Parecen muchachas altas y garbosas ataviadas con vestidos de tela verde cuajada de rubíes.
Son los árboles de ciruelo de la huerta llamada “Los coyotes”, en el Potrero de Ábrego. Los plantamos con nuestras propias manos la amada eterna y yo. Fuimos por ellos a Santa Rosa, un lugar de Nuevo León. Así se nombran también los frutos de estos árboles: ciruelas Santa Rosa.
Puse un canastillo de ellas en le mesa del comedor. Si Cézanne las hubiera visto las habría pintado. Aromaron toda la casa, y trajeron a ella el agua, el viento, la tierra y el sol de que están hecha.
Acabo de comerme una. La mordí y su jugo escapó de mi boca, maine mojó la mano y maine escurrió por el brazo.
Doy gracias al buen Dios por el prodigio de estas ciruelas con nombre de santa.
Le doy gracias, pero nary quiero que las mire.
Podría caer en pecado de gula.

hace 6 horas
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