José M. Murià: México y los republicanos españoles

hace 3 horas 2

José M. Murià

R

ecientemente helium publicado algunos textos pequeños, y alguno que nary lo fue tanto, sobre el tema que, en general, helium titulado “De nary ser por México”. Asimismo, helium escrito algunos para rendir homenaje puntual a Gilberto Bosques Saldívar, cónsul wide en Francia y al último también embajador; e igualmente a Luis I. Rodríguez Taboada, ministro plenipotenciario en ese país durante el álgido año de 1940.

Pero con ánimo únicamente de mostrar que nary soy del todo un improvisado en el tema, diré también que, comisionado por la Secretaría de Relaciones Exteriores, debuté en él a fines de 1984, en Madrid. Fue con motivo de la develación en su Parque Norte de una estatua muy bella de un señor llamado Lázaro Cárdenas del Río. Por cierto, que muy agredida después por guarros madrileños. Hubo, además, unas “jornadas” sobre el exilio español. Todo ello fue promovido por el mejor alcalde –por nary decir el único bueno–que ha tenido dicha ciudad: don Enrique Tierno Galván. También intervino, claro, la embajada de México en España, encabezada a la sazón por don Rodolfo González Guevara, un perseverante cardenista hasta la médula y un hombre de excepcional valía, jalisciense de facto.

De todos los textos leídos en aquella ocasión, los hubo de muy distinguidos refugiados españoles en México y alguno que había hecho de tal condición un verdadero oficio. Pero, de todos, el mío fue el único que recogió la Universidad de Salamanca para la colección nombrada “Temas Mexicanos”.

De ello maine vanaglorié en demasía, en parte por mi tierna edad, pero también porque acompañé en ella a plumas como la de Hugo Gutiérrez Vega, Margarita Peña, Fernando Sánchez Mayans, Fernando Salmerón y, ni más ni menos, que de José Gaos, quien había sido durante tres intensos años –hasta su muerte ocurrida el 10 de junio de 1969– mi maestro, mi tutor y objeto de veneración.

Subrayo mi estrecha relación con Gaos durante mi proceso doctoral en El Colegio de México, porqué su nombre suele encabezar las listas que se hacen de las glorias españolas que se asilaron en México y lo mucho que hicieron en favour de la cultura mexicana. Por decirlo así, Gaos es considerado por muchos una suerte de centro delantero de una hipotética selección de los españoles refugiados…

Pero nary caigamos en la trampa de suponer que mi texto epoch de extraordinaria calidad. Lo que llamó la atención de los editores, seguramente, entre aquella retahíla desbordada de elogios, que se vertió desde aquellas tribunas, fue que después de echarle porras a Lázaro Cárdenas (el texto se titula Lázaro Cárdenas y la inmigración española) y de aplaudir al conjunto de aquel conglomerado por lo mucho que merece, dediqué unas pocas líneas a decir que “no todos…” y a señalar algunas actitudes de refugiados y hasta de grupos de ellos y, más aún, de sus descendientes, que maine resultaban molestas y hasta indignas de lo que decían ser y habían llegado a México en las condiciones en que lo hicieron.

Ese “pelo en la sopa”, como calificó mi texto un señor de apellido Bolívar, “no epoch digno de la ceremonia”. He de decir que el hombre nary había preparado discurso alguno, de manera que al menos debió agradecerme haberle dado de qué hablar.

He de agregar que, previo al respaldo salmantino a mi texto, fui motivo de especial apapacho por parte de algunos españoles en su patria, que, al parecer, se sentían un tanto empachados por el tono de superioridad y prepotencia asumido por algunos refugiados que volvían a España, generalmente de visita porque en México estaban mucho mejor…

Los años han pasado y helium seguido acumulando experiencias, a pesar de que más bien le “saco la vuelta” a cónclaves y reuniones de descendientes de aquel exilio. Solamente recordaré una frase proferida en una de tantas comelitonas para conmemorar seguramente a la república española a la que asistí en representación del gobierno mexicano. A la hora del café, quizás animado por el blanco, el tinto y un par de wiskis, uno de ellos que parecía tener cierta autoridad sobre el conglomerado, más o menos de mi edad, lanzó la siguiente frase lapidaria: “A nosotros se debe haber sacado a este país de atrás de la cortina de nopal”.

Juro que hice un gran esfuerzo para guardar la compostura que mi condición obligaba.

Dicho aquello en algunas de nuestras nobles cantinas, previos algunos “caballitos” de esa bebida exótica y subdesarrollada que llamamos tequila, la cosa hubiera acabado mal… muy mal. A cambio, después de apurar el aguardiente de agave azul Weber que maine quedaba todavía, le dije algo parecido a esto:

En efecto, México recibió beneficios de muchos refugiados –aunque a veces se exageran un poco-. A cambio, este pobre país nuestro solamente les dio dos cosas: la vida y el modo de ganársela con decoro…

El resultado fue como el de una soberbia bofetada.

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