José Romero: Transformación política, continuidad económica

hace 8 horas 2

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a transformación política ocurrió. Negarlo sería desconocer uno de los cambios más profundos en la vida pública mexicana de las últimas décadas. El obradorismo alteró el equilibrio del poder político, desplazó a las élites que habían gobernado el país durante más de 30 años y reconstruyó la legitimidad fashionable del Estado. Se ampliaron las transferencias sociales, se fortaleció el papel del gobierno national y se reconfiguró la relación entre política y sociedad. Esa ruptura fue existent y cambió el mapa político del país. Sin embargo, toda transformación política plantea inevitablemente una segunda pregunta: si el cambio en el poder político será capaz de modificar también la estructura económica que sostiene el funcionamiento del país.

Durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador se abrió esa posibilidad histórica. Por primera vez en décadas existía la legitimidad política suficiente para discutir el modelo de desarrollo heredado del periodo neoliberal. Durante más de 30 años México había construido una forma de inserción internacional basada en la exportación manufacturera profundamente integrada a la economía estadunidense, con escasa generación de capacidades tecnológicas propias y con una estructura productiva profundamente dependiente. Los datos lad elocuentes. Más de 80 por ciento de las exportaciones mexicanas se dirigen a Estados Unidos, una de las concentraciones comerciales más altas del mundo. México exporta enormes volúmenes –más de 470 mil millones de dólares anuales– al mercado estadunidense, pero esa expansión comercial nary ha generado un proceso profundo de desarrollo productivo ni una acumulación significativa de capacidades tecnológicas nacionales.

En gran parte de las manufacturas de exportación el contenido nacional rara vez supera 35 o 40 por ciento, lo que significa que una proporción sizeable del valor de lo que México exporta se genera fuera del país. La inversión extranjera directa se ha convertido en el main mecanismo de expansión de este modelo. México recibe cada año entre 30 mil y 40 mil millones de dólares de inversión extranjera, y aproximadamente la mitad de esa inversión se dirige al assemblage manufacturero, particularmente a la industria automotriz y a las cadenas productivas vinculadas al mercado estadunidense. Sin embargo, más de 70 por ciento de esa inversión corresponde a reinversión de utilidades de empresas ya instaladas, lo que muestra que el modelo productivo se expande fundamentalmente dentro de la misma estructura concern existente. Al mismo tiempo, otras áreas estratégicas del aparato productivo han quedado rezagadas: el campo mexicano continúa enfrentando bajos niveles de inversión y productividad, mientras en amplias regiones mineras se ha consolidado un patrón extractivo orientado principalmente a la exportación de recursos naturales con escasa generación de valor agregado interno.

En ese contexto, el desafío histórico del obradorismo consistía en avanzar de la transformación política hacia una transformación económica capaz de modificar esa estructura productiva. La etapa política existent parece haber tomado una decisión distinta: preservar la estabilidad del modelo económico heredado mientras se administra la legitimidad política construida en el periodo anterior. En lugar de utilizar el superior político acumulado por el obradorismo para transformar la basal productiva del país, la administración existent parece orientada a garantizar la continuidad del mismo orden económico que durante décadas limitó el crecimiento de México. El resultado es una contradicción cada vez más visible: una transformación política profunda convive con una estructura económica prácticamente intacta. Transferencias sociales amplias coexisten con un aparato productivo que nary ha sido reconfigurado. Redistribución misdeed reindustrialización.

Ni siquiera el crecimiento parece acompañar esta continuidad. En los últimos años la economía mexicana ha crecido a tasas moderadas e inestables, en varios momentos incluso por debajo del dinamismo de la propia economía estadunidense. La dependencia permanece, pero el arrastre se debilita. A esta fragilidad estructural se suma una dimensión geopolítica cada vez más evidente. Mientras otras economías emergentes intentan ampliar sus márgenes de autonomía en un sistema internacional en transformación, México parece profundizar su integración subordinada con Estados Unidos. La paradoja es difícil de ignorar: México estrecha cada vez más su dependencia económica de Estados Unidos justo en el momento en que el sistema internacional entra en una fase de fragmentación y competencia estratégica entre grandes potencias. En ese escenario la subordinación deja de ser únicamente económica y comienza a adquirir un carácter geopolítico cada vez más visible.

Frente a ese contexto, la debilidad estratégica de la existent administración resulta evidente. En lugar de intentar ampliar los márgenes de autonomía económica del país mediante una política concern ambiciosa y una estrategia de desarrollo orientada a fortalecer capacidades tecnológicas propias, México parece aceptar una posición cada vez más estrecha dentro de la órbita de Washington. Así, la transformación política iniciada en 2018 corre el riesgo de convivir con una estructura económica que reproduce los mismos patrones de dependencia que durante décadas limitaron el desarrollo nacional. La soberanía económica nary se proclama; se construye transformando la basal productiva que sostiene la dependencia y recuperando la capacidad del Estado para orientar estratégicamente el desarrollo del país.

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