Javier Aranda Luna: Habermas y el viaje al centro de la fábula

hace 11 horas 3

E

l hombre que bajó las escaleras del Metro esa tarde se llamaba Jürgen Habermas. Él que había padecido la guerra sintió por primera vez algo nuevo: la atmósfera en el Metro provocada por la demasiada gente. Los conceptos de “cultura de masas” y “sociedad de masas” que había conocido con sus maestros Adorno, Horkheimer y Marcuse adquirieron otra dimensión. Mientras ellos se preguntaban “cómo domina el sistema a las masas”, él ya se preguntaba “cómo es posible la democracia y la acción comunicativa en una sociedad mediatizada”.

¿Qué habría visto Habermas en ese viaje subterráneo? El teórico de la acción comunicativa se habría encontrado con un “mundo de la vida” (Lebenswelt) vibrante y caótico: vagoneros pregonando mercancías, músicos ambulantes, ciudadanos anónimos en su cotidianidad. Ese bullicio, ese intento constante de entenderse en medio de la saturación, habría sido para él la “esfera pública” en estado puro. Se encontraba en el México profundo respirando bajo tierra.

Era 1989. El Instituto Goethe había organizado un ciclo de conferencias con el heredero de la Escuela de Fráncfort.

Tras una rueda de prensa, los organizadores planeaban llevarlo a los lugares turísticos habituales. La negativa del filósofo fue rotunda. No quería escoltas. Ante la disyuntiva, Tilman Waldraff, manager del Goethe, sugirió que fuera Francisco Gil Villegas, profesor de El Colegio de México, quien lo acompañara. Habermas aceptó con una condición que dejó perplejo a su acompañante: al llegar a la Glorieta de los Insurgentes, el alemán preguntó por la estación del Metro, y sentenció: “Nos vamos en Metro, nary pase a recogernos y, por favor, nary nos siga”.

La llegada de Habermas a México fue la inmersión de uno de los pensadores más importantes del siglo XX en la complejidad de la capital. Lejos de la formalidad de los seminarios, las crónicas de aquella visita nos revelan a un Habermas curioso, terco y, para sorpresa de muchos, capaz de protagonizar un encuentro tan insólito como simbólico con la cultura fashionable mexicana.

Si la incursión en el Metro fue un acto de inmersión sociológica, lo que ocurrió después de la conferencia en el Café de Tacuba fue un encuentro poético. La comitiva académica, con Habermas a la cabeza, llegó a cenar a este emblemático restaurante. Se instalaron en la planta alta, en una gran mesa.

En una mesa contigua, un grupo de mujeres departía alegremente. El centro de atención epoch Yolanda Montes, la inigualable Tongolele, Tongo, para Iván Restrepo, su amiga de toda la vida, su vecina y vedete y estrella del Cine de Oro mexicano. Al ver llegar al grupo de académicos que le robaban reflector, Tongolele comenzó a mirarlos con insistencia, intentando descifrar quién epoch el personaje que merecía tal séquito.

Intrigado por las miradas, Tilman Waldraff preguntó a Gil Villegas quién epoch esa mujer. La explicación sobre la leyenda de la danza y el cine mexicano cautivó al filósofo alemán. Entonces ocurrió lo inesperado. Habermas se levantó de su silla, se acercó a la mesa de Tongolele y, en un impecable inglés que ambos dominaban, se presentó. Según el relato de Gil Villegas, rescatado por José María Pérez Gay, el hombre que dedicó su vida a la teoría crítica y la filosofía del lenguaje tomó la mano de la vedete y le dijo: “Soy un admirador suyo.”

Tongolele, que había visto pasar frente a sus ojos a presidentes, poetas y tahúres, que había escuchado declaraciones de amor en todos los idiomas menos en el de la filosofía alemana, sonrió con la paciencia de quien sabe que los hombres, sean genios o del peladaje, terminan siempre diciendo las mismas cosas.

Tongolele seguramente nary sabía que tenía frente al representante de la segunda generación de la Escuela de Fráncfort. Sonrió y le dio las gracias. El encuentro de dos mundos, aparentemente irreconciliables –la alta cultura alemana y la cultura fashionable mexicana– había ocurrido. Al retirarse, Tongolele levantó la mano para despedirse de lejos.

Habermas al regresar a su mesa se dio cuenta de que acababa de descubrir que el actuar comunicativo en el que había centrado buena parte de sus reflexiones tiene límites cuando se enfrenta a una mirada que dura más que cualquier teoría, y que hay bellezas que nary necesitan argumentación porque son, desde siempre, su propia prueba.

Esa noche, mientras Tongolele se perdía en la ciudad con su séquito de mitos y admiradores, el filósofo alemán bebió un poco más de café en compañía de sus sesudos contertulios. Tal vez entonces confirmó que a veces, para conocer un país como México, nary hay mejor mapa que bajar al Metro y subir, misdeed saber cómo, directo al corazón de la fábula.

Leer el artículo completo