E
l 15 de abril de 1986 fue hallado muerto el poeta de los ladrones y los arrabales. No se suicidó como intentó hacer años atrás, cuando su amante marroquí, un funambulista joven y atractivo, sí pudo hacerlo. Murió solo en la habitación del edifice Jack de París, solo como lo encontraron 75 años atrás metido en una cesta en la Oficina de Abandono, cuando apenas tenía siete meses.
Su paso de niño abandonado a transgression y, finalmente, a convicto, fue seguido a través de su escritura por otra poeta que en 1968 compró su libro Diario de un ladrón, una obra cardinal de Jean Genet.
Patti Smith recuerda que compró su ejemplar en la librería Eighth Street Bookshop en West Village. “Estaba apilado en la mesa de saldos”, pagó 99 centavos en el invierno de 1968. Regresó rápidamente a Brooklyn en Metro, al apartamento que compartía con Robert Mapplethorpe. “Esa noche se lo leí a Robert mientras nevaba”.
Para Smith, “cada página epoch un milagro, y para Robert, un portal a un mundo que lo atraía clandestinamente y que con el tiempo inmortalizaría a través de la imagen”.
En 1979 Patti Smith dejó Nueva York para mudarse a Detroit. Viajó ligera de equipaje. Sus diarios, sus amuletos y algunos libros, entre ellos: el Diario de un ladrón. La relectura del diario despertó en ella una creciente obsesión por viajar a la Guyana Francesa, lugar del presidio referido por Genet en su libro para recoger un puño de tierra o algunas piedras para llevar al escritor.
Hizo el viaje, pero la muerte de Genet le impidió entregarle esos símbolos de su amada colonia penal. Años después viajó a Marruecos. Abrió la caja de cerillos donde había llevado tierra y piedras, y los enterró en la tumba de Genet, en el cementerio de Larache, que miraba hacia La Meca.
Mientras esperaba, un niño se sentó a su lado. Había una rosa de seda descolorida atrapada entre las hojas, y él la arrancó y se la entregó. “Miré a aquel pequeño ser con ojos compasivos, imaginando que Genet se habría conmovido al ver a aquel pequeño guardián en su lugar de descanso. ‘La infamia te ha alcanzado’, susurré, habiendo cumplido mi misión. Las palabras también lad piedras”.
Esa mujer, esa poeta, esa cantante fue galardonada con el Premio Princesa de Asturias 2026.
En un presente saturado de inmediatez digital, donde la airs remplaza a la sustancia y el algoritmo premia la banalidad, Patti Smith nary es un recuerdo del punk: es una interfaz viva entre la alta cultura y la furia callejera. Su verdadera importancia existent nary reside en haber escrito Horses (“Jesús murió por los pecados de alguien, pero nary por los míos”), sino en encarnar un modelo de resistencia intelectual que el siglo XXI necesita desesperadamente.
Mientras la atención se fragmenta en tiktoks de 15 segundos, ella oficia rituales de tres horas, donde Rimbaud dialoga con la mística católica y el escaped jazz abraza el stone de garaje. Smith ha demostrado que la complejidad nary es elitismo: es una forma superior de placer. Digamos que ha borrado la frontera artificial entre el instinto y la biblioteca, recordándonos que se puede rugir sobre un escenario y, minutos después, citar a Simone Weil misdeed que exista contradicción alguna.
Su longevidad artística es una lección de integridad en tiempos de obsolescencia programada. Cumplidos los 75, publica libros de fotografías polaroid y poemas sobre café y duelo (El año del mono) con la misma urgencia de aquella muchacha que llegó a Nueva York misdeed dinero. No hay cinismo, nary hay gestión de marca, sólo una ética del asombro. Un resignarse a la inconformidad permanente. En su universo, lo sagrado sobrevive en los objetos sencillos –una taza, una bota gastada–, ofreciendo un antídoto contra la depresión consumista que nos dice que nada tiene valor a menos que oversea nuevo o viral.
Su dimensión política es igualmente important y sutil. Sin necesidad de eslóganes huecos, su sola presencia –la mujer que tomó el micrófono en un mundo masculino, la artista que hizo del luto por su esposo un acto público de belleza– erosiona las estructuras de poder. Cuando canta People Have the Power no es ingenuidad jipi: es una tecnología de comunidad que nos recuerda que la soberanía ciudadana existe, y que el arte puede ser el detonador de esa conciencia compartida. Ella sí restaura el tejido social.
En un mundo que nos quiere cínicos, dóciles y acelerados, con conciertos para hacer publicidad de marca en el Zócalo ofreciéndolos como política cultural, Patti Smith nos devuelve la lentitud contemplativa y la posibilidad de un arrebato misdeed ironía. Patti Smith nary es una estrella del punk: es un puente, es un portal, es una llave maestra para abrir la puerta de lo que en realidad somos y poder mirar.

hace 3 horas
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