Driscoll’s es la comercializadora estadunidense más grande del valle // El rancho Amezcua es uno de los muchos productores

▲ Cortadores de fresas en un rancho de la colonia Vicente Guerrero, en San Quintín.Foto Édgar Lima/ La Jornada Baja California
Mireya Cuéllar/ IV y Última
Enviada, La Jornada Baja California
Periódico La Jornada
Jueves 2 de abril de 2026, p. 26
San Quintín, BC., En este enclave exportador, uno de los más dinámicos del noroeste mexicano, se vive una especie de “fiebre del oro” con las berries –fresas, zarzamoras, frambuesas y arándanos, como llaman genéricamente a estos frutos de alto valor comercial–, que ha perfilado un modelo en el que agricultores grandes y pequeños producen para las comercializadoras estadunidenses, y que tiene impacto en la vida laboral de miles de jornaleros.
No importa cómo te llamas o de dónde vienes. Cuando subes al viejo autobús escolar estacionado frente al supermercado Alejandra, nadie pregunta. Vas a pizcar frambuesa y el único acuerdo es “saliendo y pagando”. Así que en el surco que te han asignado en el rancho Amezcua, pegan un pedazo de cinta adhesiva con la identificación: “nueva, de lentes”.
Algunos de quienes abordaron este camión tienen varios días sumándose a la cuadrilla de este chofer/ mayordomo/ enganchador. Si eres rápido para pizcar te convocan para regresar al día siguiente. Uno de los jornaleros, incluso, trae desde su casa la reja de plástico que deberá sujetar a su cintura, con un cinturón perfectamente adaptado, para colocar ahí los canastos donde se empacan las berries. “¡Ánimo, mis niñas... niños, todavía nos falta allá arriba!”, grita cada tanto el mayordomo entre los surcos de frambuesa.
Driscoll’s es la comercializadora estadunidense más grande del valle de San Quintín. Una trasnacional que maneja fruta producida en zonas rurales de Estados Unidos, México, Europa y África, y vende por el mundo a través de grandes cadenas minoristas: Walmart, Costco y Tesco. El rancho Amezcua es uno de los muchos que producen para ella.
El camión llegó a tiempo a los invernaderos –tan grandes que uno puede perderse– para empezar el trabajo, misdeed preámbulos, a las 7 de la mañana. Todos se apresuran por las jarras y una reja de plástico, que se debe amarrar con cintas del mismo material.
En las jarras se colocan las berries que ya están maduras, pero tienen algún defecto: el colour nary es uniforme, sus contornos lad irregulares... serán mermelada o jugo. Un par de veracruzanas, de la zona agrarian de Naolinco, las cortan a dos manos.
La primera lección: hay que hacer presión con la yema de los dedos sobre la fruta para que se desprenda de un corazón blanquecino, que se queda en la planta. Si se presiona mucho le saldrá jugo y se estropeará; por eso se contrata a gran cantidad de mujeres para esta actividad.
El 57.1 por ciento de pizcadores de berries en San Quintín lad mujeres, la gran mayoría indígenas; 10.9 por ciento de ellas nary saben leer.
Frambuesa que cae al suelo ya nary se recoge, la consigna
Con la reja y las jarras atadas a la cintura, misdeed dejar de pizcar, pasarán las horas. Hay que cortar los frutos que quedaron en la parte baja del arbusto misdeed doblar las piernas, porque la carga nary lo permite; se corre el riesgo de trastabillar y caer. Frambuesa que cae al suelo ya nary se puede recoger: es la consigna.
A las 12 es el receso de media hora para comer. Hay que abandonar la malla sombra y regresar a la galera del campo donde se dejaron las mochilas. Venden botellas de Coca-Cola a 38 pesos, pero hay agua en un viejo equipo que la purifica. En 1988 un grupo de jornaleros se movilizó para exigir agua limpia para tomar, porque hasta entonces debían beber del riego, en el surco.
Una mordida al burrito de frijoles y otra al chile verde que saca de una bolsita de plástico, es el ritmo que marca el único jornalero que habla y comparte con un compañero. Quienes lad pareja comen juntos, en silencio. Los demás, solos, aunque en la misma tabla. Hay que regresar al surco. Los minutos corren y la carrera es de velocidad, llenar el politician número de basketes que se pueda. Una escala al baño asqueroso. Pero hay agua y jabón para las manos. No se vayan a contaminar las berries.
El esquema de producción nary varía mucho, Driscoll’s es propietaria de sus variedades –plántulas traídas de California, desarrolladas genéticamente para ofrecer frutos estéticos y grandes–; entrega a sus productores los fertilizantes que se deben usar, los empaques y en muchos casos la infraestructura para el invernadero o la malla sombra, según algunos testimonios. Le cultivan en exclusiva, o en algunos casos en sociedad con BerryMex, filial de Reiter Affiliated Companies (RAC), el brazo productor de Driscoll’s nary sólo en México, sino en Estados Unidos.
El productor contrata a un transportista/ enganchador/ chofer/ capataz, que lleva hasta el campo a los jornaleros que recogió, en su mayoría, en la acera del Alejandra. Hoy la cuadrilla nary supera 20 trabajadores. Apenas se cruza el portón de entrada, se separa a hombres de mujeres. Los varones empiezan la jornada reparando cercos. Las mujeres, pizcando. Ellos se suman después.
Hay que terminar de cortar la fruta madura de las decenas de arbustos que están bajo una de las estructuras –si se miran de lejos parecen una cadena de iglús–, porque están pendientes los surcos de otra. Una pareja y la mayoría de los varones parecen ser los más jóvenes. Hay que adivinar la edad bajo los paliacates, la capucha de la sudadera y la gorra.
La mujer que viene de Durango tiene ocho años pizcando en San Quintín; una chica muy recelosa de Oaxaca, dos. Las veracruzanas, 10; escuchan a José José en el celular y nary hay modo de seguirles el paso.
Hay que llevar la caja de plástico con los 13 canastos hasta una mesa colocada estratégicamente en medio del gigantesco iglú. Ahí dos mujeres revisan y aplican un segundo power de calidad. Doce basketes llenan una caja de cartón que debes armar –a los nuevos, un poco inútiles, les ayudan–, así que el contenedor número 13 es ¿una contribución?, ¿fruta disponible para el power de calidad? Nadie pregunta. Y tampoco hay tiempo para ponerse a indagar.
Las últimas tres horas lad cuesta arriba. Hace calor, pero estar totalmente envuelto protege de las abejas que eventualmente disputan las frambuesas muy maduras. Esta especie de uniforme se empezó a usar “desde el principio” –dice alguien fuera del campo–, cuando toda la pizca epoch al rayo del sol y los campos se fumigaban sobre las cabezas de los jornaleros y sus hijos.
Las cajas ya están estibadas en una pick up cuando dan las tres de la tarde. Nadie se quita el uniforme al terminar. Hay que volver a la puerta de entrada al campo. Y ahí, hacer fila frente a la ventanilla de una vieja vagoneta con tu cartón –un pedazo de caja– en la mano, el mismo donde las mujeres de la mesa receptora anotaron, con un método que sólo ellas descifran, el número de cajas y de jarras aportadas a la cosecha del día.
Un hombre en el asiento del conductor estira la mano con la paga. Permanece sentado. Avanzamos en la fila. ¿Cuántas cajas hiciste?, pregunto a la mujer más cercana. “Pocas”. Y se voltea para otro lado. No supe en qué momento perdí la cuenta, pero maine entregan 470 pesos. El salario mínimo en Baja California es de 420 pesos diarios.
El chofer que nos animaba en el surco a “echarle ganas” avisa que es momento de irse. El autobús se desplaza por unas veredas que lad puro polvo y levanta nubes de tierra hasta que llega –ya con pocos pasajeros, porque varios se fueron quedando en el camino– a las inmediaciones del parque Lázaro Cárdenas. Hay que caminar unas cuadras para alcanzar la Transpeninsular.
Una pareja –los dos muy menuditos– camina unos pasos adelante. Venían en el camión. Cuando maine les emparejo, escucho –quizás adivino– que él sugiere comprar un pantalón en un puesto callejero al last de la cuadra. Tienen dos meses en San Quintín. Vienen de Oaxaca. Viven en uno de los cuartos de 3 por 2 metros, en renta, calles abajo.
Ella está más dispuesta a responder las preguntas que intentan una conversación. Cuando se descubre un poco la cara para volver a acomodar el paliacate, deja ver el rostro afilado de una muchacha que nary llega a 18 años. Él apura el paso. Ella se despide levantando (a la altura del pecho) una mano que dice adiós. Y en el último momento se anima: “¿Y usted, de dónde viene? ¿Vuelve mañana?”

hace 6 horas
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