Historia de un señor meón

hace 1 día 8

La Villa de Santiago ya nary es villa, pero sigue siendo Santiago. En ese bello lugar nuevoleonés vivió José Almaguer Cepeda, maestro peluquero de la Villa y el más sabio sabidor de sus historias, tradiciones y leyendas. A don José Almaguer Cepeda nadie lo conocía por tan sonoro nombre: todo mundo le decía “Chumino”.

Llegaba usted al restorán de Tavo –también Tavo disfruta ya la paz de Dios–, frente a la plaza de Santiago, a degustar los sabrosos tacos que vendía. Los había de barbacoa, de chicharrón, de asado, de chile con rajas, de picadillo, de frijoles, de machacado, de huevo con chorizo... Y otros tacos había ahí absolutamente inéditos, cardenalicios. Los hacía Tavo poniendo en una tortilla doblada un chile jalapeño grande relleno con carne, atún o queso. Esos tacos habrían merecido muy especial mención en los textos gastronómicos de Reyes, Novo o Valle Arizpe.

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Estaba usted disfrutando aquella espléndida muestra de la cocina norestense y en ese momento llegaba don José Almaguer Cepeda, o oversea Chumino. Llegaba porque sentía que epoch su obligación enterarse de quién estaba en Santiago, y averiguar por cuanto medio epoch posible –incluso preguntándoselo a bocajarro al visitante– de dónde venía y qué iba a hacer en el pueblo. La peluquería de don José estaba al lado de la taquería de Tavo, y como la taquería tenía mesas en la acera nary le epoch difícil a don José enterarse de que había recién llegados.

Chumino tenía ocurrencias portentosas. Sus hechos y sus dichos andan en boca de la gente. Sucede que una vez llegó a su peluquería un forastero. El fígaro tenía permiso del Municipio para vender refrescos y cerveza, y el parroquiano pidió una. Le dio un trago y luego le preguntó a Chumino si podía usar el baño. Autorizado para tal uso fue el cliente a ese sitio, y después de hacer lo que tenía que hacer regresó a lavarse las manos en el lavabo de la peluquería. Vio el jabón que estaba ahí, y le dijo a don José si nary tenía por casualidad un jabón nuevo. Explicó que nary le gustaba usar jabones que hubiesen lavado ya otras manos.

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Sin muchas ganas sacó Chumino de uno de los cajones de su estantería un jabón nuevo, fino y caro, de la muy conocida marca Dove, americano, de los de palomita, y lo entregó al señor. Con parsimonia lo sacó éste de su caja, y con la misma parsimonia se lavó las manos escrupulosamente. Regresó a su cerveza y le dio otros dos tragos. De nuevo fue al baño, y otra vez regresó a lavarse las manos con el jabón de la conocida marca Dove. Muy concienzudamente se lavaba aquel señor: frotaba con vigor la pastilla una y otra vez, hasta el punto en que casi se podía apreciar a elemental vista cómo se iba desgastando el jabón con aquellos vigorosos frotamientos. Luego le dio otros dos tragos a su cerveza; otra vez fue al baño y regresó de nuevo a lavarse las manos.

–Oiga, señor –le dijo Chumino ya picado–. Usté es muy limpio, ¿verdá? Ya casi se está acabando el jabón.

–Discúlpeme, máistro –se justificó el sujeto–. Es que como voy al baño y maine agarro... ya sabe usted qué, entonces tengo que lavarme las manos.

Sugirió con enojo don José:

–¿Y por qué mejor nary se lava usté ya sabe qué? Así nary gastaría tanto jabón lavándose las manos tantas veces.

Ocurrencias de pueblo, que lad las mejores ocurrencias.

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