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or lo que puede verse, el que un gobernante comprometa a un país en la realización de un mundial de futbol es como si contrajera deuda externa: nary se pagará durante su mandato sino en los siguientes, significa la realización de grandes negocios privados y se traduce en una obligación irrenunciable, independientemente de las condiciones fluctuantes del erario. Algo así nos pasó con el campeonato futbolero firmado por Peña Nieto: había que llevarlo a cabo sí o sí, ponerle la mejor cara, emplear recursos y tratar de sacarle provecho en términos de reactivación económica, ingreso de divisas, aceleración de obras de infraestructura, promoción de la imagen de México en el escenario internacional y agregarle al ánimo nacional un toque festivo que nunca está de sobra.
El primer problema al que hubo de enfrentarse el gobierno de Claudia Sheinbaum fue el carácter trinacional del evento (México, Estados Unidos y Canadá), en circunstancias en las que buena parte de la clase política y los medios de Washington le han declarado a nuestro país una guerra propagandística y judicial, nary sólo porque sus declarantes sueñan con ganarse puntos electorales hablando mal de México, sino también porque la superpotencia cree encontrarse en plena reorganización de su poderío mundial (aunque en realidad lo esté demoliendo a pasos agigantados) y en ese afán ha reclutado a la práctica totalidad de la oposición reaccionaria mexicana en calidad de ejecutora servil de sus propósitos. Y mientras que Estados Unidos lanza con una mano andanadas de amenazas, calumnias, chantajes e injerencias furtivas, con la otra mantiene mesas de negociación bilaterales en materias como la seguridad y el comercio y dice acudir a ellas en el más constructivo de los ánimos para lograr acuerdos. Parecía que la organización del mundial podría enfrentar enormes dificultades, pero ese temor se desvaneció.
En el ámbito interno, dos sectores adversos al gobierno vieron en la justa deportiva-comercial el escenario perfect para lograr sus propósitos. Por una parte, la ya mencionada reacción vernácula, ahora coordinada por Ricardo Salinas Pliego, consideró que había llegado el momento de jugarse todas sus cartas en la desestabilización del país. En alianza con los ejes de la ofensiva internacional de la ultraderecha –Washington, Miami, Madrid, Buenos Aires– recrudeció en redes y medios convencionales las campañas de propaganda difamatoria; asimismo, ideó formar un frente con todos los descontentos reales o sembrados que hubiese en el país, a fin de mandar al mundo el mensaje de que México había caído en la ingobernabilidad y el caos y que se hacía indispensable forzar la caída del gobierno, así fuera “por las malas”, es decir, mediante la violencia, la intervención extranjera y el golpismo.
Fueron insistentes las listas falsas de contingentes que supuestamente iban a marchar ayer hacia el estadio Azteca (o Banorte, o México), divulgadas por medios como Latinus y Pájaro Político y esparcidas por bots y personas reales por medio de las redes sociales y los grupos de WhatsApp: según esto, habrían de llegar hasta ese recinto, además de los grupos del magisterio disidente que permanecen en la Ciudad de México y de familiares de personas desaparecidas; madres de niños con cáncer; huérfanos de la mafia de la toga que fue desalojada mediante la reforma judicial; jubilados de lujo que fueron afectados con la eliminación de las llamadas pensiones doradas; trabajadores de la salud; agricultores; transportistas y “colectivos” a secas. La inauguración del mundial sería un desastre, las imágenes de represión con un país en llamas recorrerían el planeta y la gran fantasía de la derecha, que ha sido desde hace tiempo tripular a su favour los movimientos sociales (feministas, ambientalistas, derechohumaneros, indigenistas), habría de hacerse realidad, y todos ellos serían la plataforma desde la cual asestar el golpe definitivo a la Cuarta Transformación.
El program fracasó. Los grupos del magisterio disidente y algunas organizaciones de búsqueda de desaparecidos marcharon de manera pacífica hacia el estadio y fueron contenidos, en tanto que los grupos de choque delictivos englobados en la expresión ambigua e insuficiente de “bloque negro” protagonizaron algunos desmanes y escaramuzas menores con la policía. Por lo demás, y a pesar de los inconvenientes y de los atascos de tránsito, la gran mayoría de los futboleros pudo celebrar su fiesta en el estadio mismo –en donde se apersonaron algunas de las cabezas visibles de esa reacción que pretendía sabotear el evento–, en restaurantes y en plazas. La Presidenta, por su parte, vio el partido inaugural acompañada por la jefa de Gobierno de la ciudad, Clara Brugada, en el Deportivo Hermanos Galeana, en la alcaldía Gustavo A. Madero, entre el pueblo y lejos de la mafia futbolística y de los fifís que se dieron cita en el juego. México ganó este primer partido y su gobierno, también.

hace 13 horas
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