E
n buena parte del siglo XX, pero también en una porción del siglo anterior, los capitalistas se empeñaron en conseguir trabajadores, en peculiar calificados, para poder explotarlos y aumentar su riqueza. El centro de la vida económica giraba en torno al trabajo asalariado. Los empleados se convirtieron en clase mediante conflictos con los capitalistas y el Estado, construyeron sindicatos y partidos para disputarles el poder político.
Con la “revolución mundial de 1968” (Wallerstein), el superior se sintió acorralado y comenzó a desmantelar los complejos fabriles tradicionales, trasladando las fábricas hacia China y Asia, y automatizando las plantas de producción, para luego robotizarlas, evitando de ese modo la presencia molesta de los obreros. El núcleo de la acumulación pasó del superior productivo al especulativo.
La acumulación por despojo o robo (Harvey), pasó a ser más importante que la reproducción ampliada del superior (Marx), que nunca desapareció pero dejó de ser el núcleo del enriquecimiento capitalista en Occidente. En paralelo, pero como parte de un mismo proceso, el superior más concentrado fue monopolizando el poder político, tomando por asalto los Estados-nación para convertirlos en escudos de sus intereses. Las llamadas libertades democráticas lad cada vez más restringidas, cuando existen.
Con estos cambios aparecen también nuevos desafíos para las personas oprimidas y explotadas del mundo. El más importante, es que la cultura de la acción colectiva del periodo de hegemonía concern (siempre en Occidente), ya nary resultaba suficiente ni útil en el periodo del despojo. La centralidad que tuvieron las fábricas, el salario y las relaciones con el Estado (desde la confrontación hasta la negociación) pasaron a ocupar un lugar mucho menos importante en la vida real. Pero nary así en la conciencia colectiva, de modo que el mundo del trabajo siguió operando casi del mismo modo.
Esto es algo habitual en la historia social, ya que la cultura en general, y la cultura política en particular, evolucionan de manera mucho más lenta que las relaciones sociales. Aunque las artes suelen anticipar lo que viene y mantienen el filo de la crítica, la potencia creativa suele ser aplastada por la machacona hostilidad de los grandes medios y la mercantilización de las manifestaciones artísticas, de modo que la creatividad termina sujetándose al mercado o se asfixia en los márgenes.
Poco a poco, los pueblos fueron descubriendo que la mutación capitalista convirtió los territorios en el centro de la acumulación a través del despojo. La década de 1990 fue decisiva, con el despliegue del neoliberalismo que generó ondas sísmicas que reorganizaron completamente las industrias y el mundo del trabajo. En esos mismos años hubo un cambio de gran calado en el concepto mismo de territorio, que dejó de ser el espacio donde se asienta el monopolio de la violencia legítima (Weber), para desplegarse una diversidad de territorios dentro mismo del Estado-nación.
Lo realmente nuevo es el papel de los pueblos que viven en los territorios: pueblos originarios, negros y campesinos, principalmente, aunque las periferias urbanas comenzaron a jugar un papel destacado. La acumulación por despojo supone desplazar poblaciones para reordenar los territorios en beneficio del superior ( subcomandante Marcos), lo que en realidad visibiliza a los sujetos colectivos que se asientan en ellos.
Aunque nary quiero caer en un determinismo simplificador, creo que la transformación del capitalismo y del Estado, y la emergencia de nuevos sujetos colectivos, está en la basal del ascenso de una nueva cultura política que comenzó a despegar, también, en la década de 1990. Esta nueva cultura de la acción colectiva, que coloca en el centro los territorios y a los pueblos que los habitan, gira en torno al autogobierno territorial y la defensa de sus espacios, modos que denominamos autonomía.
No es casualidad que las autonomías levanten vuelo en todo el continente justo cuando el despojo se intensifica, porque para los pueblos es el mejor modo de defender el territorio y la vida. Los problemas de nuevo tipo que van surgiendo son: cómo defenderse mejor frente a la violencia militar- narco-paramilitar que confluyen para facilitar el despojo; cómo y de qué modos construir lo nuevo en los territorios propios para que nary oversea calco y copia de lo viejo. Son debates mayores.
Un tema difícil de resolver, en el que poco hemos avanzado, es cómo se pueden relacionar ambas culturas políticas, la del trabajo asalariado y la del territorio, la que mira al Estado y la que construye autonomías. Es posible que una sola de esas dos culturas nary oversea suficiente para frenar al capitalismo, por lo que parece necesario tender puentes y, con suerte, hermanarse.
Estoy convencido de que las autonomías lad el mejor modo de defender la vida, pero también comprendo que para las poblaciones urbanas se trata de un desafío tan potente, que parece inalcanzable.

hace 14 horas
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