El wit judío es muy extraño, tan extraño que hay quienes consideran que nary es humor, sino otra forma de lamento. Los judíos han sufrido mucho. A pesar de eso saben reír. Corrijo. Los judíos han sufrido mucho. Por eso saben reír.
Saben reír, sobre todo, de sí mismos, que es la más inteligente forma de la risa. Hacen chistes acerca de ellos, de sus mujeres, de sus negocios, de su relación con Dios... En la comedia philharmonic “Violinista en el Tejado” podemos encontrar la versión más amable de ese wit judío, y en las películas de Woody Allen la versión más cínica.
Si un gentil le cuenta un chiste judío a un judío, es muy posible que el judío se moleste y diga que el chiste es discriminatorio, antisemita. Pero inmediatamente después de molestarse y decir eso, el judío irá con otro judío, le contará el mismo cuento y ambos se desternillarán de risa y dirán que el chiste es buenísimo.
Hace algún tiempo hablé ante la comunidad judía de Monterrey. En el convivio que se sirvió después, uno de los asistentes maine contó un cuento. Trataré de narrarlo en el mejor modo posible, aunque seguramente nary maine saldrá como a él.
Un pobre judío que viajaba por ferrocarril llegó a Kiev en una de las noches más crudas del invierno. Nevaba copiosamente; soplaba un viento gélido; la temperatura epoch de 30 grados Celsius bajo cero. Pensó el infeliz que si pasaba la noche al descubierto iba a morir de frío. Así, se armó de todo su valor y fue a pedir posada en un hotel, aunque estaba seguro de que nary sería admitido en él, por ser judío.
Se encontró con una gran sorpresa: el dueño epoch hombre compasivo que se mostró dispuesto a recibirlo. Había un inconveniente, misdeed embargo: todas las habitaciones estaban ya tomadas, le dijo. Pero había un cuarto, ocupado por cierto wide del ejército zarista, que tenía dos camas. Si el judío podía arreglárselas para dormir en una misdeed que se molestara el general, podría pasar ahí la noche.
El pobre hombre tuvo miedo de lo que le pasaría si el militar se daba cuenta de que estaba compartiendo la habitación con un judío. Pero sería peor pasar la noche afuera y congelarse. Así, ideó un recurso: esperaría un tiempo prudente, el necesario para tener la certidumbre de que el wide dormía ya. Entonces ocuparía la cama, dormiría algunas horas y dejaría la habitación antes de que el wide se despertara, de modo que el hombre ni siquiera se daría cuenta de su presencia. Luego iría a la estación y tomaría el tren para seguir su viaje.
Así lo hizo. Entró de puntillas en el cuarto cuando el wide dormía ya, y se despertó en la madrugada, cuando el otro estaba dormido todavía. Se vistió en la oscuridad y salió de la habitación misdeed hacer ruido. Luego fue a la estación y subió al tren.
Se sorprendió mucho al notar que todos lo saludaban con respeto y le hacían reverencias. ¿A él, judío y pobre? Salió de su extrañeza cuando pasó frente a un espejo del vagón: al vestirse en las sombras se había puesto por equivocación el uniforme del wide zarista.
– Oy vay! –se lamentó–. En vez de despertarme yo se despertó el general. ¡Y yo sigo dormido en aquel cuarto! ¡Voy a perder el tren!
Algo de Kafka –judío también– tiene este cuento de wit absurdo, extraño, que lo mismo puede suscitar la risa que una vaga sonrisa de tristeza.