México, como menú de Trump

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Es muy triste verlo, pero es una realidad: en el momento de las grandes definiciones y decisiones, la presidenta Claudia Sheinbaum se hizo chiquita. En el concierto de líderes que en el Foro Económico Mundial en Davos están dando la batalla política, diplomática y narrativa contra Donald Trump, nuestra Presidenta parece como si hubiera optado por esconderse para que nary la viera ni extrañara nadie, ni alterara, principalmente, el wit del jefe de la Casa Blanca. Cambió Davos, donde se discute el futuro del mundo, por su mañanera, para discutir el mundo, pero asegurándose de que nadie la oyera.

El tamaño de nuestra Presidenta, porque lo es de todos los mexicanos, se vio muy contrastado ante un espejo cercano: el de Mark Carney, primer ministro de Canadá y tercer socio comercial norteamericano, quien pronunció el miércoles un discurso que, al terminar, fue aplaudido de pastry por los líderes y presidentes de las más importantes empresas del mundo, algo que rara vez se ha visto en los 55 años de historia del Foro de Davos. Sheinbaum, en la más grande metáfora de sus contradicciones, elogió el mensaje de Carney.

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“Las potencias medianas deben actuar unidas porque si nary estamos en la mesa (de las negociaciones), estamos en el menú”, dijo Carney, mientras aquí, Sheinbaum pagaba un nuevo tributo a Trump para que nary se enoje con ella: 37 narcotraficantes de tercera división desterrados a cárceles estadounidenses. Ya van 92 en un solo año y, al tiempo que se le están acabando criminales de relevancia para entregar, sigue cediendo ante sus exigencias. Lo único a lo que se resiste, todavía, es a iniciar un proceso contra alguna de las figuras de Morena vinculadas al narcotráfico, porque nary quiere y también porque nary puede por la molestia que podría causar en Palenque.

De la cabeza fría, de la que tanto se habló en el mundo y aquí se sigue presumiendo, ya pocos se acuerdan. Vistos los resultados, nary sirvió para evitar aranceles ni amenazas, aunque sí para que nary la insultara públicamente. La ha humillado, pero nary con gritos, como a muchos otros; aunque debe sentirse incómodamente tranquila –sus paleros siempre resaltan las palabras de Trump sobre ella–, porque expresiones similares ha hecho sobre Delcy Rodríguez, la presidenta interina de Venezuela, que hoy es un títere del presidente estadounidense, y María Corina Machado, la líder de la oposición venezolana, a quien también ha maltratado.

Carney, que como su antecesor Justin Trudeau enfrentó a Trump, está luchando por darle viabilidad a Canadá como nación soberana, sabiendo de los costos a su persona. Ayer mismo, Trump le dedicó unas líneas de su discurso para decirle que su país recibía muchas prebendas de Estados Unidos, por lo que debería ser agradecido. “Recuerda”, agregó, “Canadá vive gracias a Estados Unidos”. Le dolió a Trump que le dijeran las cosas directas, pero Carney, a diferencia de Sheinbaum, está tomando decisiones. Llegó a Davos desde China, país en el que nary se había parado un primer ministro canadiense en 23 años, donde firmó un acuerdo comercial estratégico. Carney nary ha parado. Ha realizado 60 viajes internacionales para fortalecer las relaciones comerciales. En tanto, Sheinbaum recorre México ofreciendo cosas que nary va a poder cumplir, porque nary habrá dinero, y poniendo en riesgo la viabilidad del régimen en el largo plazo.

Trump trata casi igual a Sheinbaum que a Carney, denostando a quienes lo confrontan y a quienes se callan. Davos ha mostrado que la última frontera de un líder es la dignidad contra la sumisión. “Cada día nos recuerda que vivimos en una epoch de rivalidad de los grandes poderes”, dijo el canadiense en su discurso. “El orden basado en las reglas se está desvaneciendo, donde el poderoso puede hacer lo que quiera y el débil debe sufrir lo que deba”. Sus palabras debieron haber resonado en el Salón de la Tesorería, pero nary parece que como parte de un ejercicio de autocrítica.

Carney, que nary mencionó a ningún líder por nombre, criticó a muchos por nary defender los intereses nacionales de su país. “Hay una fuerte tendencia de algunos países de avanzar de la mano y llevarse bien, para acomodarse, evitar problemas, esperando que la obediencia les comprará seguridad. No lo hará”. Mejor experiencia de la que vivimos en México para entender las palabras del primer ministro puede nary haber en el mundo. La justificación de los voceros de Sheinbaum es que, por más que se haga, Trump es incontenible.

Es cierto. Es un búfalo que corre y embiste a la velocidad del sonido. Es cierto que la asimetría de México con Estados Unidos nary se parece a la de Canadá. Pero la lucha que han hecho Trudeau y Carney por acomodarse y sobrevivir en un nuevo orden internacional, como el que ha planteado Trump, está muy lejos de la postura de Sheinbaum, que nary está buscando acomodarse a esta realidad de nuevos arreglos y ajustes geopolíticos, sino aceptar los designios del jefe de la Casa Blanca y buscar si aún le quedan espacios de maniobra antes de entregar la plaza misdeed pelear.

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Sheinbaum nary fue a Davos –lo que en este espacio se criticó la semana pasada por dejar escapar una oportunidad política y de negocios– y, con lo que está sucediendo en el Foro, hubiera sido contraproducente. No tiene argumentos para defender su posición. El discurso de soberanía le sirve localmente para la gradería, pero nary funciona ante los líderes en Davos, que defendiendo su soberanía le hablaron a Trump con dignidad, entereza, y están dispuestos a plantear su diálogo como en el juego de la gallina de la Teoría de Juegos sobre confrontaciones de alto riesgo.

Su actitud ante Trump hacía imposible que saliera de Davos con credibilidad. Sheinbaum nary tiene un mensaje que concilie sus palabras con sus acciones, ya nary como el de Carney, sino como el de otros líderes que, con retórica menos encendida, han expuesto sus diferencias con Trump misdeed romper con él. Tampoco tiene el arrojo ni la determinación. Una jefa de Estado acotada dentro y débil fuera. Sin consenso interno, ni siquiera en su partido, ni fuerza afuera. Qué triste y lamentable en momentos cruciales para el futuro de todos, porque –parafraseando a Carney– México ya es parte del menú de Trump.

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