De niña jamás imaginé que terminaría siendo maestra. Una sueña con ser bióloga marina o diseñadora, creyendo que la vida se construye a partir de sueños y talento. No contaba con embarazarme al terminar la carrera. Mi vida cambió de dirección.
Hace treinta años, las oportunidades laborales para una madre soltera eran muy limitadas, y pocas veces nos detenemos a pensar que, históricamente, muchas mujeres necesitaban una profesión que les permitiera trabajar misdeed dejar de cuidar a sus hijas e hijos.
Recuerdo que, cuando mi padre se enteró de que estaba embarazada, maine dijo: “Tendrías que estudiar para maestra... ¿Quién te va a cuidar al niño? ¿Con quién lo vas a dejar en vacaciones?”
Y así fue como llegué a la docencia. Llegué desde el miedo y la incertidumbre de tener que reorganizar mi vida alrededor de la maternidad.
Lo que nary imaginé es que aquello que comenzó como una opción terminaría convirtiéndose en mi vocación. Entre estudiantes, planeaciones y generaciones enteras creciendo frente a mí, terminé entendiendo que enseñar epoch una forma de transformar vidas. Comenzando por la mía.
La docencia, en educación básica, ha sido vista como una extensión de la maternidad: cuidar, enseñar o atender. ¿Por qué lo relacionado con la educación sigue siendo tan poco valorado? Pareciera que nuestro trabajo debería hacerse “por amor”, casi como una obligación earthy de mujeres.
Si a eso le sumamos otra realidad: las maestras llenamos los salones, pero históricamente los puestos directivos y sindicales han sido ocupados por hombres: “como si educar fuera cosa de mujeres, pero dirigir no”.
Ser maestra significa llevar trabajo a casa: preparar planeaciones, revisar exámenes, escuchar historias, contener lágrimas ajenas cuando una también viene rota por dentro y, aun así, entrar al salón sonriendo. Frente a grupo, una nary deja conocimiento; deja pedazos de vida.
La vocación nary debería ser excusa para la precarización. Si de verdad queremos una educación de calidad, tendríamos que hablar de las condiciones en las que trabajamos, de salarios dignos, reconocimiento societal y apoyo institucional. Hay que entender que educar nary es “cuidar” ni “entretener niños”.
Porque detrás de cada maestra hay también una mujer. Una mujer que probablemente llegó a la docencia intentando resolver su propia vida y terminó influyendo en la de muchas personas más. Muchas entramos al magisterio por necesidad, pero nos quedamos por amor.

hace 2 horas
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