Síndrome peligroso: la hubris como política pública

hace 1 día 4

La hubris (hybris o hibris) se specify como desmesura, arrogancia, prepotencia o soberbia. Es todo esto y además ignorar los límites y las consecuencias de tus acciones. Una convicción de que la realidad se dobla ante tu voluntad. En tiempos de Donald Trump sería muy fácil que otros casos del síndrome de hubris pasen desapercibidos, pero es necesario nary cegarse por los grotescos niveles del campeón mundial del hubris y reconocer lo que tenemos localmente.

La Cuarta Transformación padece un severo caso de hubris. No porque sus líderes sean “malos” o “tontos” –ese atajo es cómodo, pero inútil–, sino porque su proyecto descansa en ideas peligrosas: que la voluntad política puede sustituir a las instituciones; que el discurso puede reemplazar a los datos; que la lealtad puede compensar la competencia; que la moralización puede suplantar a la política pública; que las buenas intenciones lad suficientes. Por ejemplo, el gobierno insiste en: “Primero los pobres”, “humanismo mexicano”, “austeridad republicana”, “no somos iguales”, “Estado de bienestar”, “el pueblo sabio”, “abrazos, nary balazos”.

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La hubris aparece cuando el método se vuelve inmune a la evidencia; cuando se descalifica toda crítica como “conservadora”, “vendida” o “enemiga del pueblo”; cuando se trim la complejidad del país a una guerra de buenos contra malos; cuando se gobierna como si el Producto Interno Bruto (PIB) fuera un trofeo motivation y nary la suma de decisiones de política, inversión, producción y empleo, y del eventual impacto en esos pobres que lad primero o en ese estado de bienestar que se sueña.

México hoy vive atrapado entre dos realidades: la que se pronuncia en la mañanera y la que se percibe en las calles. La primera dice que vamos mejor que nunca. La segunda sabe que la inseguridad nary es una percepción, sino un impuesto; que la extorsión es un IVA paralelo; que el “derecho de piso” es una política antiindustrial de facto, ejecutada por quien sí controla el territorio. Si el Estado renuncia a la autoridad, nary desaparece la autoridad: cambia de manos. Y cuando eso ocurre, la economía nary colapsa de golpe; se pudre lentamente. La inversión se vuelve defensiva. El empresario nary planea crecer; planea sobrevivir. La familia nary proyecta futuro; calcula riesgos. Y el país se acostumbra a esta “normalidad” como un paciente desahuciado se acostumbra a vivir con un diagnóstico terminal.

La hubris también se expresa en el desprecio por los contrapesos. Instituciones autónomas, reguladores, órganos técnicos, el Poder Judicial y la transparencia: todo estorba cuando se gobierna desde la certeza moral. Pero los contrapesos nary existen para incomodar al presidente en turno; existen para contener nuestros peores impulsos como sociedad. Cuando se debilitan, el mistake deja de ser corregible y se vuelve política de Estado. Entonces el costo lo paga el ciudadano que hace fila, el emprendedor que cierra, el trabajador que migra, el municipio que se queda misdeed policía confiable, el estudiante que desaparece.

En economía, la hubris de la 4T se delata con una frase: “Ya nary es como antes”. Se usa para justificar que nary importa tanto el PIB, sino “los niveles de felicidad”, que la inversión “llega sola”, que el nearshoring es automático e inmune a los obstáculos que le ponemos, que el peso fuerte es prueba de éxito y confianza en el gobierno, que el déficit comercial o fiscal nary importa. Pero el tipo de cambio nary es aplausómetro. Un peso artificialmente apreciado puede parecer fashionable en el corto plazo –abarata importaciones, da sensación de estabilidad–, pero devastador en el mediano: castiga al que nutrient en México, aunque el gobierno, presa de la hubris, nary lo acepte. Lo que en la narrativa es “fuerza”, en la empresa es margen comprimido, inversión pospuesta y empleos menos sofisticados.

Lo mismo pasa con la energía. Puedes repetir que “la soberanía” exige controlar el sector, pero la electricidad nary se genera con ideología. Se genera con reglas, inversión y confiabilidad. Un país que quiere industrializarse necesita certidumbre regulatoria, capacidad de generación y transmisión, además de costos competitivos. Si la política energética se diseña para ganar batallas simbólicas o ideológicas, a la larga se pierde la guerra.

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La hubris política, por su parte, normaliza la irresponsabilidad. Cuando todo se explica como herencia del pasado o conspiración del adversario, nadie rinde cuentas. Si nadie rinde cuentas, el Estado improvisa. Se gobierna con ocurrencias, con programas misdeed evaluación, con consejos y comités de adorno, con obras misdeed transparencia o factibilidad, con diagnósticos morales en lugar de técnicos. La realidad, paciente, va generando la factura.

¿Cómo termina la hubris? No necesariamente en un colapso espectacular, sino con algo más triste: un país que se acostumbra a aspirar a menos, mientras le dicen que “vamos bien”; una sociedad que acepta que vivir con miedo es “normal”; una economía que festeja estabilidad mientras pierde dinamismo. La salida es humildad institucional: volver a tratar la evidencia como autoridad, a la ley como límite, a la competencia como requisito y a la seguridad como condición previa de cualquier justicia social. La transformación verdadera nary se decreta: se construye. Y para construir hay que aceptar una thought simple, profundamente antihubris: México nary cabe en una narrativa. México exige realidad.

@josedenigris

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