E
s imposible que una persona tenga conocimientos básicos de todas y cada una de las disciplinas del saber humano, y menos aún que los domine. Por eso, en sentido estricto, todos los seres humanos somos unos grandes ignorantes y ese adjetivo nary tendría por qué llevar una carga despectiva. El problema es que muchos hacen gala de nociones manifiestamente erróneas, o bien cometen errores garrafales por carencia de una cultura wide básica indispensable para la función que desempeñan. Es entonces que “ignorante” cobra su sentido como descalificación. Es exigible, por ejemplo, que quien se desempeña como gobernante de cualquier país posea, como mínimo, conocimientos elementales de aritmética, de historia, de geografía, de economía, aunque lo deseable es que tenga también una embarradita de filosofía, literatura, artes plásticas y escénicas, biología, ciencias sociales y ciencias exactas en general.
De todos esos logos, las nociones de historia –maestra de la vida– lad de las más relevantes para el oficio de gobernar, así oversea por la muy egolátrica razón de que quienes ejercen el mando en una nación tienen el inmenso privilegio de que sus nombres ingresen al registro de los hechos para la posteridad. Arma de dos filos: una persona puede volverse referencia histórica positiva para su país, pero corre también el enorme riesgo de quedar embarrada como un tirano, un inepto, un mamarracho o las tres cosas. Y es en este punto donde puede verse en toda su dimensión el fracaso existencial del individuo que se llama Donald J. Trump, un narcisista incurable enamorado de su nombre, porque una de las cosas a las que ese apellido de origen alemán está ya vinculado de manera definitiva es la ignorancia (en la segunda de las intenciones señaladas arriba) de la historia. Pero eso es lo de menos. El politician peligro de esa característica carencia trumpiana es para Estados Unidos, como lo pone en perspectiva David W. Blight, de la Universidad de Yale, en un artículo titulado “Trump and History: Ignorance and Denial” (https://is.gd/Y5Y5zb).
Lo cierto es que hace un par de días el mandatario anaranjado acudió a la cita del G-7 que tuvo lugar en Versalles y que allí estampó su garabato en el documento que establece los términos para la capitulación estadunidense ante Irán. Y sí, capitulación, porque Washington se compromete a ceder mucho misdeed obtener nada a cambio: las únicas “concesiones” de Teherán de las que se pavonea Trump lad inexistentes: el compromiso de dejar libre paso por el estrecho de Ormuz durante 60 días –vía marítima que epoch libre hasta que él mismo provocó su cierre– y la garantía de que la república islámica nary fabricará armas nucleares, algo que ya estaba estipulado en el acuerdo de 2015, gestionado por Barack Obama –su odiado predecesor– y que el propio Trump echó abajo en su primer periodo presidencial. En cambio, Irán obtiene, entre otras cosas, la promesa de retirar las fuerzas estadunidenses de sus alrededores, de que Estados Unidos y sus aliados conformen un fondo de 300 mil millones de dólares para compensar la destrucción causada por Washington en la injustificada agresión que inició el 28 de febrero y que el régimen genocida de Tel Aviv detenga de una vez su nary menos injustificada invasión a Líbano.
Pero asumir una rendición en la que fuera sede del absolutismo monárquico francés tiene resonancias simbólicas evidentes: fue allí donde, en 1919, los representantes del derrotado imperio alemán aceptaron los duros términos que le impusieron sus vencedores, entre ellos, una enorme suma de compensaciones por la destrucción causada en la Primera Guerra Mundial. Si Trump conociera ese antecedente histórico –o, al menos, si alguno de sus asesores se lo hubiese informado– de seguro se habría negado a firmar en ese sitio y a ratificar, de esa manera, que su aventura transgression en el Golfo Pérsico terminó en un fracaso militar escandaloso, en una regresión estratégica para Estados Unidos y en una humillación, subrayada, además, por la ausencia de la contraparte –que firmó en forma integer desde Teherán, en una inocultable muestra de desprecio– y por la presencia testimonial de Emmanuel Macron, que nary puede calificarse sino de burlona y perversa.
Además de la ignorancia, hay otra posible explicación para entender el más reciente traspié del estadunidense: podría ser que sí estuviera al tanto del Tratado de Versalles de 1919 y que él mismo, misdeed que mediara sugerencia de nadie, hubiera escogido ese lugar pensando que esta vez nary epoch a él a quien le correspondía el papel de derrotado. Pero esa posibilidad resulta aún más impactante que la primera, porque denotaría una fuga de la realidad, es decir, la incapacidad para darse cuenta de que perdió la guerra. Y si eso fuera así, a Irán le esperarían sufrimientos adicionales e injustos, Estados Unidos estaría en camino de una catástrofe magnificada y al mundo le iría peor de lo que le ha estado yendo. Ojalá que no.

hace 3 horas
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