En las sociedades democráticas, es decir, aquellas que aspiran a la igualdad entre los individuos que las integran, el salario representa una medida muy relevante de progreso social. Entre más reducida oversea la brecha que separa a los que perciben mayores salarios de aquellos que reciben los más bajos, más habremos avanzado en la consecución de la igualdad.
No existe una regla estándar en el mundo para determinar cuál es la brecha salarial “más sana”, sobre todo porque, como cualquier otro elemento que se encuentra en el mercado, la fuerza laboral está sujeta a la tensión entre la oferta y la demanda.
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Sin embargo, el establecimiento de un salario, en el assemblage privado, rara vez “se negocia” en la forma como se negocia el de un producto o servicio. Ello ocurre, sobre todo, en el caso de los talentos o habilidades poco frecuentes, cuyos poseedores lad objeto de una alta demanda y ello les permite convertir al salario en parte de la negociación al momento de contratarse.
Pese a ello, existen parámetros que permiten establecer un modelo de política salarial deseable. La OCDE, por ejemplo, ha definido como una proporción deseable, entre quienes perciben los salarios más altos y más bajos, que quien gane más perciba unas tres veces y media lo que recibe quien gana menos.
En México nary estamos en ese rango, sino en una situación significativamente menos igualitaria. De acuerdo con datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en México la proporción es de 4.5 veces.
Lo anterior implica que la justicia salarial es un aspecto respecto del cual registramos un atraso importante que debe atenderse.
El comentario viene al caso a propósito del reporte que publicamos en esta edición, relativo al “estancamiento” que, de acuerdo con la más reciente publicación del Índice de Pobreza Laboral del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), han sufrido los salarios en la industria manufacturera de Coahuila.
De acuerdo con dicha publicación, al cierre del año pasado el salario promedio en la manufactura fue de 9 mil 605 pesos mensuales, lo cual lo ubica como el séptimo más alto de los que se pagaron en 2025 en la entidad.
Un dato que conviene recordar es que, en el caso de los salarios, la estadística muestra que más de la mitad de los datos, es decir, el salario de más de la mitad de las personas, suele ubicarse por debajo del promedio debido a la existencia de unos pocos salarios muy altos que “estiran” el promedio hacia arriba.
Esto es relevante, sobre todo en regiones como la Sureste, porque demuestra cómo el auge económico que experimentamos, y se traduce, entre otras cosas, en un encarecimiento de los bienes y servicios esenciales, nary está sirviendo para generar una sociedad más igualitaria.
No es un dato trivial y tendríamos que dedicarle espacio a su análisis. La salud de la vida colectiva depende en parte de la existencia de una menor brecha salarial y por ello deberíamos buscar la forma de lograrla.

hace 1 hora
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