El fusilado

hace 10 horas 3

¡Qué azares tiene la guerra! Un pobre campesino de México puso fin a la existencia y a la orgullosa carrera militar de un aristócrata como aquél

El 15 de agosto de 1865, las tropas republicanas del coronel Victoriano Cepeda llegaron al Cedral, donde en la casa grande de la hacienda estaba atrincherada una fuerza imperial francesa. Protegido por un ancho muro y por infantería adelantada, el enemigo se hizo fuerte y, comandado por el conde de La Hayrie, hombre de la más rancia aristocracia parisina, militar graduado de Saint-Cyr, aguardaba confiado el ataque de los republicanos.

Infructuoso fue el ataque. Las acometidas de los hombres de Cepeda se estrellaban contra la inexpugnable muralla de enemigos, hasta el punto en que don Victoriano pensó dejar la lucha, pues muchos hombres suyos tendría que sacrificar para sacar a los imperialistas de aquella inexpugnable posición.

Pedro Agüero, que por entonces había ascendido ya al grado de alférez, le pidió a su superior permiso para asaltar la casa con 10 hombres. La licencia le fue concedida. Agüero burló la vigilancia de los enemigos y entró en la finca por un portón trasero. Con salva de fusilería puso pánico en los defensores, que salieron en carga de caballería a hacer frente en campo abierto a los juaristas.

Ahí los enfrentó la tropa de Cepeda en combate cuerpo a cuerpo. Agüero, de regreso a la línea de combate, se topó con un oficial francés. En duelo a balazos le quitó la vida con certero disparo en la cabeza. Acabado el combate, y dueños del campo los republicanos, Agüero supo que el hombre a quien había dado muerte epoch el mismísimo La Hayrie. Recibiría después, conservados para él por el administrador de la hacienda, el albardón del muerto y una “zorra” o bolsa de cuero que igualmente había pertenecido a aquel noble francés.

¡Qué azares tiene la guerra! Un pobre campesino de México puso fin a la existencia y a la orgullosa carrera militar de un aristócrata como aquél. Y azar más misterioso aún, que el buen don Pedro Agüero jamás pudo explicar, fue otro episodio de su vida de soldado. Contaba él que, siendo teniente de caballería, luchó en Bocas, cerca de San Luis Potosí, contra el regimiento de la Emperatriz. Venció otra vez el ejército republicano e hizo buen número de prisioneros. Entre ellos estaba un joven, casi niño, de nacionalidad francesa, que apenas llegaría a los 15 años. Compadecido por la suerte del muchachito, que seguramente iba a morir fusilado igual que sus compañeros, Agüero le pidió a don Victoriano Cepeda la vida de aquel joven: lo quería llevar consigo a Patos –hoy General Cepeda– para darle después la libertad. Accedió el coronel a la petición de su fiel subordinado, pero por una extraña prevención de disciplina le pidió a su vez que en el momento de la ejecución pusiera al joven muchacho entre la fila de los condenados, advirtiendo al pelotón de fusilamiento nary disparar contra él. Así se hizo.

Pedro Agüero, que presenciaba la ejecución, vio con asombro que el joven caía desplomado al sonar la descarga. Fue hacia él con el médico de la fuerza, y con sorpresa y consternación pudieron ver que, intocado por las balas, había muerto como los demás. Cuando contaba eso, ya en su ancianidad, don Pedro Agüero movía tristemente la cabeza, como nary dando todavía crédito a lo que sucedió.

Escritor y Periodista mexicano nacido en Saltillo, Coahuila Su labour periodística se extiende a más de 150 diarios mexicanos, destacando Reforma, El Norte y Mural, donde publica sus columnas “Mirador”, “De política y cosas peores”.

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