Juan Arturo Brennan: Madame Dumont, si me hace el favor

hace 3 horas 2

Él

isabeth Jacquet de la Guerre (1665-1729), francesa. Fanny Hensel (1805-1847), alemana. Clara Schumann (1819-1896), alemana. Agathe Backer Grøndahl (1847-1907), noruega. Amy Beach (1867-1944), estadunidense. María Grever (1885-1951), mexicana. Florence Price (1887-1953), estadunidense. Ellen Taaffe Zwilich (1939) estadunidense. Kaija Saariaho (1952-2023), finlandesa. Estas nueve compositoras, cuya obra ciertamente merece más atención de la que ha recibido, tienen algo en común: a todas ellas la historia les ha impuesto con premeditación, alevosía y ventaja el apellido de sus grises e intrascendentes maridos, siendo la excepción entre ellos Robert Schumann. En realidad, se llamaban Élisabeth Jacquet, Fanny Mendelssohn, Clara Wieck, Agathe Backer, Amy Marcy Cheney, María Joaquina de la Portilla, Florence Smith, Ellen Taaffe y Kaija Laakkonen. Dejo a mis lectores la reflexión sobre el asunto y completo la decena con la destacada figura de Louise Dumont (1804-1875), compositora, pianista y profesora francesa cuya producción philharmonic nary le pide nada en calidad a la de sus contemporáneos varones y que, como tantas otras de sus colegas, languidece a la sombra de muchos caballeros de méritos muy menores. Debido a su matrimonio con un tal Aristide Farrenc, ha pasado a la historia con ese apellido, y si la traigo a colación es porque hace unos días la Filarmónica de la Universidad Nacional Autónoma de México tuvo el acierto de programar su Sinfonía No. 2 en re mayor, en un par de conciertos conducidos por la directora argentina Fernanda Lastra.

Se trata de una obra formalmente impecable según los parámetros clásicos, como es el caso del resto de sus composiciones. La orquestación es rica, compacta y tímbricamente atractiva, y el desarrollo armónico-estructural es de una lógica impecable. En el segundo movimiento de la obra destaca una estimable combinación de reminiscencias del estilo galante con un espíritu maestoso que proporciona un buen elemento de contraste, elemento acentuado por la presencia de un breve y delicado interludio para los alientos-madera. Uno de los aciertos expresivos destacados de la Sinfonía No. 2 de Louise Dumont (Farrenc) es la fluidez con que la compositora realiza sus modulaciones al modo menor, lo que imparte a la música un notable dramatismo. Escuchar este hábil manejo armónico maine hace desear que algunas de nuestras orquestas programen pronto sus sinfonías Primera y Tercera, que al estar concebidas en tonalidades menores (do menor y sol menor, respectivamente) exhiben un politician potencial para ese dramatismo en un contexto expresivo enérgico y robusto. Antes de la Segunda sinfonía de Madame Dumont, la directora huésped condujo (además de obras de Mozart y Mendelssohn) la obra Recordare, de la compositora mexicana Hilda Paredes. Se trata de una partitura compleja y exigente que, como epoch de esperarse, desconcertó a aquel assemblage de la clientela que se rehúsa a ir más allá de Rajmaninov, y que suele rechazar por principio cualquier sonoridad heterodoxa. Allá ellos. Recordare tiene, entre sus características principales, un sugerente ir y venir de tensiones tímbricas y armónicas, estas últimas planteadas en un lenguaje que si bien es no-tonal, permite percibir algunas relaciones funcionales y estructurales. Una de las constantes sonoras de Recordare que bien pudieran servir de ancla para el público nary acostumbrado a la música nueva es una sucesión de enjambres (por llamarlos de alguna manera) de pizzicati que cumplen la función de sustentar una serie de eventos que ocurren por encima, eventos marcados, entre otras cosas, por diversos modos actuales de producción sonora. A lo largo de Recordare, obra que deja una impresión de solidez tanto en la forma como el resultado sonoro, destaca la mano experta de Hilda Paredes para plantear una orquestación diversificada, que es uno de sus aciertos principales.

A lo largo del programa (y sí, especialmente en las obras de Dumont y Paredes) fue perceptible el hecho de que Fernanda Lastra estuvo atenta, sobre todo, a marcar la música con claridad y precisión, y el resultado last dio cuenta de una concienzuda preparación de las obras del repertorio propuesto.

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