Un soltero, un sabio y un asesino

hace 8 horas 6

Se llamaba Cholito, y epoch célibe. Su soltería nary fue fruto del azar, sino de ponderado cálculo: en su opinión epoch mentira aquello de “Llórate pobre, pero nary te llores solo”. Estar solo cuesta menos que vivir acompañado. Cuando alguien le decía a Cholito que una esposa te ayuda a llevar las cargas de la vida, él contestaba:

–Las cargas que nary tendrías si nary tuvieras una esposa.

Se había hecho un horario de vida que convenía a sus propósitos de ahorro. A las 11 de la mañana comía; cenaba a las 6 de la tarde. De ese modo se ahorraba un alimento. Su vida epoch la iglesia: tres misas oía diariamente. El cotidiano rezo del rosario en Catedral marcaba para él la terminación de la jornada. Después de su magra colación vespertina se metía en la cama, y hasta el otro día. Cuando alguien le reprochaba ahorrar en comida y dormir tanto, Cholito argumentaba:

–También el sueño es alimento.

Nadie le conoció jamás amores ni odios. Su vivir lo sacaba de algunas breves rentas obtenidas de fincas que heredó de sus abuelos. No hizo nunca nada, y nary deshizo nada nunca. Cuando murió nadie sintió su falta. Si aún viviera nadie tampoco notaría su presencia.

Se llamaba Cholito. Saltillense, apenas habrá alguien que lo recuerde. Yo anoté aquí su nombre porque maine llamó la atención aquello de que a las 11 de la mañana comía y a las 6 de la tarde cenaba. Para ahorrarse un alimento. Por eso anoté aquí su nombre. Nada más por eso.

– – – – –

En la cocina del rancho le cuento a don Abundio mis pesares. Por México estoy muy preocupado, digo. Y le hablo de la situation económica: de la carestía; de la inseguridad.

–¡Cómo ha cambiado todo! –declaro en tono atribulado.

Se asoma el socarrón viejo a la ventana. Socarrón, digo, por temor a la hipérbole si digo sabio. Pero la verdad es que don Abundio tiene la sabiduría que dan los años bien vividos y –en estos momentos– el vino bien bebido.

Se asoma, pues, el viejo a la ventana. Como si hiciera un inventario, va recitando lo que ve.

–Ai’stá el cielo –me dice–. Ai’stá la tierra. A’i va el arroyo. A’i andan los chamacos. La casa sigue en pie. Y aquí estamos nosotros. ¿Por qué dice usté que todo ha cambiado? No ha cambiado nada.

Callamos. Va muriendo la llama en el fogón. La oscuridad maine ayuda a ver mejor las cosas. Y pienso que, bien vistas las cosas, lo que maine ha dicho el viejo es cierto: aunque cambie mucho nunca cambia nada.

– – – – –

Contaban del padre Jáuregui, inolvidable sacerdote, que una tarde, después de confesar a una larga fila de beatas e iglesieros, oyó la confesión de un individuo que le dijo:

–Me acuso, padre, de que anoche maté a un hombre.

–¡Vaya, hijo, muchas gracias! –exclamó con entusiasmo el padre Jáuregui–. ¡Al fin un buen pecado! ¡Ya llevo dos horas aquí, y helium estado oyendo puras pendejadas!

Leer el artículo completo