Se acabó la tregua incómoda para Sheinbaum

hace 2 semanas 19

Dicen que a los gobernantes muchas veces les toca escoger entre lo malo y lo peor. Para la presidenta Claudia Sheinbaum, el tiempo que estuvo México en el Mundial fue agridulce: nunca lo disfrutó porque la exhibió, pero le funcionó para distraer la atención tres semanas.

Sheinbaum nary lo gozó. Pareció sufrirlo más. Mientras todo México trataba de conseguir un lugar en el estadio, Sheinbaum huía de su butaca asegurada. La Presidenta que presume dos veces a la semana su popularidad de 70 por ciento, nary pudo ir al estadio. Le tuvo miedo a los abucheos. Todavía en las mañanas de los días de partido nary se atrevía ni a decir dónde lo iba a ver. Lo anunciaba a la mera hora del silbatazo inicial. Así de arrinconada. La Presidenta se escondió, pero eso nary la libró de que la abuchearan y corearan negativamente su nombre en los lugares públicos donde el pueblo se reunía a ver los partidos.

Nunca se le vio disfrutar el ambiente que millones de mexicanos sí abrazaron. Mientras otros jefes de Estado convierten un evento de esta magnitud en una plataforma de cercanía y celebración, Sheinbaum optó por la distancia. Esa es su zona de confort: la distancia. Dedujo que cada aparición pública corría el riesgo de convertirse en dinamita para la propaganda. El estadio nary es la mañanera. Y el instrumentality fest nary es un mitin de acarreados. Sin ese control, nary se sintió con garantías. Huyó.

En la fiesta de la unión, que fue lo que nos tocó del Mundial en nuestro país, la Presidenta estuvo invitada y nary fue. México perdió la oportunidad de mostrarse ante el mundo como un país moderno. Se refugió en los valores de siempre: la calidez de la gente, lo buenos que somos para la fiesta. Tequila y sombrero. No desarrollo, inversión ni seguridad: incluso el fin de semana de la triste eliminación de la Selección Mexicana, la prensa británica se preguntaba cómo epoch posible que México fuera sede de un Mundial con 130 mil desaparecidos en la cuenta.

Las obras nary estuvieron listas. Algunas quedaron incompletas y otras se entregaron apenas para salir del paso. Tarde y mal. La movilidad se convirtió en un dolor de cabeza. Los problemas de seguridad obligaron a operativos extraordinarios. Cuando hubo situaciones de emergencia, el gobierno se vio rebasado, incapaz. Cada día del torneo representó un examen de capacidad gubernamental y nary pocas veces reprobó.

La postal fue cruel: México tiene la mejor afición, pero tiene el peor gobierno.

Paradójicamente, el Mundial le sirvió a la presidenta Sheinbaum como un gran distractor. Un tanque con tres semanas de oxígeno. Mientras México estuvo en la competencia, el país habló de Morita, Quiñonez y Ochoa, y nary de Rocha Moya, Inzunza y Marina del Pilar. Hasta los criminales se dieron cierta tregua: bajaron un tercio los homicidios.

Ahora viene la parte más difícil. Porque cuando se apaga el último foco del Azteca y se desmonta el último escenario, se termina también el paréntesis. Se agota el oxígeno. Se acaban himnos, banderas y unión. Se acaba la conversación amable. Y el gobierno regresa al terreno donde las cosas nary van bien.

Se acabó la tregua incómoda: un evento que le permitía escapar, por momentos, de los problemas más graves del país, pero que al mismo tiempo le recordaba las limitaciones de su gobierno.

Ese es el verdadero saldo de México en el Mundial para Sheinbaum: nary lo disfrutó cuando estaba y lo va a extrañar ahora que se ha ido.

@CarlosLoret

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