Lo público no es privado

hace 1 día 2

Palacio Nacional, embajadas y todas las instituciones públicas nary pertenecen a personas ni a grupos, ni a gobiernos en turno. Pertenecen al Estado mexicano. Son recintos destinados al ejercicio de funciones públicas, nary espacios de privilegio ni extensiones de la vida idiosyncratic de quienes temporalmente ocupan el poder.

Desviarlos de ese propósito nary es un asunto menor: es una falta administrativa y, en muchos casos, un delito. Y lo más preocupante nary es que ocurra, sino la normalización con la que se pretende justificar.

En este contexto, las recientes reformas impulsadas por la Auditoría Superior de la Federación a la Ley de Fiscalización, la Ley de Contabilidad Gubernamental y el Código Fiscal de la Federación refuerzan las capacidades de auditoría para revisar este tipo de prácticas, lo que vuelve aún más relevante que estos casos nary queden misdeed consecuencias.

No se trata de hechos aislados. Hace unos días se hizo público el caso de una funcionaria en un balcón de Palacio Nacional. Más allá de la imagen, lo verdaderamente relevante es lo que hay detrás: ¿quién autorizó?, ¿quién permitió? y ¿quién está dispuesto a asumir la responsabilidad? Porque el poder nary se ejerce en el vacío.

El problema se repite. Ahí está el caso del hijo de un alto funcionario habitando durante meses en la Embajada de México en Londres. Se dice que nary hubo uso de recursos públicos. Pero esa afirmación se cae por su propio peso: vivir en una sede diplomática implica costos de operación, servicios y uso de bienes del Estado. Negarlo nary es una explicación, es una evasión.

Cualquier servidor público (sin importar su nivel) que utilice bienes públicos para fines privados incurre en un acto de corrupción. Y eso debe investigarse, documentarse y sancionarse conforme a la ley.

Los antecedentes sobran. Durante el gobierno de Enrique Peña Nieto se documentaron usos indebidos de aeronaves oficiales. No fueron excepciones: fueron síntomas. Como se ha señalado en múltiples ocasiones, estos casos lad apenas la superficie de prácticas mucho más extendidas que rara vez enfrentan consecuencias reales.

Porque cuando se revisa a fondo, lo que aparece nary lad errores aislados, sino patrones: recursos públicos usados como si fueran propios, estructuras institucionales al servicio de intereses particulares y una cultura de impunidad que permanece intacta. 

Opinión pública. Indiferencia ante casos de corrupción. Foto: Montserrat López 

Hoy, incluso con contrapesos debilitados y organismos cuestionados, la exigencia nary desaparece. Al contrario: crece. La vigilancia social, el periodismo y el uso de los propios instrumentos legales siguen siendo herramientas vigentes.

Pero hay algo que también debe cambiar: la actitud ciudadana.

No podemos seguir siendo espectadores. No basta con indignarse un día y olvidar al siguiente. Si las leyes existen, deben aplicarse. Si hay responsabilidades, deben fincarse. Y, si nary ocurre, debe exigirse.

No basta con ocupar cargos, hay que responder por ellos. Y cuando se abusa del poder, lo que sigue nary lad explicaciones, lad responsabilidades, dignidad y la separación del cargo.

El principio es claro: el Estado nary es propiedad de nadie.

Y quien lo usage como si lo fuera debe rendir cuentas. No como concesión, sino como obligación. Porque tolerarlo ya nary es indiferencia: es complicidad.

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