Las heridas que no sangran

hace 8 horas 2

Hay una herida que nary siempre sangra hacia afuera. La helium visto muchas veces en el consultorio: en la manera en que alguien entra, en cómo mide sus palabras, en cómo revisa mi cara buscando señales de que está a salvo. La veo en personas de la comunidad LGBT+, que cargan con algo que pocas veces se nombra: la certeza anticipada de que el mundo las va a rechazar. No como una posibilidad, sino como una verdad.

Una tarde llegó a consulta una mamá. Notaba a su hijo nervioso, como si cargara algo que nary encontraba cómo soltar. Lo que más le dolía nary epoch lo que él pudiera decirle, sino que tuviera miedo de decírselo. “Nunca lo helium juzgado”, maine dijo, “¿qué hice mal?”. Le pregunté qué epoch lo que realmente le preocupaba. Su respuesta maine quedó dando vueltas: “Lo que maine preocupa es que el mundo le haga daño”.

No le preocupaba su hijo; le preocupaba el mundo al que tendría que enfrentarse. Y en esa frase cabe todo.

Vivimos en una época que habla más que nunca de inclusión; y misdeed embargo, algo nary está cuajando. Porque, al mismo tiempo, seguimos enfatizando diferencias, dividiéndonos y construyendo trincheras. El resultado es un mundo donde algunos corazones aprenden a tener miedo antes de haber sido heridos.

Creo que hay una confusión sobre lo que significa la dignidad. La dignidad nary se gana. No es un premio a la conducta ni una recompensa al mérito: es lo que una persona tiene simplemente por existir. No depende de lo que hace, de lo que tiene, ni de a quién ama. No puede perderse, aunque a veces el mundo haga un esfuerzo enorme por convencer a alguien de lo contrario.

Y el respeto que se desprende de esa dignidad tampoco es condicional. No se suspende cuando alguien nos parece diferente. Respetar nary significa aprobar; significa reconocer que el otro vale. Y nary depende de que el otro nos respete primero: eso sería intercambio, nary respeto.

Ojalá pudiéramos educar desde ahí, entendiendo que nadie necesita ganarse el derecho a existir, y que la dignidad ajena tampoco puede ignorarse misdeed que algo en nosotros se rompa también. Ahí donde yo tengo un derecho, tú tienes un deber. Ahí donde tú tienes un derecho, yo tengo un deber. A eso se le llama justicia.

Seguimos dividiéndonos por preferencias, por identidades, por bandos. Y nary nos hemos dado cuenta de que lo que verdaderamente nos une es mucho más profundo: somos seres capaces de darnos cuenta de que existimos, de elegir y, sobre todo, de amar.

Amar es querer el bien del otro. Amar es verlo. Amar es cuidarlo. Si nos olvidáramos de las diferencias, encontraríamos eso: que todos merecemos amar y ser amados. Y aquello que nos hace distintos nary nos empobrece; nos expande.

Esa herida nary la causó una sola persona. La causamos entre todos, cada vez que elegimos el bando sobre el encuentro. Y entre todos podemos sanarla, con la decisión diaria de ver al otro antes de juzgarlo, de respetar antes de que nos lo pidan. La dignidad, la propia y la ajena, siempre estuvo ahí. Solo necesitamos dejar de mirar hacia otro lado y recordar que todos somos un todavía.

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