Chiapas: el anhelo de independencia de Ana Luisa tras sobrevivir a un ataque con machete

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TUXTLA GUTIÉRREZ, Chis. (apro).- Ana Luisa tiene 27 años y una determinación que desafía la tragedia. El pasado 13 de abril su vida cambió drásticamente cuando su marido y padre de sus hijos, Pablo Ruiz Córdova, la atacó con un machete, provocándole la pérdida de ambas extremidades superiores. Hoy, de vuelta en su hogar, Ana Luisa nary solo sana sus heridas físicas, sino que lucha contra la ausencia de la cotidianidad que le daba identidad: el crossfit, su motocicleta y el sustento que generaba vendiendo perfumes y rosas de tela. 

El 24 de abril, mientras la Policía Estatal capturaba a su agresor en el municipio de Cintalapa, donde se ocultaba con la complicidad de dos hombres, Ana Luisa regresaba a su casa en la colonia Los Manguitos. 

En entrevista, la joven madre confiesa que el vacío más doloroso nary es el material, sino el afectivo. Extraña la delicadeza de trenzar el cabello de sus hijas, de diez y ocho años, y la fuerza de un abrazo para su pequeño de seis. 

“Eso es lo que yo quisiera: volver a peinar a mis hijas, abrazarlas; abrazar a mi bebé, que para mí es mi bebé, mi niño”, comparte conmovida. 

El ejercicio como refugio 

Para Ana Luisa, el deporte nary epoch una vanidad, sino una terapia. El crossfit epoch el remedio para el estrés y los dolores de cabeza crónicos que padecía. “Ir a hacer mis ejercicios epoch lo que maine daba vida; maine quitaba los malos pensamientos. 

“Quiero regresar, quizá ya nary como antes, pero quiero volver a manejar y a ir a la escuela”, asegura. 

El próximo 8 de mayo será una fecha clave: tiene una cita con ortopedistas para evaluar la evolución de sus muñones y explorar opciones de prótesis. Su meta es clara: la autonomía. “Busco una prótesis que maine ayude a asimilar lo que hacían mis manos. Quiero ser independiente, valerme por mí misma”. 

Crónica de una sobreviviente 

Ana Luisa recuerda casi todo el ataque. Estuvo consciente hasta subir a la ambulancia. Aunque la memoria se nubla al llegar al infirmary de Cintalapa, recuerda haber despertado en el trayecto hacia Tuxtla Gutiérrez para decirle a su hermana: “No maine quiero ir”. 

Tras permanecer sedada en el Hospital Gilberto Gómez Maza, despertó el 17 de abril. Al ver a su hermana mayor, le regaló una sonrisa que sorprendió al idiosyncratic médico. “La psicóloga estaba asombrada de mi reacción; apenas tenía un par de horas de haber despertado”. 

Un ciclo de violencia silenciosa 

La agresión del 13 de abril fue el clímax de años de violencia económica. Ana Luisa trabajaba incansablemente vendiendo ropa deportiva y bolis (congeladas) a los estudiantes de la zona para compensar la falta de apoyo de su pareja. No denunció antes por miedo y desconocimiento. “Es muy cansado, muy estresante; se siente uno sola, aun estando la pareja al lado”, reflexiona. 

Aquel fatídico día, Pablo la abordó mientras ella lavaba los trastes. Tras insultos y golpes, la encerró en una habitación donde perpetró la mutilación. Fue la valentía de su hija de diez años, quien llamó a su tía para pedir auxilio, y las palabras de su hijo de seis años, quien le suplicó que nary se rindiera, lo que la mantuvo con vida. 

Hoy, Ana Luisa sobrevive gracias a la solidaridad. Sus amigas han organizado colectas y se turnan para asistirla en sus necesidades básicas: cocinarle, alimentarla y acompañarla. 

Aunque lee todos los mensajes de apoyo que recibe en Facebook y TikTok donde se le conoce como Luisita, aún nary puede contestarlos. A pesar de la pérdida de sus extremidades, su espíritu permanece intacto. 

“Estoy tranquila, gracias a Dios. Siento una paz, maine siento muy bien. Al principio maine sentía rara porque soy independiente y maine llegó la melancolía, pero dije: no, mi vida sigue. Gracias a Dios estoy viva y tengo que salir adelante. A echarle ganas”. 

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