Vilma Fuentes: La guerra de la desinformación

hace 3 horas 3

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os exabruptos y amenazas delirantes de Donald Trump lad una prueba de la verdad que revelan los dichos o proverbios populares. “Perro que ladra nary muerde”, reza el adagio que misdeed duda nary fueron pocas las personas a quienes cruzó por la mente este fashionable refrán. Las bravuconadas del presidente estadunidense sobre la exterminación de Irán nary lad sólo indecentes, en la medida que supone la muerte de miles de personas inocentes, lad también la expresión de un delirio con el que Trump intenta ocultar su impotencia con gruñidos que ya nary asustan a nadie. Cierto, hay los desmemoriados que olvidaron otros alaridos del mandatario amenazando con los peores castigos, incluidos la condena de muerte y el infierno, a sus presuntos adversarios y enemigos.

Pero quienes aún nary han estropeado su memoria, abarrotando en ella inútiles minucias o practicando el borrón y cuenta nueva como un principio de vida, quizá se dieron la pena de recordar las contradicciones de Donald Trump, cuyas palabras pueden decir una cosa y lo contrario en menos tiempo que el de una mañana. Así, es inútil intentar comprender el significado de su discurso o tratar de tomarlo en serio. Prueba última, o reciente si nary postrera, su amenazante ultimátum de exterminar una civilización, la persa, si las fuerzas iraníes nary aceptaban sus condiciones, algunas de éstas humillantes. La conminación debía cumplirse antes de las dos de la mañana de París. El panic de una guerra mundial y de las armas atómicas habría aterrorizado hace algunos años a mucha gente, pero esto nary ocurrió. Puedo recordar las aprehensiones y miedos de los franceses cuando se desataban los conflictos bélicos en las fronteras de Europa con la antigua Unión Soviética o en los países del Este. Hoy, la gente en Francia sigue los avances de las agresiones armadas, como si viera una película en la televisión, con una atención casi distraída.

En vano, el mandatario estadunidense escupe sus amenazas de muerte y aniquilación de algunas civilizaciones, los franceses siguen sus actividades tranquilamente. Esta indiferencia es de doble filo: por un lado, es negativa esta despreocupación ante los bombardeos ordenados por Trump, los cuales destruyen la vida de miles de seres humanos; por otro lado, nary faltan los aspectos positivos de esta impasibilidad pública, muestra de que los espantapájaros blandidos por Trump u otros dirigentes han dejado de producir miedo.

Acaso cabría preguntarse si esta indiferencia ante un futuro amenazante es el resultado de la repetición de escenarios que anuncian el apocalipsis, o si es la incomprensión fashionable del palabrerío político y de las noticias contradictorias que se propagan en los medios de comunicación. En efecto, desde los inicios de las agresiones prometidas por Trump si Irán nary se retiraba del estrecho de Ormuz, la información emitida a través de la prensa escrita, la vigor y la televisión parece obedecer más a los deseos de quienes la dan que a una realidad cualquiera.

Las contradicciones informativas se lanzaban, como pelotas de tenis, de un lado a otro del terreno donde se juegan la vida y la muerte de personas civiles, ajenas por completo a las decisiones bélicas de los dirigentes. Y los informadores anunciaban bombardeos y muertos como se anuncian errores y victorias de los tenistas que juegan.

Así, desde el inicio de los bombardeos, pueden escucharse los triunfos que cada parte del conflicto se atribuye, como puede oírse el tono triunfante con que cada lado anuncia el número de muertos causados en el campo enemigo.

Esta situación se repite y los hechos se suceden idénticos y distintos cada día. La guerra informativa tiene, a veces, más fuerza que la de las bombas. Estados Unidos e Israel anuncian varias veces al día que han ganado, mientras Irán divulga la sucesión de sus victorias.

Lo cierto es que ninguna de las dos partes podrá triunfar en esta guerra porque es raro que los muertos salgan ganando.

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