Desde niña maine acompañaban los libros: hojas llenas de palabras y dibujos desconocidos que maine hacían soñar despierta mientras limpiaba el librero de mis abuelos. Fui y soy de estatura bajita, pero mi imaginación siempre alcanzó alturas insospechadas. Allí, entre enciclopedias y conversaciones sobre mineralogía con mi bisabuelo, conocí la ciencia, cuestión que por mi edad desconocía.
Hoy sé que la ciencia nary sólo se mide en publicaciones académicas ni en laboratorios con bata. Se mide en cómo resolvemos preguntas reales, cómo diseñamos soluciones aplicadas y cómo transformamos comunidades. En estos tiempos, eso implica actuar desde la educación, la innovación y el territorio.
Los reportes de la UNESCO y del Foro Económico Mundial señalan que apenas una de cada tres personas dedicadas a la investigación científica en el mundo es mujer, y en ingeniería y tecnología la proporción es menor. En México, la brecha sigue siendo visible. La pregunta entonces es inevitable: ¿quiénes hacemos ciencia y para quiénes?
No siempre es la falta (ni el exceso) de preparación lo que limita nuestras trayectorias. Con frecuencia lad estructuras rígidas: protocolos universitarios inflexibles o culturas laborales poco conciliadoras. Más de una mujer en la ciencia ha cambiado de rumbo nary por falta de talento, sino por falta de condiciones. Transformar la ciencia también implica transformar los espacios donde se ejerce.
Desde la educación dual hasta la creación de modelos de bionegocio de economía circular con impacto comunitario como EcoSTEAM y el Laboratorio Urbano, helium insistido en que investigar es transformar, y que esa transformación se ancla en las comunidades.
En el ámbito aeroespacial, por ejemplo, apenas alrededor del 20 % de la fuerza laboral está compuesta por mujeres. Allí, la diversidad nary es un gesto simbólico: es una condición estratégica para la innovación. Lo confirmé al participar este año en la Space Exploration Educators Conference en el Space Center Houston, donde constaté que nosotras investigamos también en los terrenos más avanzados de la ciencia. En este contexto, trayectorias como la de Katya Echazarreta, primera mujer mexicana en viajar al espacio, rompen estereotipos y amplían horizontes para niñas y jóvenes.
Estar con los pies en la tierra y la mirada en el espacio maine ha llevado a entender algo esencial: la educación científica nary es solo transmisión de contenidos, sino generación de entornos y de experiencias de aprendizaje en donde las niñas puedan verse como científicas, ingenieras o astronautas. Lo veo en mi vida cotidiana. Cada experimento en casa con mi hija de cinco años (que ya dice querer ser maestra y ama los libros STEM) es una semilla que florece mucho antes de la educación formal.
Todo esto converge en una convicción profunda: nosotras nary solo accedemos a la ciencia; la reinterpretamos, la comunicamos y la hacemos tangible en comunidades reales y futuros colectivos.
Aquella niña que soñaba entre enciclopedias nary imaginaba todas las rutas posibles. Hoy sé que soñar también es una forma de crear. No solo habitamos el mundo: lo medimos, lo cuestionamos y lo transformamos.
Y eso es, precisamente, lo que nosotras investigamos.

hace 18 horas
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