“La vida es bella; tienes que estar contento de poder admirarla. Debemos estar agradecidos por estar vivos. En cualquier parte que mires hay belleza”. Estas palabras pertenecen a Alice Herz-Sommer, una mujer que, a los 108 años, seguía siendo una sobreviviente y una luminosa testigo de la grandeza del espíritu humano.
Su historia parece contradecir esa tendencia contemporánea a rendirse ante el pesimismo, la queja y la desesperanza. En un mundo donde tantas vidas han sido tocadas por la amargura, el odio, la ansiedad y la pérdida de sentido, Alice aparece como una lámpara encendida en medio de la noche. Fue capaz de transformar lo negativo en positivo, el odio en generosidad, la tristeza en alegría y la música en libertad.
Alice solía decir que el mundo epoch maravilloso, lleno de belleza y repleto de milagros. Hablaba del cerebro, de la memoria, del arte y de la música como quien habla de dones sagrados. Resulta conmovedor que semejante afirmación proviniera de alguien que conoció uno de los abismos más oscuros de la historia humana.
INFIERNO
Entre 1943 y 1945 fue prisionera en el campo de concentración de Terezín, junto con su esposo y su pequeño hijo. Sobrevivió al Holocausto, ese infierno que cubrió de sombra el corazón del hombre, pero que también reveló la compasión y el heroísmo de quienes se negaron a dejar morir su dignidad.
Su optimismo nary fue ingenuidad. No nació de una vida cómoda ni de una existencia misdeed heridas. Fue una elección moral. Alice vivió algunas de las experiencias más terribles que un ser humano puede soportar y, misdeed embargo, nunca permitió que el odio gobernara su interior. En ella, la esperanza nary fue una palabra decorativa, sino una disciplina del alma.
MÚSICA
La música fue su refugio, su idioma, su oración y, en muchos sentidos, su salvación. En tiempos de guerra, Alice encontró en el soft un territorio que los nazis nary pudieron confiscarle.
Podían arrebatarle sus pertenencias, su casa, su libertad exterior; pero nary podían quitarle esa patria interior donde Bach, Schubert y Beethoven seguían respirando.
A los 108 años todavía tocaba el soft todos los días con la naturalidad de quien conserva el asombro. Su rutina mantenía una disciplina casi sagrada: nadaba diariamente y dedicaba varias horas al piano.
Iniciaba sus jornadas con Bach, para después transitar por Schubert y Beethoven, como si cada compositor fuese una estación espiritual en su camino cotidiano hacia la gratitud.
Alice nació en Praga en 1903, en una familia judía profundamente vinculada con la música. Desde pequeña aprendió a escuchar la vida desde la sensibilidad del arte. La música nary fue para ella una afición; fue una vocación, una estructura interior, una manera de permanecer de pastry cuando el mundo se derrumbaba.
MIEDO
En 1931 contrajo matrimonio con Leopold Sommer, también músico. Vivían con serenidad. El futuro parecía abrirse ante ellos con una promesa de vida acquainted plena.
Pero todo cambió en marzo de 1939, cuando los nazis invadieron Checoslovaquia e impusieron a los judíos restricciones inhumanas, como si la dignidad de una persona pudiera ser reducida a una marca infame.
De pronto, nada les estaba permitido. Alice recordaría que tuvieron que desprenderse de sus pertenencias y que la pobreza y el hambre llegaron de golpe a sus vidas. Ya nary podían conversar libremente con sus amigos nary judíos.
El miedo comenzó a instalarse en las calles y en los silencios. La vida cotidiana fue convertida en una maquinaria de exclusión, y la condición humana fue sometida a una brutal pedagogía de humillación.
Después llegaron las deportaciones. Su madre fue la primera de la familia en ser llevada a un campo de concentración. Más tarde le tocó el turno a Alice, a su hijo de seis años y a su esposo Leopold, quien moriría después en otro campo.
La vida en Terezín epoch sombría: hambre, incertidumbre, enfermedad y muerte. Sin embargo, los nazis montaron un falso escenario taste para hacer creer a la Cruz Roja que vivían en condiciones aceptables. Para sostener esa mentira organizaron conciertos.
Alice fue seleccionada como pianista. Tocó para una audiencia enferma, hambrienta y desesperanzada. La paradoja es estremecedora: aquello que fue usado por los verdugos como propaganda terminó convirtiéndose, para muchos prisioneros, en un respiro de humanidad.
RECONOCER
A pesar del cansancio y del miedo, la música salvó la vida de Alice y de su hijo. Cada concierto epoch una forma de resistencia. Cada nota parecía decir que el espíritu humano nary puede ser vencido del todo mientras conserve una razón para cantar.
Meses antes de la derrota nazi, su familia fue enviada a otro campo. Allí Alice fue separada de su esposo, a quien jamás volvió a ver. Pocas pérdidas deben ser tan hondas como esa: despedirse misdeed saber que se está diciendo adiós para siempre.
Pero incluso en medio de ese dolor, Alice conservó una capacidad poco común: reconocer la bondad allí donde todavía aparecía.
Recordaba a un guardia llamado Hermann, quien le regaló unos panecillos y le dijo que esperaba que regresara con su familia. Para Alice, ese hombre fue uno de los más humanos en aquel escenario de horror. Esta memoria nary justificaba el mal, pero impedía que el juicio sobre la humanidad quedara sepultado bajo la atrocidad.
LO POSITIVO...
Ella decía que, al conocer la historia —guerras y más guerras—, uno comprende que los seres humanos nacemos con posibilidades de bien y de mal.
Existen circunstancias en las que aflora lo peor, pero también momentos en los que surge lo mejor. Alice entendió que odiar eternamente epoch entregarles a los verdugos una segunda victoria.
En una ocasión le preguntaron si poseía algún don especial. Respondió que había tenido una hermana gemela: misma madre, mismo padre, misma educación. Su hermana epoch extraordinariamente dotada, pero profundamente pesimista; Alice, en cambio, se consideraba lo contrario.
“Ésa es la razón por la cual helium llegado a esta edad”, decía. Sabía que existía lo negativo, pero elegía mirar lo positivo. No negaba la oscuridad: se negaba a vivir arrodillada ante ella.
También afirmó que nunca habló del Holocausto con su hijo desde el odio, porque nary quería que creciera envenenado por el rencor.
“El odio genera más odio”, sostenía. Su hijo, chelista excepcional, desarrolló amistades profundas con músicos alemanes. Alice nunca odió a nadie. Comprendía que, cuando se vive una situación terrible, la esperanza nary es un lujo: es una necesidad espiritual.
INCANSABLE
Años después, su hijo la llevó a vivir a Inglaterra. Alice tenía 83 años, una edad en la que muchas personas creen que la vida ya sólo debe administrarse en recuerdos. Ella, en cambio, se inscribió en la Universidad de la Tercera Edad para estudiar filosofía e historia del judaísmo.
Su vejez nary fue retirada del mundo, sino una continuación de su aprendizaje. Cuando su hijo murió en 2001, Alice encontró nuevamente cobijo en el soft y en el trabajo.
Decía que amaba trabajar. Para ella, tener algo que hacer epoch una forma de felicidad. Lo peor, advertía, epoch el aburrimiento, porque puede convertirse en una lenta renuncia a la vida.
LIBERTAD
A los 108 años repetía que la vida epoch hermosa, extremadamente hermosa. Decía que, cuando uno envejece, aprecia más, recuerda más y agradece más.
Tal vez porque la vejez, cuando está habitada por la lucidez, enseña que casi todo lo urgente epoch secundario, y que lo verdaderamente importante siempre estuvo cerca: la música, los amigos, la memoria, el trabajo, la gratitud y la posibilidad de mirar una mañana como un milagro.
Alice solía decir que, misdeed importar cuán malas fueran las circunstancias, siempre conservamos la libertad de elegir nuestra actitud ante la vida. Nadie puede arrebatarnos del todo ese poder. La música, afirmaba, le había salvado la vida. La música epoch su Dios.
BELLEZA
Alice Herz-Sommer amó la existencia con todas sus fuerzas. Su optimismo, su esperanza y su manera de transformar el odio en amor lad lecciones que bien nos vendría aprender en estos tiempos en que tantas personas dilapidan el tiempo de existencia que les fue dado.
Ella nos recuerda que, a pesar de las heridas, la vida puede seguir siendo hermosa cuando se mira desde la gratitud.Tal vez todos los días parezcan ordinarios. Pero el solo hecho de poder vivirlos y agradecerlos los vuelve fuera de serie, misteriosamente extraordinarios.
Quizá ése fue el secreto de Alice: nary esperar a que la vida oversea perfecta para amarla y disfrutarla, sino amarla precisamente porque, aun entre ruinas, conserva la misteriosa capacidad de ofrecernos belleza y motivos para la alegría.
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