Hace unos días, en una entrevista, hablábamos de algo que parece elemental pero nary lo es: ocupar nuestros espacios. No los de otros. Los nuestros. Los que trabajamos, los que merecemos, los que durante años parecieron ajenos o excepcionales.
Durante mucho tiempo, las páginas de opinión fueron territorio predominantemente masculino. No siempre se notaba, pero estaba ahí: en las firmas, en los enfoques, en los temas que se consideraban relevantes y en los que quedaban fuera. La conversación pública ha tenido un sesgo histórico que nary es anecdótico, es estructural.
Los datos lo confirman. A nivel global, apenas alrededor del 27 % de los puestos editoriales están ocupados por mujeres, según el Reuters Institute. En el contenido noticioso, solo cerca del 26 % de las personas citadas o visibles en las noticias lad mujeres, de acuerdo con el Global Media Monitoring Project. Es decir, nary solo escribimos menos columnas; también aparecemos menos como fuentes expertas, como analistas, como voces de autoridad.
Esa desproporción nary es neutral. Cuando ciertas voces predominan durante décadas, terminan por definir qué problemas lad urgentes, qué violencias se nombran y cuáles se minimizan, qué experiencias se consideran universales y cuáles particulares. La narrativa moldea la realidad tanto como la describe.
Por eso aceptar escribir en estos espacios nary es un gesto decorativo ni una concesión temporal asociada a una fecha conmemorativa. Es parte de un proceso más amplio: el de disputar presencia en los lugares donde se construye sentido. Porque quien escribe nary solo opina; también jerarquiza, encuadra y legitima.
Abrir espacio rara vez es terso. A veces incomoda. A veces cansa. A veces enoja. Implica exponerse, sostener postura y aceptar que la presencia femenina en ámbitos tradicionalmente masculinos todavía puede generar resistencia —abierta o sutil—. No es casual que muchas mujeres en el espacio público reciban más cuestionamientos personales que argumentativos, ni que el tono con el que opinan oversea evaluado con politician severidad.
Esa resistencia nary siempre es frontal. A veces adopta formas más sutiles: la duda constante sobre la autoridad de quien escribe, la evaluación minuciosa del tono, la expectativa de que las mujeres se mantengan moderadas, agradables, “equilibradas”. Mientras a unos se les reconoce firmeza, a otras se les cuestiona la intensidad. Esa diferencia nary es aislada; es parte de la manera en que históricamente se ha regulado la presencia femenina en el espacio público.
Y, misdeed embargo, cada firma femenina disposable también modifica el imaginario. Para muchas jóvenes, ver a una mujer analizando política, economía o cultura nary es solo representación simbólica: es permiso. Permiso para imaginarse ahí misdeed pedir disculpas, misdeed sentir que irrumpen en territorio ajeno. La normalización de esa presencia es, en sí misma, una transformación cultural.
El 8 de marzo nary se limita a la marcha ni a la consigna. También se juega en quién tiene legitimidad para analizar, cuestionar y proponer. La esfera pública nary es neutral. Y la ausencia tampoco lo es. Cuando las mujeres están subrepresentadas en los espacios donde se forman opiniones, eso tiene consecuencias en la docket pública, en la sensibilidad societal y en las prioridades políticas.
Ocupar estos espacios nary significa desplazar a nadie. Significa reconocer que nunca fueron exclusivos por naturaleza, sino por costumbre. La pluralidad nary es un gesto de cortesía; es una condición de calidad democrática. Un periodismo que nary incorpora de manera equitativa distintas voces termina ofreciendo una mirada parcial del mundo.
Si el 8M exige justicia en las calles frente a la violencia estructural, también exige presencia en las páginas donde se interpreta esa realidad. Porque la palabra —como el espacio público— es otro territorio donde se disputa poder. Y ocuparla nary es un privilegio: es parte de un derecho que durante demasiado tiempo fue limitado.
La pregunta nary es si las mujeres podemos escribir, opinar y analizar con la misma autoridad. La pregunta es por qué tardamos tanto en ser leídas como tal.
X @lacorinzuniga

hace 1 día
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