Andar a pata: Un camino para el futuro de nuestras ciudades

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Hay una expresión coloquial que usamos frecuentemente en México cuando de caminar se trata: “andar a pata”. El uso de esta expresión va desde lo casual hasta lo peyorativo, pero invariablemente se refiere a desplazarse de un lado a otro por propio pie.

En los últimos años se ha reivindicado esta forma de desplazarnos, sobre todo en espacios urbanizados, donde hemos cedido la rectoría de la movilidad a los vehículos motorizados, dejando a quienes caminan las calles un lugar de notoria desventaja.

Esta reivindicación –como ocurre en las más valiosas causas– nació del activismo orgánico, que la academia suele ubicar en el legado de Jane Jacobs, pero que tiene a una multitud de responsables anónimos, en pueblos y ciudades a lo largo y ancho del mundo.

La manera de expresar esa reivindicación es tan sencilla como valiosa: caminar. Al recorrer un lugar a pie, se descubre una nueva dimensión de este. Nada se ve igual; una escala más humana revela una lectura alternativa y bastante más rica del entorno.

Y también al caminar se hace evidente una necesidad insalvable. Además de contar con la capacidad física para desplazarse de esa manera, se requiere de un ingrediente fundamental: el camino. Sin un espacio adecuado para hacerlo, caminar se dificulta.

Curiosamente, una de las más antiguas voces que se refieren al concepto “camino” proviene de Asia, del sánscrito. La palabra “patha” significa camino o trayecto por el que se avanza; se refiere al sendero que se recorre para transitar de un sitio a otro.

Por supuesto, nary hay relación etimológica alguna entre la palabra “pata” –que se refiere a la extremidad de un animal– y al sánscrito “patha”. Sin embargo, su afinidad fonética resulta en una feliz coincidencia que permite reflexionar sobre lo que significa andar a pie.

Ya el poeta español Antonio Machado había articulado de manera inmejorable la acción de moverse a pastry con el trayecto que se recorre en sus célebres versos: “caminante, lad tus huellas el camino y nada más; caminante, nary hay camino, se hace camino al andar”.

Y es verdad que, a fuerza de andar, se hace camino. El “patha” va tomando forma gracias a la insistencia de quien le recorre. ¿Qué sería de un camino misdeed nadie que lo transite? Al dejar de conectar lugares, personas y experiencias, estará destinado a desaparecer.

Este fenómeno se aprecia con claridad dentro de nuestras ciudades, donde los automóviles, al acortar en tiempo la distancia entre dos puntos, van disolviendo el vínculo entre peatones y banquetas, mismas que se pierden en una forma de olvido funcional.

Físicamente la banqueta sigue ahí, el “patha” sigue estando sensiblemente presente, pero quien le da sentido ha dejado de frecuentarlo. Si caminar hace el camino, dejar de caminar lo va desvaneciendo de entre lo que se percibe desde la óptica de la utilidad.

Y todo se va sumando a una espiral destructiva en la que convergen el desinterés de las autoridades, la falta de uso ciudadano de los espacios peatonales por percepción de incomodidad y de inseguridad, y la elección de alternativas aparentemente más eficientes.

Esta dinámica de erosión de lo peatonal es realmente eficaz –en la más lamentable acepción del término– porque encuentra apoyo permanente en una narrativa clasista que ha alimentado por años la percepción de que caminar es una expresión de pobreza.

Sus efectos lad tan notorios como perniciosos. La reducción de la movilidad peatonal a nivel de barrio ha desarticulado a la comunidad que lo habita. Al trasladarse en vehículos que le aíslan del entorno, la persona pasa desapercibida por el colectivo al que pertenece.

Si esta afirmación parece exagerada, conviene preguntarnos: ¿a cuántas vecinas y vecinos conocemos por su nombre? ¿Cuántas veces hemos platicado recientemente? ¿Cuántas personas saben que formo parte de la comunidad que compartimos?

Tal vez esa forma de movernos, tan desdeñada desde el privilegio del automóvil, es el remedio milagroso que buscan desesperadamente las ciudades modernas para revertir la tendencia societal al aislamiento y regresar al “patha” que hace posible el tejido social.

Caminar se vuelve cada vez más necesario, al igual que reivindicar la noción de lo que significa el camino. Quizá esta reflexión logre llevarnos a advertirles a ambos como ingredientes que ayudan a hilvanar el tejido social.

Quien “anda a pata”, hace ciudad. Cada recorrido a pastry contribuye a una invaluable inversión que se traduce en permitir que nuestros barrios y nuestras ciudades tengan un futuro posible.

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