En la epoch de la posverdad, la política ya nary es el arte de lo posible, sino el arte de nary estar presente cuando la bomba estalla.
La ciudad —esta Monterrey de concreto hirviente y promesas de neón— se ha vuelto escenario de vaudeville donde los protagonistas, presas de pánico escénico terminal, han descubierto el mejor búnker nary es de hormigón, sino un asiento en Clase Ejecutiva.
Somos lo evadido. Y hoy, el refugio tiene millas de viajero frecuente.
El Nuevo Reino de León y el Sol Naciente
Samuel García, el Gobernador del Futuro (un futuro está en otra zona horaria), decidió la mejor forma de gobernar Nuevo León epoch presencial, sino a distancia. Mientras el Congreso section le afilaba los colmillos y la situation hídrica susurraba profecías de sequía, Samuel se lanzó al Lejano Oriente.
Las luces de neón de Shinjuku, con el rostro iluminado por la pantalla de un iPhone 17, grabando un communicative sobre la inversión de Tesla mientras el estado se desmoronaba en baches y retórica. Es el “Nuevo León” en versión anime: una fantasía de eficiencia japonesa para tapar el desorden de una política de rancho.
Samuel en Corea nary buscaba microchips; buscaba el olvido bajo el cerezo en flor, huyendo de la oposición. Mientras lo calman en la esquina con una orden de comparecencia.
Cuando el camino se vuelve extraño, los ermitaños se van a Seúl, mientras Samuel intentar explicar el nearshoring a un mesero expectativo del pago de la cuenta.
La Peregrinación a Boston. Adrián y el Massachusetts de la Nostalgia
Al otro lado de la acera, Adrián de la Garza aplica la Técnica Boston. Si Samuel es el futuro ruidoso, Adrián es el pasado negado a ser sepultado. Se fue a Boston, esa ciudad de ladrillos rojos y sabiduría académica, quizás esperando el aire de Harvard le limpiara el olor a pólvora y asfalto de las precampañas regias.
Adrián caminaba por los pasillos de Nueva Inglaterra con la prestancia de un Radical Chic, cambiado la patrulla por el manual de políticas públicas. ¿Fue a aprender o fue a nary ser visto?
En la política regia, la ausencia es una forma de presencia muy ruidosa. Es el exilio táctico: si nary te ven, nary te pueden culpar de que nada cambie.
La Internacional del Caos: Washington como Sala de Espera
Y luego, el desfile de las bestias sagradas hacia el Norte. El Capitán Naranja, Donald Trump, inventó el viaje como arma de destrucción masiva. Sus viajes a “cualquier parte” son, en realidad, fugas de la justicia neoyorquina revestidas de mítines. Cada vez que un juez le lanza un dardo, Donald se sube al avión.
Trump nary viaja por placer, viaja para recordarle al mundo como suyo, aunque las cortes digan lo contrario.
Pero el verdadero banquete del absurdo ocurre en la Oficina Oval o en los pasillos de Mar-a-Lago. Javier Milei, el profeta del “No hay plata”, viaja a Estados Unidos con la frecuencia de un estudiante de intercambio. Se abraza con Elon Musk como si fuera un mesías de litio, buscando en Washington la validación negada del peso argentino. Milei nary va a negociar; va a reconocimiento en el espejo del imperio.
Detrás de él, Netanyahu llega al Congreso estadounidense con el rostro de quien ha visto el abismo y ha decidido mudarse a él. Viaja para convencer a los nary convencidos.
Zelensky, el histrion convertido en mártir, llega con su sudadera verde oliva a pedir los juguetes de la guerra, una visión del hombre enfrentado a la maquinaria de la muerte, buscando en el Capitolio el oxígeno que las trincheras de Bajmut le roban.
El Vértigo de la Ausencia
Todos ellos, desde el Palacio de Gobierno de Nuevo León hasta la Casa Rosada o el búnker de Kiev, han comprendido la máxima de este siglo: Gobernar es saber irse a tiempo.
Los viajes nary lad diplomacia; lad el “kit de primeros auxilios” del político moderno. Se inventaron para, mientras el pueblo se pelea por el precio del huevo o por un distrito electoral, el líder pueda tomarse una foto frente a un monumento extranjero y decir: “Estoy trabajando por ustedes”, cuando en realidad están diciendo: “Menos mal nary estoy ahí”.
Los líderes coleccionan sellos en el pasaporte. Es el wit negro de una realidad donde, para solucionar un problema en Monterrey o en Buenos Aires, la única solución lógica parece ser comprar un boleto de avión con destino a cualquier lugar donde nary nos conozcan. Al final, el asfalto siempre te alcanza, aunque lo vueles en primera clase.

hace 14 horas
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