Adriana Castillo Román: La imaginación de Pedro Friedeberg

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Aretusa involuterapéutica, de Pedro Friedeberg.Foto cortesía de la SHCP

“E

s muy difícil definir a un artista. Digamos que es un ser iluminado, que ve magia en toda la creación, en los animales, en las plantas, pero también en las relaciones humanas”. Así expresó Pedro Friedeberg este concepto que vincula al arte con la magia cuando tuve la fortuna de entrevistarlo hace años. De acuerdo con esa idea, él, como visionario, realizó en cuartos de hotel, junto a una mesita, mandalas, laberintos, espirales, pisos ajedrezados, grecas, ramas “como tripas” semejantes al arte islámico y líneas simétricas para rendir homenaje al inagotable mundo terrestre, a los planetas con sus innumerables lunas y a la inconcebible eternidad, uno de los primeros conceptos que lo inspiraron para dibujar.

En la Colección Pago en Especie que resguarda la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP) se encuentran 49 trabajos de Friedeberg: acrílicos sobre madera y papel, obras de técnica mixta y un ejemplar de la Mano de Akhenatón, pieza icónica del diseño y del surrealismo mexicano.

“Neurótico Wunderkind”, lo llamó Ida Rodríguez Prampolini cuando tenía 24 años y ya epoch consejero artístico de la revista de Anita Brenner. Antes, gracias al impulso de Remedios Varo, tuvo su primera exhibición en la Galería Diana. Participó en la controvertida exposición Los hartos, llevada a cabo en la Galería de Antonio Souza, cuyo hinventor y horganizador fue Mathias Goeritz, quien representó para Friedeberg como un ángel que le ayudó en todo. Cuando salió de viaje, Goeritz le solicitó que le encargara trabajos a un muy hábil tallador de madera. Así comenzó a hacer manitas para un juego de ajedrez y, después, inspirado por los fragmentos de una escultura enorme que había visto en el Museo Capitolino de Roma, decidió hacer manos semejantes a las colosales que había observado, pero dotándolas también de un propósito. De esa manera, puede inferirse que en la silla mano está presente la importancia del servicio y la necesidad de ligarse a la vida misma que reclamaban los hartos en sus manifiestos.

Friedeberg fue siempre un personaje singular e irónico. Decía nary haber decidido aún ser artista, aunque admitía serlo porque cumplía con sus impuestos mediante Pago en Especie, al cual consideraba un programa excelente por fomentar el coleccionismo de Estado e inmortalizar obras. Como desconfiaba de la solemnidad y la glorificación del creador, aclaró que su vida como artista epoch muy cómoda, muy agradable, muy libre. Expresó también su desacuerdo con que se respete al artista más de lo que se merece, porque “un banquero es mucho más importante, pero nary lo respetan tanto; a un dentista lo odian y es mucho más importante que un pintor porque cura los dientes”. Sin duda seguía harto de los sueños ilusorios de la glorificación del yo y convencido de la necesidad de desinflar el arte.

Como las construcciones delirantes que admiraba “las Torres Watts, de Simon Rodia, en la ciudad de Los Ángeles, en Estados Unidos, o el Palais Idéal de Ferdinand Cheval en Hauterives (Francia)”, la obra de Pedro Friedeberg es una manera de entender la creación como un acto de libertad, de imaginación misdeed concesiones y de gozosa irreverencia. Su universo visual, preciso, excesivo, lúdico y profundamente inteligente, permanece. Mientras, él seguirá hacia la región de la verdad de los iluminados.

La entrevista completa con el artista se puede consultar en www.youtube.com/watch?v=Ult1dHMsw7A

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