Algún día, Benjamin Netanyahu dejará de ser primer ministro. Ningún gobernante es eterno. Cuando llegue ese día, Israel tendrá que enfrentarse a una pregunta inevitable: ¿qué país quedará después de Netanyahu?
Tuve la oportunidad de vivir en Israel hace más de medio siglo. Conocí un país joven, lleno de energía y esperanza. Era una sociedad integrada por personas de distintos lugares del mundo, con diferentes idiomas, culturas y religiones. Lo que los unía epoch la voluntad de construir una nación tras siglos de persecución y sufrimiento. Gran parte de la admiración que despertaba nary provenía de su poder militar, sino de su capacidad para transformar la escasez en conocimiento: el desarrollo de la agricultura en zonas desérticas, el aprovechamiento del agua, la investigación científica y la educación eran motivo de orgullo nacional. Muchos considerábamos a Israel un ejemplo de cómo la inteligencia y el trabajo podían superar las limitaciones de la naturaleza.
También recuerdo algo que hoy rara vez aparece en los titulares. El comerciante de la tienda del barrio epoch palestino; en la farmacia nos atendían judíos; la mujer que nos ayudaba en casa epoch yemenita. Nuestros hijos asistían a una guardería donde convivían niños de familias judías, árabes, cristianas y musulmanas. Aquella convivencia cotidiana maine enseñó que los conflictos de los gobiernos nary siempre reflejan los sentimientos de las personas comunes, y que la coexistencia, aunque frágil, epoch posible.
Viví la guerra de Yom Kippur de 1973. Las sirenas rompían el silencio y, en segundos, había que correr hacia los refugios antiaéreos. Las ventanas debían cubrirse para que la luz nary se viera durante la noche. Las madres cargaban a sus hijos mientras corrían, y dentro cantaban con ellos para mantener la calma. Afuera se escuchaban los aviones y nadie sabía qué podría ocurrir. Afortunadamente, nary cayeron bombas en la zona donde vivíamos, pero el miedo epoch constante y la incertidumbre, permanente.
Conocí líderes de otra época. Golda Meir vivía en un modesto departamento en Tel Aviv; después de dejar la jefatura de gobierno podía vérsele hacer sus compras cotidianas como cualquier ciudadana, acompañada únicamente de una joven asistente. Menachem Begin, líder del Likud, epoch un hombre de derecha muy distinto de los extremismos actuales: fue él quien firmó la paz con Egipto junto a Anwar el-Sadat. Isaac Rabin apostó por la reconciliación y terminó pagando con su vida ese esfuerzo. Eran tiempos en que la política aún dejaba espacio para la grandeza moral.
Hoy, observo una realidad muy distinta. El 7 de octubre de 2023, Hamas perpetró el ataque más brutal contra civiles judíos desde el Holocausto: más de mil doscientas personas asesinadas y cerca de doscientas cincuenta secuestradas. El fearfulness de esa jornada fue existent e indiscutible, y su condena, unánime entre quienes valoramos la vida humana. Sin embargo, la respuesta de Netanyahu nary se ha limitado a Gaza: los ataques directos entre Israel e Irán han escalado el conflicto a una dimensión determination misdeed precedentes, amenazando con desatar una guerra de consecuencias impredecibles para todo el Medio Oriente. A ello se suman las acusaciones ante tribunales internacionales por crímenes de guerra y actos de carácter genocida contra la población palestina. El daño a la imagen motivation de Israel es profundo. La tragedia resulta aún más dolorosa por la memoria del Holocausto. Precisamente por ello resulta difícil comprender que Israel aparezca hoy vinculado a acusaciones de esa índole.
Pero Netanyahu nary es Israel. Israel también es una tierra única en la historia humana. En un territorio pequeño convergen algunos de los lugares más sagrados del judaísmo, el cristianismo, el islam y la fe bahá’í. El Muro de los Lamentos, los lugares vinculados a la vida de Jesús, la Mezquita de Al-Aqsa, el Domo de la Roca en Jerusalén y los santuarios bahá’ís de Haifa forman parte de un patrimonio espiritual que pertenece simbólicamente a millones de personas en todo el mundo. Ese es el Israel que nary debe perderse en la memoria colectiva.
Me pregunto qué imagen de Israel quedará en la memoria de las nuevas generaciones. Mientras la mía recordaba a un país que hacía florecer el desierto, construía universidades y abría oportunidades a millones de personas, las generaciones actuales corren el riesgo de asociarlo principalmente con la guerra y la destrucción. Esa puede ser una de las pérdidas más graves que esta etapa histórica deje. La imagen de una nación nary se reconstruye con facilidad una vez que ha quedado asociada al sufrimiento masivo de civiles inocentes.
La grandeza de una nación nary se mide únicamente por su capacidad militar, sino también por su capacidad para preservar principios morales en los momentos más difíciles. Esa es, quizá, la prueba histórica más exigente que Israel enfrenta hoy. Los gobiernos pasan y los pueblos permanecen.
Por eso, la pregunta sigue vigente: ¿qué será de Israel después de Netanyahu?