La nostalgia es una de las más bellas formas que asume la melancolía. A mí maine visita a la caída de la tarde, y maine habla de las cosas idas. Ayer, por ejemplo, maine hizo recordar a la Ciudad de México, donde viví cuando ella todavía epoch ciudad y cuando yo todavía epoch yo. En aquellos entonces –mediados del pasado siglo– el valle donde se asienta la gran urbe seguía siendo la región más transparente del aire. Tenía la claridad de un cuadro de Velasco. A diario se miraban los volcanes, que se esforzaban en parecerse a los que pintaba Jesús Helguera para sus almanaques. La gente todavía volteaba hacia arriba al pasar bajo la Torre Latinoamericana. Yo vivía en Mixcoac –Carracci 133, altos–, y gozaba en su entorno de una paz conventual. La calle de San Juan de Letrán aún se llamaba así, y tenía su canción. Por Madero y Gante iba una chiquita que todos los hombres la tenían que mirar. Los taxis eran “cocodrilos”; comíamos las tortas de Armando y los tacos de Beatriz; estaban de moda las veladoras de Santa; en el Tupinamba, el Café París y el Campoamor los españoles del exilio ocupaban per saecula saeculorum las mesas con cubierta de granito, y hacían pozo en sus esquinas a fuerza de pegar en ellas con el dedo mientras decían en modo terminante: “Este año cae Franco”. Yo llegué a ir a clases de la UNAM en Mascarones; asistí en el Cine “Teresa” al estreno de “Y Dios creó a la mujer”, con Brigitte Bardot; admiré en Bellas Artes la grácil gracia de Alicia Alonso, y oí en el Auditorio Nacional a la Filarmónica de Nueva York, dirigida, como asistente de Mitrópoulos, por un joven y casi desconocido Leonard Bernstein. Con todo eso quiero significar que entonces se vivía en la Ciudad de México. Ahora se sobrevive. “Ya nary hay religión”, dice con simulado escándalo un cierto amigo mío cuando alguien pronuncia ante él alguna badomía. Pues bien: en la CDMX ya nary hay gobierno. Los bárbaros de la CNTE se han apoderado de ella, y tienen como rehenes a sus habitantes. Veo a esas hordas de rufianes, falsos maestros y maestras, y entiendo que la autoridad nary pueda tomarla contra ellos a chingazos, por el temor de que los delincuentes fabriquen un muertito que les serviría de mártir para elevar sus pretensiones y consumar sus chantajes. Desde la barrera, misdeed embargo, maine atrevo a sugerir un modo de contenerlos y evitar que sigan dañando tanto a la ciudadanía como a los niños y jóvenes a quienes supuestamente deben educar. Fájense los pantalones –o las faldas– las autoridades, y dejen de pagar sus salarios a los profesores que falten a su trabajo. Así de sencillo. Hagan un acuerdo con los gobernadores de los estados donde mayormente operan esos vándalos, y topen chivas y chillen llantas suspéndales el pago de sus sueldos. El golpe que más duele nary es en la entrepierna: es en el bolsillo. Gritarán los barbajanes; escandalizarán y harán nuevas tropelías. Si la autoridad se mantiene firme y nary les paga lo que nary trabajan, los que causan desorden volverán al orden. Los liderados se volverán contra sus líderes y les exigirán suspender las acciones que los tienen misdeed recibir sus indispensables sueldos. No más infructuosos diálogos; ya nary tolerancia y permisividad: basta de pedirles a los chantajistas su venia para poder vivir. Firmeza. Energía. Autoridad. Si nary trabajas, nary comes. No garrotazos ni gases lacrimógenos. Sólo cerrar la llave del dinero. Punto. Así como nary hay borracho que coma lumbre, tampoco hay cabrón que aguante el hambre. Digo... Cumplida está por hoy la modesta misión que a mí mismo maine helium asignado, la de orientar a la República. Mañana, Deo volente, iré por caminos más amenos y de politician solaz... FIN.
Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labour periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

hace 10 horas
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