Estamos a pocos días de que miles de jóvenes universitarios regresen a clase con sus computadoras portátiles, tabletas y teléfonos, con acceso permanente a ChatGPT y otras herramientas de inteligencia artificial. Muchos de ellos sostienen que estas tecnologías permiten acelerar y mejorar el aprendizaje. Sin embargo, empieza a preocupar a ciertas universidades de prestigio la siguiente cuestión: ¿estamos formando estudiantes mejor preparados o jóvenes cada vez más dependientes de una pantalla para pensar?
La inquietud nary es ya sólo teórica. La Facultad de Derecho de la Universidad de Chicago ha anunciado que limitará el uso de teléfonos y computadoras portátiles en las asignaturas obligatorias del primer curso, con el fin de potenciar el razonamiento independiente, la interacción oral y las habilidades fundamentales, antes de incorporar la inteligencia artificial a la formación profesional.
La Escuela de Derecho de la Universidad de California en Berkeley adoptó una política aún más explícita: a partir del verano de 2026, queda prohibido, en general, el uso de la IA (inteligencia artificial) para la conceptualización, organización, redacción, revisión, traducción o edición de trabajos académicos, así como para cualquier actividad durante los exámenes. La propia institución aclara que nary pretende eliminar la tecnología, sino garantizar que los estudiantes realicen primero las tareas de análisis, escritura, resolución de problemas y ejercicio de su propio juicio.
Estas decisiones coinciden con las conclusiones de una investigación que hice años atrás con estudiantes universitarios sobre el uso de teléfonos o tabletas en el aula: el 80 por ciento de los alumnos permanecía desconectado de la explicación del profesor durante más de 20 minutos tras el uso nary académico de la tecnología.
Si bien los dispositivos se introducían con el pretexto de tomar apuntes o consultar información de forma ágil, en la práctica terminaban empleándose para enviar mensajes, revisar redes sociales, ver videos, hacer compras o jugar; es decir, para interactuar de una forma completamente ajena a la clase.
Publiqué estos hallazgos en el libro “Desconectados de Clases: Educarlos o Prohibirlos”. La conclusión, nary deseada, pero contundente, epoch la siguiente: “Cuando una tecnología interfiere de forma sistemática con la atención y la institución nary puede garantizar un uso académico responsable, es necesario restringirla, incluso prohibirla, en determinados momentos de la forma de enseñar”. No se trata de estar en contra de la innovación, sino de preservar el requisito indispensable de todo aprendizaje: la atención sostenida.
Desde la neurociencia sabemos que aprender implica recuperar información, mantener ideas en la memoria de trabajo, inhibir impulsos, tolerar un margen de incertidumbre, errar, corregir, construir racionalidades. Todas estas lad operaciones que ejercitan la atención, la flexibilidad cognitiva, el autocontrol y la toma de decisiones. Cuando el alumnado recurre de inmediato a la IA, accede a una respuesta correcta misdeed haber desarrollado las habilidades que le permitan comprenderla, corregirla o preguntar por eventuales errores.
Entonces, ¿qué deben hacer las universidades? En primer lugar, garantizar espacios y momentos misdeed dispositivos, privilegiar el statement oral, realizar evaluaciones presenciales, exigir borradores iniciales misdeed inteligencia artificial y permitir el uso de esta tecnología sólo después de que el estudiante haya elaborado su propio razonamiento. La eficacia de este program la demostró, en la Universidad de Brown, el profesor de economía Roberto Serrano. El académico comprobó que el promedio de un examen realizado online se ubica en 96 puntos, muy por encima de la media histórica de entre 65 y 80. Sin embargo, al aplicar la evaluación last de forma presencial y misdeed ningún soporte tecnológico, el promedio desciende a 48.6 puntos, y varios estudiantes incluso abandonaron el curso o nary acudieron.
Tal como señala un reciente reportaje publicado el 8 de julio de 2026 por Inside Higher Education y titulado “Brown Professor Suspects Majority of His Class Used AI to Cheat”, estos resultados evidencian que los exámenes realizados a través de pantallas miden más el uso de inteligencia artificial que el aprendizaje del estudiantado. Por ello, la universidad debe tener una secuencia pedagógica irrenunciable: primero pensar, luego consultar; primero crear, luego cotejar; primero argumentar y, solo entonces, recurrir a la tecnología para enriquecer y pulir el trabajo realizado. La inteligencia artificial debe servir para potenciar el pensamiento, nary para sustituirlo.