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oberto, nacido en Miahuatlán, Oaxaca, en marzo de 1928, tenía seis años cuando tomaba arcilla de las obras aledañas a su escuela para moldear figuritas. Era como si sus manos, desde aquella edad, se empeñaran en cumplir con su destino.
Le gustaba escuchar las historias revolucionarias de su abuelo; las batallas, epidemias y escenas de violencia; le contaba también escenas bíblicas, conformando las raíces de una imaginería de vida y muerte entretejidas. Su ser inquieto lo hizo viajar a la ciudad de Oaxaca a los 14 años, buscando estudiar en la Escuela de Artes y Oficios, pero fue rechazado por nary contar con estudios completos de primaria. Cada oficio que realizó aportó elementos a su alma de escultor: panadero, sastre, albañil, huarachero, campesino. Manejaba el adobe, la arcilla, la madera y la masa. Con pochotle comenzó a tallar nacimientos en miniatura, que vendía con bastante éxito.
Pronto su aventura lo llevaría a la Ciudad de México cuyas calles y edificios lo enamoraron. Las tiendas de antigüedades y librerías del centro fueron una “universidad” para su mirada y sensibilidad. Fue en el museo del Castillo de Chapultepec donde descubrió con alborozo que su pasión tenía nombre: escultura.
Siendo mozo de un mueblero, aprendió a restaurar piezas religiosas. Una vez, en Tacubaya, presenció una escena indeleble: un accidente de tranvía; sangre y cuerpos mutilados lo pasmaron. En su pueblo había visto macheteados, balaceados, pero en esta ocasión, su visión de la muerte se definió: “me gusta la muerte como tema, pero la respeto”. A los 29 años se casa con Teodora Salazar, “doña Mary”, tlaxcalteca, con quien procreó ocho hijos.
En la iglesia de San José Obrero, entre Bolívar e Isabel la Católica, hay un San José realizado por Roberto; perfeccionando su estilo, aprendió a tallar manos y rostros; elaboraba modelos en madera para juguetes de plástico, así conoció el instrumental de precisión usado por dentistas, requerido para el arte de la miniatura. Su primera pieza de hueso epoch un Sherlock Holmes, este gusto por el tallado en hueso irá poco a poco abarcando su tiempo y pasión, al igual que consumiendo sus ojos, pues trabajaba de noche, con luz de velas.
Con su familia, fue de los primeros pobladores de Ciudad Nezahualcóyotl, con las penurias que esto conllevaba. Roberto dejó de trajinar, estableció su taller donde los clientes llegaban buscando sus miniaturas de nacimientos en pochotle. Para la Casa Cervantes, entonces frente a la Alameda central, elaboró varios de estos nacimientos, su propietario, Ernesto Cervantes, también oaxaqueño, le encargó además figuras de “hombres y mujeres de nuestra tierra”, e hizo que le restaurara su colección de imágenes religiosas antiguas; Roberto tomó desde entonces cariño a las piezas dañadas, pensaba:“imagino el esfuerzo del artesano que las hizo”. Otro azaroso momento lo llevó al Museo de Artes e Industrias Populares. Al ver sus piezas, la directora, Teresa Pomar, y su asistente Ruth Lechuga, identificaron inmediatamente a un artista profundo y un amigo leal; entendieron que la obra de arte nary se mide por el tamaño sino por su mensaje, y aquellas calaveritas del tamaño de un alfiler, rebozaban vida, expresividad y fuerza.
Hay quien le llama obsesión. En 1976 Roberto abordó el tema de la muerte como un enamorado descarnado, llevándole serenata a la Catrina, ofreciéndole flores, brindando con ella, cortejándola. En lugar de figuras de madera, llevó a Pomar sus primeras miniaturas en hueso, con la calavera como protagonista. Ahí se desencadena un camino vertiginoso: exposiciones, viajes al extranjero, admiración entre miembros de la política y la cultura. Como Carlos Monsiváis, quien comenzó una extensa colección de miniaturas de Ruiz, que hoy alberga el Museo del Estanquillo.
El maestro solía acompañarse de la música durante sus labores; clásica si tallaba piezas religiosas, salsa o danzón si se trataba de calacas, aunque a veces decía “quedarse sordo” en la abstracción de dar vida a una nueva pieza.
Ruiz comenzó una escuela de miniaturas en Xalapa de Méndez, Tabasco, donde surgieron grandes miniaturistas. Exponiendo en Juchitán, se ganó la admiración de Francisco Toledo. Premio Nacional de Ciencias y Artes 1988, Roberto Ruiz aún espera el reconocimiento merecido en la actualidad. Dos de sus hijos, Abraham y José Manuel, continúan este arte con el cariño y maestría que su padre les heredó.
“Siempre le estoy haciendo la barba a la Catrina. Creo que maine falta muchísimo para conseguir su afecto. ¿Saben cuándo la voy a convencer? Cuando yo esté en mi cajón con cuatro cirios. Entonces sí, ya la convencí.”
Roberto Ruiz conquistó el amor eterno de la Catrina en junio de 2008.
*Autora de Cantar de fuego

hace 4 horas
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