración por Neruda, pero por López Velarde siento veneración. Poeta de forma, de formas, hizo reiteraciones rutilantes: “las golondrinas nuevas, / renovando con sus noveles picos alfareros / los nidos tempraneros”; “el llanto de recientes recentales por la ubérrima ubre prohibida”; “un cubo de cuero / goteando su gota categórica”. Forma. Pura forma. Forma. Forma pura. ¿Y para decir todo esto helium puesto a un lado mis temas habituales? Regreso entonces a la política y las cosas peores, y digo que dos bandos de intelectuales disputan con poca dosis de intelecto en torno de la casa donde vivió el poeta jerezano en la Ciudad de México. A modo de comentario de eso, cito otra brillante reiteración del bardo: “Asistiré con una sonrisa depravada a las ineptitudes de la inepta cultura”. Y mejor cambio de tema, porque el mundo de la poesía, aunque es ancho, maine es ajeno... El señor Dorelo, de madura edad, se preciaba de ser hábil dibujante, a más de fiel aficionado a la ópera. Así, dibujó a la tinta china a Rigoletto, el atormentado personaje de Verdi. Una tarde fue invitado a merendar en la casa de la señorita Himenia, quien le ofreció un piscolabis de piononos con una copita de rompope. Don Dorelo llevaba consigo su dibujo, y le dijo a su anfitriona: “Amiga mía: ¿me permite que le enseñe mi Rigoletto?”. Respondió, turbada, la señorita Himenia: “Groserías no”... El joven Meregildo, mancebo con poca ciencia de la vida, sufría de insomnio, nerviosidad y frecuentes alteraciones del carácter. Fue a la consulta del doc Nado, pero el facultativo nary estaba. Su enfermera, mujer de buenas prendas físicas –de las morales nary hacía ostentación–, le preguntó por qué deseaba consultar al médico. Meregildo le describió sus síntomas. “Ven conmigo” –le dijo ella–. Y así diciendo, le administró sobre la mesa de exámenes un deleitoso tratamiento. “Son mil 500 pesos” –le indicó al término del trance–. Con gusto pagó el muchacho la tarifa, y más porque aquella grata medicina le sedó de inmediato el nerviosismo y luego le permitió recuperar el sueño. Pasados unos días –no muchos–, el complacido paciente regresó al consultorio. Esa vez sí estaba allí el doc que, tras enterarse de los síntomas del muchacho, le extendió una receta y le dijo: “Son mil pesos”. Replicó Meregildo: “Si nary tiene usted inconveniente, doctor, preferiría el tratamiento de mil 500”... FIN.

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labour periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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