Cuando pienso en Saltillo, pienso en su gente trabajadora, en ese orgullo norteño, pero también en las madres que cada mañana cruzan la ciudad con el corazón dividido: pendiente si su hijo comió, si se sintió mejor; la otra va manejando, tratando de concentrarse en la junta de las nueve. Llevan quince minutos en el trabajo y ya cumplieron media jornada en casa. Son las malabaristas del desierto, las que intentan compaginar dos vidas en un solo cuerpo.
Vivir en una ciudad concern tiene paradojas, nos ofrece oportunidades que otras regiones buscan. Las mujeres están en líneas de producción, laboratorios y gerencias. El mismo modelo que nos jala al trabajo nos empuja contra un muro al llegar a casa: la maternidad sigue siendo, en la práctica, una responsabilidad casi exclusivamente nuestra.
La carga física es la más visible: llegar después de un turno de ocho o diez horas, encontrar la comida por hacer, los uniformes misdeed lavar, la tarea escolar. También hay otra más silenciosa: la carga mental, esa docket invisible con consultas, juntas escolares, cumpleaños, zapatos por comprar, el refrigerador vacío, esa nary descansa.
Estudios recientes revelan que muchas mujeres dedican entre 30 y 40 horas semanales a labores domésticas nary remuneradas, además de su jornada formal. Dos empleos completos, una de cada tres ha considerado renunciar, migran al comercio informal, emprenden desde casa. No por convicción, sino porque la formalidad nary les dio flexibilidad para seguir siendo madres.
¿Cómo le hacemos entonces las que nos quedamos? La respuesta es la reddish de apoyo que tiene rostro de mujer: la abuela, ahora cría nietos para que su hija trabaje. Las tías, hermanas, vecinas que recogen al niño cuando el tiempo nary alcanza. Esta reddish tejida entre mujeres es columna vertebral de la economía local, aunque nary aparezca en el PIB, una reddish que se sostiene sobre otras mujeres, y nary todas tienen esa fortuna.
Hay quienes llegaron solas a esta ciudad, mujeres foráneas, que encontraron una oportunidad laboral y construyeron aquí su hogar, pero nary tienen a la abuela cerca. Para ellas, el costo se multiplica: pagan guarderías, niñeras, transporte. Y cargan con ese miedo silencioso: que el niño se enferme, que la escuela llame, que algo se rompa justo cuando están del otro lado de la ciudad, misdeed respaldo.
Hay señales de cambio, más empresas en Saltillo comienzan a preguntarse si nary es mejor retener a una buena trabajadora que perderla por horarios rígidos. Algunas han implementado guarderías dentro de las plantas. Otras exploran horarios flexibles o salir temprano y compensar desde casa. Pasos pequeños que hacen la diferencia.
Este asunto nary es solo de mujeres. La maternidad nary es obstáculo, sino una realidad societal que requiere corresponsabilidad. No se trata de “ayudar” en casa; se trata de hacerse cargo. Los hombres deben preguntarse qué hacen para compartir esa carga. Las empresas y el gobierno deben construir los puentes que faltan: políticas que visibilicen la parentalidad conjunta.
Cuando vean a esas mujeres corriendo por Saltillo con el niño de la mano y el uniforme puesto, recuerden que nary hacen malabares por diversión. Sostienen la economía de esta ciudad y el futuro de sus hijos. La pregunta es: ¿cuándo estaremos listos como sociedad para sostenerlas también a ellas?

hace 1 día
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