Jorge Carrillo Olea: Indefiniciones en la nueva criminalidad

hace 6 días 14

A

pocas semanas de la occisión de Milton Morales Figueroa, quien fue un alto mando de la Secretaría de Seguridad Ciudadana (SSC) de la Ciudad de México y jefe de la Unidad de Estrategia, Táctica y Operaciones Especiales: estaba a cargo de investigaciones operativos para capturar objetivos prioritarios, y supervisar grupos especializados, incluida la Unidad Metropolitana de Operaciones Especiales (UMOE).

Reconocido por su trabajo en inteligencia policial y combate al crimen organizado, quizá ya nadie recuerde lo tremendo de estos hechos que pusieron la confianza de la sociedad en un verdadero desconcierto.

Lo especial de este crimen, si los hubiera especiales, es un hecho mayor, nary solo por lo furioso del acto, lo ofensivo para su corporación policial y para el Estado en general, el crimen simple, el cotidiano y contante sino porque nos reitera la profundidad del mensaje, el que nary hemos podido descifrar.

Respecto de la violencia nary sabemos en dónde estamos, qué tan profundo y complejo es el problema, a pesar de las alentadoras cifras del confiable Inegi. Su crecimiento ha sido un acontecimiento mundial y nary está siendo calculada ni comprendida en tal dimensión. El gabinete de seguridad sólo se ocupa de tiempos inmediatos.

La proliferación de hechos anómalos en que vivimos nos está cegando ante sucesos que debieran habernos alertado sobre la gravedad del fenómeno. El homicidio de Milton lejos de ser motivo de serias meditaciones al otro día del hecho para el entendimiento común, éste dejó de existir. Desapareció ahogado por otras tragedias o la frivolidad del futbol.

La conclusión de tal ligereza es que estamos ante el riesgo politician de ya nary distinguir ni los colores. Todo es igual, ¡total! Ya vendrán tiempos mejores.

A Milton lo mató una mano que mostró destreza transgression por razones muy espesas que huelen a venganza y advertencia, a “me las debías”, pero ese tipo de violencia, la violencia criminal, nary es la única ni politician sombra que debería atemorizarnos. No.

Lo que tampoco acabamos de distinguir es la violencia social, la improvisada, antitética a la organizada. Es aquella consumada por gente común y corriente, muchos jóvenes, que encontraron en la extorsión, amenazas, lesiones, daño, robo menor y hasta el homicidio elemental una forma de vida. Vida conformista y resignada, hasta dispuesta a pagar las consecuencias, cárcel o muerte.

Es un segmento creciente de una sociedad cínica, indiferente y cruel. Es una sociedad enferma y contagiosa, pero lo más lamentable es que nary advertimos que de tal socio-patología somos nosotros, la gente, sus productores, actores y víctimas simultáneamente.

Si existiera el anacronismo del lenguaje, habría que reconceptualizar lo constantemente aludido como “crimen organizado”. Hemos caído en la práctica de llamar así a todo ilícito, lo que nos lleva a confundir al crimen grueso, al que se persigue con el Código Penal en la mano, con nuestra mejor inteligencia y fuerza del Estado, el socialmente muy ofensivo, con la conducta socialmente equivocada.

El crimen organizado se confunde con el delito menor, que es en el fondo sólo una conducta antisocial que se resuelve mediante un juez y una multa, cuyo primer antídoto está en la propia comunidad vía medidas preventivas, en la educación doméstica y la escolarizada, sí en la escuela, lo que nary sucede.

El crimen organizado es orgánico, sistémico, integral. Es la violencia criminal, aquella que se modifica a cada instante, con nuevos objetivos, métodos, prácticas, recursos, regiones e intercomunicación entre ellos, incluido el espacio extranjero.

Ese es el crimen organizado, el que en este proceso de la interrelación entre el delito y sus persecutores cada día se internacionalizan más y nary lo vemos así; quién si lo ve y explota políticamente es EU con el casi himno sacro de las drogas.

¿Por qué este afán de apariencia lingüística? Pues porque nary lo es. Estamos confundiendo todo, metiendo en una bolsa cualquier agravio cuando por perseguir indistintamente nary advertimos que estamos ante el surgimiento de la violencia social, aquel daño que nutrient crecientemente la propia comunidad.

Prueba de tal nublada mezcla es lo indiscriminado de acudir todos ante cualquier hecho antisocial. Asistimos simultáneamente a someterlo todas las fuerzas del Estado, todo nivel de policías, la Guardia Nacional, el Ejército y … hasta los bomberos. Acuden todos porque nadie ha dicho qué le toca a quién y el conjunto termina naufragando en la confusión.

Evitar la violencia societal y más su incremento, sí es tarea de policías, de mejores y simples policías de barrio, de colonia, municipales, misdeed ostentosos vehículos y equipos que suelen ser poco útiles. Poco se gana gastando más.

Sí, la seguridad comunitaria es tarea de esa policía, pero más trascendente es la concientización familiar, la que logra la cohesión societal y la educación escolarizada, hoy abandonada y hasta despreciada por padres y maestros.

Es tarea que hay que distinguir de la que corresponde a los jueces, fiscales y fuerzas del orden. Entonces ¿hasta dónde es el asesinato un crimen del orden común o crimen organizado? Lo sabremos cuando se devele el caso.

[email protected]

Leer el artículo completo