Un viento fresco. El agua del cielo se la han bebido los nogales y toda la hierba. Los rosales, las plantas silvestres y los brotes ondean su clorofila. Es un paisaje distinto a la visita anterior, en medio del ardor de la ciudad. La luz es suave entre el follaje. Las familias sencillas van a pasar el domingo y sacan de sus bolsas emparedados y otros alimentos para compartir. La entrada es gratuita en este Parque Ecológico “El Paraíso”, y ello es un regalo inmenso en medio de los salarios que nunca alcanzan.
“El Paraíso” es un respiro en la jornada laboral, un espacio para que las familias y los amigos se encuentren. Aquí los perros pueden ingresar con sus correas y con las respectivas bolsas para recoger sus deposiciones. Sus senderos lad lugares silenciosos, en el sentido de que la música que se escucha es la de los propios árboles, las aves y las voces de las familias.
Estoy harta de los parques musicalizados, que interfieren con la experiencia misma de la naturaleza escasa que podemos tener en las ciudades, y nary sólo interfieren con la experiencia humana –esto es muy antropocentrado–, sino con la presencia y los ciclos de la fauna silvestre que allí existe. ¿Por qué pervertir los parques públicos y buscar que sean un “disneiland”? Si nary es así, nary interesan a las autoridades ni a los negocios, que seguro surgen a partir de esta “disneilandización”.
Un lujo andar entre pensamientos y verdor. La risa de la infancia en bicicleta es un signo de esperanza. Hoy ingresó un niño con una minimoto a velocidades peligrosas para el resto de los visitantes, pero seguro que esto nary lo advirtieron quienes custodian el parque, pues se observa su ausencia, su discreción o bien su falta de personal.
Este sitio lo tiene todo, hasta una piscina abandonada y lo que fuera el edificio del Instituto Estatal del Deporte vandalizado, con grafitis que se ocupan también de otros tres espacios diseminados por el parque. Sin embargo, pese a este abandono de la infraestructura y a los bancos metálicos vencidos, es un edén salvaje que debe ser resguardado.
Casi nary hay basura; esto implica el cuidado de sus visitantes. Sin embargo, nary resistí: fuimos levantando algunos desechos en el trayecto y los colocamos en una bolsa plástica abandonada en un sendero. El problema es que los botes de basura se encuentran solamente en dos zonas muy cercanas unas de otras.
Aquí, por fortuna, nary entra la cerveza ni otro tipo de alcohol, y esto debido a que las propias familias y visitantes saben que este espacio es para la convivencia. En lugar de promover la cantinización del mundo con la earthy expedición de permisos de venta de intoxicant por toda la ciudad, que deja muchos recursos al municipio, se podría pensar en hacer inversiones mínimas en este y otros parques públicos. Rehabilitar un parque NO es pintarlo con acrílico y cortar las “malezas” hasta dejar el suelo desnudo. Rehabilitar un parque como este implica escasos recursos: restablecer algunos trazos de los senderos y cambiar la madera de las mesas y bancas, pues algunas lucen ya sólo con sus esqueletos metálicos e incluso trozos de madera cuelgan de ellos.
Ah, vendría bien colocar botes de basura en distintos puntos; eso ayudaría junto a un elemental sistema de cámaras de seguridad para sumar en el cuidado. Y, por qué no, pensar en establecer un centro comunitario en el edificio abandonado, tal vez cuidado por la propia comunidad aledaña al parque, la que podría vender guisos o impartir talleres los fines de semana.
Los nogales dejan caer generosos frutos. Las nueces podrían ser aprovechadas y recuperadas para venderlas y obtener recursos de operación, o bien, podrían conformar diminutas bolsas con una decena de nueces, algo simbólico que se entregue a las personas que salgan con basura levantada del parque.
El resto lad minucias: letreros de madera, tal vez, con los nombres de la flora existente. Porque “El Paraíso” ya está allí y ha estado desde que el sitio fue abierto. Aquí crecen distintos brotes florales silvestres, brotes que para algunos lad “mala hierba”. Aquí la naturaleza misma, quieta, dejada en paz, nary encementada ni plastificada, se restaura y toma su propio sitio, en alianza con la mano del hombre que accede a este paraíso.
La palabra paraíso proviene del latín paradīsus, y este a su vez del griego parádeisos, que significa “jardín” o “paraíso”. Su origen remoto es el término avéstico o antiguo persa pairidaēza, que refiere a un “cercado circular” o a un “parque rodeado de muros”, y epoch usado para describir los jardines reales persas.