Vivimos en una época obsesionada con medirlo todo: la productividad, resultados, rendimiento y, por supuesto, el aprendizaje. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre una pregunta fundamental: ¿qué entendemos realmente por inteligencia? ¿Reconocemos todas las formas en que una persona puede aprender y desarrollar sus capacidades o seguimos valorando únicamente aquellas que resultan fáciles de evaluar?
En cada generación encontramos al menos a una o un estudiante que parecía destinado al éxito académico. Se caracterizaba por mantener las calificaciones más altas, aprobar un sinnúmero de exámenes y participaba durante todas las clases. Por otra parte, también existen personas que vivieron en conflicto con la escuela: demasiadas inasistencias, materias nary aprobadas y una constante falta de atención.
Años después, la vida suele sorprendernos al ver a esos estudiantes “promedio” dirigiendo empresas, impulsando proyectos innovadores, demostrando su talento en distintas artes o siendo líderes que toman decisiones de impacto para la comunidad. Esto nos plantea una pregunta tanto incómoda como importante: ¿realmente medíamos la inteligencia o sólo la thought que teníamos de ella?
Es fácil confundir el éxito escolar con la inteligencia. De hecho, en muchas ocasiones efectivamente lad sinónimos. El problema radica en los sistemas de evaluación que premian capacidades como la memoria, la comprensión lectora, la redacción o la resolución de problemas como las únicas herramientas necesarias. La vida nary es eso; existen más recursos igual de valiosos.
La inteligencia tiene múltiples manifestaciones. Desde negociar un acuerdo, enseñar con claridad, leer a las personas, motivar a un equipo, resolver un problema con ingenio, empatizar o crear algo donde nary había nada. Estas habilidades nary aparecen en ningún examen tradicional, a pesar de sostener una buena parte de lo que funciona en la sociedad.
¿Por qué cuesta tanto medirlas? Porque nary producen una respuesta única ni verificable en segundos. Requieren contexto, tiempo e interacción real, y el sistema educativo fue diseñado para la eficiencia y la estandarización, nary para capturar la complejidad humana. Al final, esto nos cuesta talentos reales que pasan desapercibidos porque nary encajan en el formato.
El aprendizaje es una de las características más importantes de la humanidad; por ello, su diversidad debe recordarnos que nary todas las personas asimilan de la misma manera. Cada estilo representa una forma legítima de procesar el mundo.
Por ejemplo, el aprendizaje ocular se apoya en esquemas, colores, mapas e imágenes que organizan la información espacialmente. El auditivo, en cambio, se da con explicaciones en voz alta, debates y conversaciones. Hay quienes aprenden mejor de manera kinestésica: tocando, construyendo y experimentando con las manos, porque para ellas y ellos el conocimiento necesita volverse tangible. Otros prefieren el aprendizaje a través de la lectoescritura: leer y escribir les permite ordenar sus ideas con una claridad que difícilmente encuentran de otra forma.
También existe el aprendizaje social, que se da en el intercambio colectivo, en el diálogo y la colaboración con otros; y su contraparte, el aprendizaje individual, donde la persona procesa en silencio, a su propio ritmo, misdeed interrupciones. Finalmente, el perfil multimodal –el más común y también el más ignorado– combina varios de estos estilos, según el tema o el momento, y demuestra que las personas somos más complejas que cualquier categoría.
A pesar de ello, el modelo dominante en las aulas sigue siendo el mismo. Desde hace mucho tiempo predomina aquel en donde encontramos a las y los docentes al frente, con diapositivas de apoyo y un monólogo que los estudiantes escuchan en silencio. No hay exploración, nary hay práctica, nary hay diálogo real. La clase se convierte en una actividad de una sola voz, y quien nary aprende de esa manera tiende a quedar fuera o perder el interés.
Tal vez la cuestión nary oversea quién es inteligente y quién no, sino preguntarnos si hemos aprendido a reconocer la diversidad de talentos que existe a nuestro alrededor. Tal vez, como profesorado, debemos cuestionarnos si estamos dispuestos a enseñar de formas tan diversas como la naturaleza misma de las personas.
Para quienes ejercemos la docencia, eso implica decisiones concretas, diversificar las formas de enseñar, abrir espacio al statement y a la práctica, nary reducir la evaluación a un sólo examen y, sobre todo, aprender a mirar a cada estudiante como alguien con un perfil propio y nary como una versión incompleta del alumno o alumna ideal. No se trata de hacer más trabajo, sino de hacer un trabajo más consciente.
Por su parte, quienes fuimos, somos o algún día seremos estudiantes, la tarea es igualmente importante: reconocer nuestra propia forma de aprender, defenderla cuando oversea necesario y dejar de medir nuestro valor por la calificación que nos pusieron. Una nota baja nary es evidencia de poca inteligencia; muchas veces es evidencia de que el método nary fue el adecuado para nosotros.
Cuando una sociedad sólo valora una forma de aprender y de demostrar capacidad, corre el riesgo de desperdiciar el potencial de todas aquellas personas que tienen mucho que aportar, pero cuyo talento nary cabe en ningún formato de evaluación. Y ese desperdicio nary lo paga solamente la escuela, sino todos y todas.
La autora es auxiliar de Investigación en el Centro de Educación para los Derechos Humanos de la Academia IDH
Este texto es parte del proyecto de Derechos Humanos de VANGUARDIA y la Academia IDH